―¿Alguna vez estuviste celoso de tu hermano? ―le había preguntado Asunción cuando aún en su mirada infantil cabía la emoción y la fuerza que vivía en ella desde el nacimiento.
―No―contestó él avergonzado, empleando accidentalmente un tono de voz terrible, hiriente.
Pero no era cierto. Cuando su madre mimaba al otro muchacho con una mirada condescendiente o alguna golosina como premio, en su pecho se revolvía una terrible sensación que era tanto envidia como abandono.
¿Habrá sido lo mismo que le nació en el corazón al escuchar a su padre proteger así a Lucas? Probablemente sí, aunque no del todo. Primaba en aquel disgusto la desprotección arraigada en su mente desde el día en que su padre no llegó cuando lo necesitó.
―Que así sea ―dijo con la columna erguida, los ojos quietos, el alma trizada―. Es su elección escoger siempre aquello que da la espalda a sus hijos, y a estas alturas, me parece bien. Pero le digo desde ya que si se preocupa tanto por su nieto, debería cortar relación prontamente con aquel que a su lado hoy se sienta.
El anciano sonrió dolido, sin embargo, tenía la certeza de que era lo que debía hacer para asegurar el futuro de Agustín, creía que haciéndolo se sentiría un poco menos muerto mientras pensara en la muerte que sentía próxima cada noche, cada mañana.
Los sonidos de los cubiertos del viejo parecieron campanadas, y el ruido provocado por la consistencia de la presa de pollo en el plato al ser rebanada fue una eternidad convertida en murmullo. Benedicto no soportaría un minuto más en presencia de su padre, ni Lucas en compañía de Benedicto.
―¿Yo soy quien no es de fiar? ―habló por fin el joven―. Usted es la persona menos indicada para calificarme de ese modo... ―el tono irónico contrastaba con sus ojos inquietos y sus manos en constante movimiento bajo el mantel.
Benedicto lo ignoró como habría hecho si se tratase de uno de sus hijos.
<<Un niño ignorante que no sabe lo que dice>>.
―Me iré ahora, si no le molesta. Comprenderá que tengo otras diligencias que atender y no deseo perder el tiempo en demostraciones de poder familiar ―dióse la vuelta―. Nos vemos en la casa, papá.
<<No me decía así desde que era un niñito...>>.
―Nos vemos.
Luz de tarde otoñal desde la ventana. Luz suave y tibia que se funde con el viento de afuera. Cuando las nubes se disipan, el exterior se vuelve cálido, pero el interior nunca varía en su temperatura ambiente mal resguardada por las gritas y el adobe.
―Entonces ¡se fue de la casa! ¡¿Me lo puedes creer?! A pesar de ser inocente de las acusaciones, hizo sus maletas y se fue sin hablarle a nadie ―contaba Agustín con lágrimas sinceras en los ojos―. Y yo ahí pensé que se iba a acabar todo, pero el amigo lo salvó del infierno del desamor convenciéndole de entrar en el otro infierno que es la guerra.
Agustín se hallaba solo en su habitación, como de costumbre, pero nada iba a evitar que sintiéndose tan bien como se sentía, hablara cuanto quisiera. Contaba apasionadamente el desarrollo de Martín Rivas, libro que ya durante ese tiempo había leído más de una vez...
―Hay algo que no te conté, y es que a mí hay un personaje que me da envidia ―hizo una breve pausa―. ¿Te preguntas quién? Bueno, es por supuesto Rafael San Luis, ese tipo logró hacer cuanto quiso hasta que una bala se lo impidió, ¿te das cuenta? ¡Solo la muerte lo frenó! ¡Y no cualquier muerte, fue la muerte por ideales regidos por amor!
Su reflejo, a quien hablaba, imitaba sus gestos en la brillante superficie de su irrealidad. Agustín sentía que era su mente la que le contestaba, y eso no estaba del todo mal, así no se le desgastaba la voz interna en esos monólogos que son imagen y recuerdo, pero nunca palabra.
―¡Por supuesto que no quiero morirme! A lo que voy es que solo eso lo detuvo, y yo estoy varado mientras aún me queda vida en el cuerpo, ¿no lo ves? Quiero salir y hacer lo que hacía siempre ―sacó de su bolsillo una caja de cigarros vacía para llenarse los pulmones con el olor que quedaba dentro de ella―. Necesito salir a seguir vivo, en vez de morirme aquí... ¿te acuerdas de ese día? La pasé muy bien, tanto que supe que ya no habría de nuevo nada igual...
Se sentó en el piso frente al espejo con los ojos brillantes.
―Si igual me veo bien, ¿o no? ―pasó su mano derecha por sus pómulos, y sintió la aspereza de su barba―. ¿Y si mañana me siento mal de nuevo? Tengo que aprovechar, ¡yo no estoy muerto! ¡Me veo vivo! ¡Es mi papá el que me ve en el cajón! No me voy a quedar esperando un mes más para mandarme a cambiar... tengo cara de que necesito fumar, eso es lo que me hace falta.
Lucas se levantó de la mesa pocos minutos después de que Benedicto se marchara. En su semblante calmo rebosaba tanta indignación como desconfianza.
―¿Ya se marcha, joven? ―miró el plato casi lleno del puesto de al lado―. No comió nada.
―¿Está bien que le deje a usted el dinero? Creo que sería conveniente que yo también me marchara, no me estoy sintiendo muy bien...
<<Quiero ir a mi habitación "mi", mía no es... no tengo nada. Quiero estar entre esas paredes, la calle se ve gigante, la calle se agranda... los árboles casi no suenan en el gentío, ¿cómo aguantan tanto ruido? ¿Cómo aguantan que nadie los oiga? Las cuatro paredes seguras... las que no se ensanchan cuando uno respira y un extraño exhala>>.
―Espero que no se tome a mal lo que acabo de hacerle, Lucas ―con mucho esfuerzo se incorporó, de repente, parecía el ser más frágil que Lucas hubiese antes visto―. Debe usted entender que es por su bien, mi hijo después de esto ya no se atreverá a hacer ni decirle nada.
―Se lo agradezco ―dijo dándose la vuelta y caminando hacia la vereda sin un rumbo fijo.
<<¿No había dicho tres invitados?>>.
Fernanda ya tenía todas sus cosas preparadas sutilmente en la habitación. Tres semanas pasarían rápido, lo sabía, y ya era hora de encontrar la forma de llevar acabo la parte más cruel de su plan de fuga, el robo. Agustín estaría ya al tanto de todo, por lo tanto entrar a la casa de ellos no significaría un problema, la sustracción de las joyas de Asunción debía ser primero y un día antes de las de su propia casa.
Juan de Dios, sabía que el tiempo apremiaba y apresuró la compra necesaria de un abrigo para María, y un bello par de zapatitos que le prohibió usar hasta que fuer al momento de viajar. La niña aceptó a regañadientes.
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Nosotros [COMPLETA]
Roman d'amourLucas es un joven con muy mala suerte; Agustín, un hombre demasiado afortunado. Ambos solo tienen en común estar estudiando la misma carrera en la misma universidad, o al menos, eso es lo que desean creer... Chile en los años veinte fue un constante...
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