Lucas miró a Agustín como si fuese la primera vez, o la última. Estaba temblando y su voz salía convertida en un extraño sonido que no contenía ninguna palabra. Abrazó a su pareja y se quedó quieto, por fin, luego de un minuto, cuando las voces del tren avisaban la pronta continuación del viaje.
―¿Estás vivo? ―dijo el menor con la voz de alguien que ha visto algo que no debería.
―¿Por qué no debería estarlo? ―le ayudó a ponerse de pie―. No tenemos tiempo, así que más te vale explicarme qué te pasó después...
―El conejo... ―contestó Lucas aterrorizado.
Agustín miró en todas direcciones, con la curiosidad que genera el morbo.
―¿Cuál conejo? ―seguía tratando de encontrarlo con la mirada―. No veo nada.
Lucas posó sus ojos sobre el cuerpo del animal que yacía a un par de metros de ambos. Sintió que le llamaba, apartó la vista con rapidez.
―¿No lo ves?
Agustín prefirió no continuar con el tema de conversación, mientras muy en el fondo, temía, recordando lo ocurrido el día en el que González mató a su vecino, que la cordura de Lucas se estuviera desgastando.
Abordaron lentamente sin que nadie les cuestionara. El rubio llevaba sobre sí el peso del otro. Los dos parecían hombres enfermos y desahuciados que buscaban encontrar en tierra extranjera el milagro de la vida o el descanso de la muerte.
―¿En serio no lo viste? ―hubo preguntado horas más tarde, aliviando el frío de sus manos quemadas con una manta.
―No vi nada, pero ya sabes que no suelo prestar mucha atención a las cosas... ―repuso el mayor con los ojos clavados en las flores rojas de su habitación.
El traqueteo del tren hacía inaudible su conversación a los demás pasajeros, y a su vez, provocaba fuertes mareos y malestar físico a Agustín.
―No lo has visto porque no estaba ―concluyó Lucas tomándole la mano―. Y eso está bien.
Lucas, al atardecer, sacó con religiosa delicadeza una hoja de papel desde su maletín, y usándolo como soporte, comenzó a escribir lo siguiente:
Yo solo sé que el corazón del conejo estaba destrozado por la muerte del perro. Por eso el conejo no tuvo miedo de la luz, y se unió feliz al frío del sonido. Antes de que el conejo fuera valiente, encontró en la cobardía la alegría del sueño y la seguridad del amor puro. El conejo, como presa que era, vivía por naturaleza escondido, y eso no era malo, aunque tuviera que mentirse a sí mismo, porque el conejo no estaba solo en el sueño, estaba con el perro que también oculto buscaba dentro de su ilusión la libertad.
El conejo se imaginaba que no era presa y el perro que no tenía en su collar la marca de la esclavitud.
El conejo saltaba diciendo que era cazador, el perro corría gritando que era dueño.
Pero el tiempo apremia en la vida corta animal, y cuando el perro hubo muerto, el conejo tuvo que despertar, y despertó a la vida real, la vida sin temor, la vida sin cobardía ni felicidad.
No, no tuvo miedo, no hasta que creyó escuchar al perro decir que ese salto no valdría la pena, pero era tarde, las vías estaban frías y el tren con su luz bella le acariciaba ya el pelaje sobre las piedras.
Mientras trazaba en su manuscrita las imágenes en forma de letras, el rubio miraba de reojo, curioso, tratando de encontrar sentido a la historia inconclusa, pero Lucas solo le permitiría leer una vez que el punto final estuviese puesto, y tres o seis rayones mancharan la pulcritud de la hoja.
<<Me alegro de que ahora esté mejor... a veces me da la corta impresión de que lo pierdo, como si se fuera lejos preparándose para no volver>>.
Agustín no pronunció palabra al leer la historia que su pareja con tanto amor había escrito. Calló un buen rato, y guardó para sí, siempre en silencio, esa agonía muda que le provocaba el llanto que guarda dentro, un grito que no alcanza a salir. Una parte del yo siempre trata de ser freno, el freno de Agustín, en todo caso, se asemejaba más al miedo que al orgullo. El miedo no le permitió derramar ni una sola lágrima al leer.
―No te gustó ―Lucas le miraba dulcemente, mas, Agustín sabía encontrar, en su tono, decepción―. Lo he escrito por impulso, puedes decirme si no te ha parecido.
―Es cierto ―sonrió―. No me gusta, pero no porque no sea bueno...
María quedó fascinada con el mar, por lo menos lo suficiente como para no añorar la tierra ni la casa antigua. Ese hogar gigantesco que avanzaba sobre las tormentas para dejarlas atrás, en lugar de esperar a que pasaran, le parecía magia, como la de los cuentos que le contaba antes su mamá.
Cada vez se acordaba menos de ella, y su mente se alcanzaba a dar cuenta de que estaba comenzando a sustituir la figura de su madre con la imagen de Fernanda, cosa que no era en absoluto desagradable, pero sí extraña. María no deseaba un reemplazo, sin embargo, tener esa calidez no era malo. En ocasiones se sentaba en su cama a pensar en eso, sabiendo que en el futuro, sería como los adultos y terminaría olvidando gran parte de lo que estaba viviendo, no se sentía triste por ello, mas sí algo decepcionada. De todas formas, le agradaba Fernanda, ella quería mucho a su hermano y era eso lo único que importaba.
Juan, en cambio, no terminaría nunca de acostumbrarse al eterno viaje. Su nuevo hogar esperaba con un desafío que no dimensionaría hasta haber pisado nuevamente la tierra y conocer el sabor de sentir la lengua propia extranjera. Pero Fernanda le guiaría en su búsqueda de cambio con su usual resiliencia.
Ella estaría feliz solo por saber que el tiempo que le quedara de vida ahora le pertenecía.
Lucas y Agustín llegaron al hotel varios días después de haber dejado Santiago. Al cruzar las amplias puertas de entrada y registrarse, supieron de inmediato qué conversaciones a futuro tendrían, y supieron, incluso antes de girar la llave, qué flores rojas serían centro de mesa.
―Bienvenido sea usted a nuestro hogar ―dijo Lucas haciendo pasar a Agustín con una exagerada reverencia.
―¿Has visto las flores ya? ―bromeó, entregándole el sombrero con un ademán de superioridad.
―Por supuesto. Dime, ¿era lo que esperabas?
―Lo es, me encanta.
―Nadie nos va a buscar.
―Por eso, nadie nos encontrará.
―Entonces este mundo solamente se rige por reglas nuestras.
―Y así lo hará por las semanas que queden, ¿es lo que esperabas?
―Lo es ―dijo con la voz cortada―. Me encanta.
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Nosotros [COMPLETA]
RomansaLucas es un joven con muy mala suerte; Agustín, un hombre demasiado afortunado. Ambos solo tienen en común estar estudiando la misma carrera en la misma universidad, o al menos, eso es lo que desean creer... Chile en los años veinte fue un constante...
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