—¿Y dónde se metió ese cabro? ¡¿No me diga que lo dejó salir justo ahora?! —gritó Benedicto a su esposa alterado.
La mujer inmóvil no contestó y bajó la mirada, muy probablemente pensando que el "cabro" ya hacía años que era hombre y que ningún permiso a ella le solicitaba.
Benedicto cerró la puerta con enojo, estaba nervioso, la situación política lo ponía en riesgo como tantas otras veces, pero con una pequeña diferencia capaz de quebrar todo: los rumores sobre un inminente cambio constitucional venido con la llegada del presidente Alessandri Palma.
De eso hablarían esa tarde familiares y colegas que notoriamente preocupados buscaban caminos para evitar la realización de una nueva carta magna. En efecto, de redactarse, la manera de afrontar las situaciones empresariales, y políticas habría de verse modificada, lo que implicaría adaptarse a los nuevos fundamentos de la patria, cosa desagradable solo en idea para una familia que de no ser por la rebeldía de algunos hijos, hubiese seguido estancada por más de un siglo en el letargo colonial.
Debido a la naturaleza política y laboral de la reunión, el hombre requería por lo menos que su primogénito estuviera presente, pero Agustín no aparecía por ningún lado, probablemente se había marchado en la mañana, antes del desayuno. Ese cabro siempre le hacía quedar en vergüenza frente a los demás hombres que componían aquel desagradable círculo social, ya estaba harto de escucharlos reírse de su hijo, su niño que antes se portaba tan bien, que fue tan bueno para tantas cosas en la infancia, pero del que solo recordaron sus llantos de infante e irresponsabilidades llegada la adultez.
<<¡Ya se van a aparecer por acá esos viejos y este todavía no llega!>>. Pensaba mientras apreciaba una mancha en la manga de su camisa, no hacía esfuerzo alguno por quitarla, solo la miraba molesto, esperando que fuera el tiempo quien la borrara.
Asunción analizaba la escena de reojo sin siquiera imaginar que el hombre pudiese estar afectado por la situación, para ella Benedicto no sentía como lo hacían los demás, ni pensaba como la naturaleza le dictaba a los hombres. Su marido era una maraña de malos pensamientos y violencia retenida dispuesta a escapar ante el más mínimo error, ya fuese propio o de alguien más. En secreto le maldecía y aunque lo que quedase de bondad dentro de su corazón musitara que era incorrecto, pedía por su pronta muerte.
Las escasas ocasiones en las que le había visto sonreír ese año, le traían a la mente el siguiente pensamiento:
<<Si Dios se lo llevó a él, ¿por qué no habría de llevarse a este también? No debo juzgar, ese no es mi papel, pero Señor, ¿no podría haber sido diferente?>>.
Verlo entre el ajetreo de los empleados buscando encontrar perfección en una casa en la que nunca nada se ensuciaba, en la que todo menos las personas, permanecía inmune al uso y al tiempo, la asqueaba. Aquello le provocaba llevar su mente hasta una desagradable palabra manchada siempre de olvido, le hacía acordarse de recordar, de pensar en "recuerdo", y no en "ahora".
<<El segundo botón de la camisa era diferente a los demás, estaba remendado, pero no lo suficientemente bien como para que no se notara, lo había hecho él mismo. El pelo lo traía un poco más despeinado que de costumbre, su voz temblaba. Frente a mí parecía una persona que estaba a punto de sucumbir frente a una ola en medio del mar mientras veía la oscuridad tragarse de agua el respirar. Pero de todas formas me sonreía, se acercó a mí y dijo que ya no le importaba nada, que si me quería ir con él que fuera, pero yo me negué... una... dos... tres veces.
Él no me soltó la mano izquierda, yo tampoco a él lo solté. Los ojos... ¿Estaban rojos? Sí, sí lo estaban, como los de quien llora y no puede evitar que las lágrimas en su cuerpo dejen marca. No me entrega la carta, me entrega un beso, el único que dejé que me entregara, pero ya luego de eso se me olvidan las palabras y aunque quiera no recuerdo lo que quiero recordar... quiero volver a escuchar eso que me dijo antes de que yo cerrara la ventana... pero no sé... no sé cómo oírlo hablar... he olvidado vivir sus palabras, porque las maté mientras las escuchaba>>. Pensaba la mujer, sin sacarse nunca del alma el enojo hacia el hombre con el que vivía.
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Nosotros [COMPLETA]
RomanceLucas es un joven con muy mala suerte; Agustín, un hombre demasiado afortunado. Ambos solo tienen en común estar estudiando la misma carrera en la misma universidad, o al menos, eso es lo que desean creer... Chile en los años veinte fue un constante...
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