Viernes de la segunda o tercera semana de marzo, el inminente comienzo del otoño turbaba la mente de Benedicto Ramírez, padre del ya conocido personaje Agustín. La llegada del cambio de estación, y por sobre todo, la llegada de la temporada de lluvias traídas por el mes de abril, trasladaban su mente siempre a un mismo recuerdo, que ya de tanto repetirse en su memoria, tomaba las características de una pesadilla.
Para hacer la narración de este recuerdo más cercana al lector, el narrador pondrá un escenario condicionado acompañando al espectador en el imaginario de cómo serían las cosas si pudiésemos adentrarnos en la cabeza del personaje, y tomar su propia perspectiva visual en el laberinto que es el pensar:
Nos hallaríamos a nosotros mismos reviviendo una fuerte tormenta, pasado las seis de la tarde, en una casa con los vidrios cubiertos de pequeñas gotas compitiendo en una carrera por desintegrarse en el límite del cristal pulido.
Desde la estatura de un hombre de alrededor de un metro setenta, veríamos a un niño de cuatro, o tal vez cinco años, con el pelo rubio y encrespado hasta los hombros, pantalones cortos a pesar del frío, y potentes ojos verde oscuro. El muchachito desde esta perspectiva se vería tímido, como miedoso de hablar, pero por sobre todo, nos parecería pequeño.
El niño con timidez se pondría cerca, y se atrevería —respetuoso— a iniciar conversación.
—Papá, hoy día en el colegio nos enseñaron que si nos portamos bien, nos vamos al cielo después —diría el recuerdo con emoción.
Pero considerando que seríamos espectadores en primera persona de la mente de Benedicto, esto nos molestaría de sobremanera. Pues no nos estaríamos enfrentando a una mera subjetiva visual, si no, seríamos y sentiríamos como el personaje.
—Eso ya te lo había enseñado yo en esta misma casa —contestaríamos enojados.
EL muchacho mostraría síntomas de tristeza entre sus ojos, y eso, nos molestaría aún más, porque "los hombres no lloran", y el muchacho ya tiene edad como para entenderlo. Entonces el escenario se curvaría momentáneamente, para mostrarnos a un profesor diciéndonos esas mismas palabras.
—Es que... Me preguntaba, qué pasa con los demás, con los que no son personas —diría el infante con la vista gacha.
—No tienen alma —contestaríamos con naturalidad.
En ese instante el recuerdo se distorsionaría una vez más, y el ladrido de un perro querido en la infancia nos haría pensar que es una lástima que nuestro único amigo este muerto sin tener alma.
El muchacho nos miraría, por primera vez en la conversación, a los ojos. Se podría ver claramente que siente curiosidad, seríamos su padre y lo sabríamos incluso sin palabras.
—Entonces, ¿qué pasa con ellos cuando mueren? —diría el niño, que seguramente no comprendería la muerte más que como la ida al cielo o al infierno dependiendo de virtudes o pecados.
—Nada —responderíamos con miedo, pues nos habríamos preguntado a nosotros mismos eso justo antes, sin llegar a ninguna conclusión.
El pequeño comenzaría a llorar luego de escucharnos, y eso querría decir que es un joven débil, como lo habríamos sido nosotros alguna vez. Nos preocuparía escucharlo llorar, nos daría miedo, le repetiríamos una y otra vez que los hombres no se expresan de esa forma, pero el chico ensimismado como lo estaría, haría caso omiso. "Hay que obedecer y escuchar a los mayores" recordaríamos, y lo que hay alrededor se mezclaría con infinitas voces enojadas diciéndonos que nos hemos portado mal, que Dios nos va a castigar. Aquello nos desesperaría tanto que golpearíamos dos veces al niño para hacerlo callar, así como hacían con nosotros en la infancia.
—Agustín ¡¿Qué te dije sobre llorar?! ¡Tienes que escucharme cuando te hablo!
Agustín se atrevería a hablar conteniendo su llanto, pero su mirada reflejaría tanto tristeza como orgullo, sin saberlo nos propondría una falta de respeto.
—En... entonces, ¿todo además de nosotros, es solo nada? Las flores, las nubes y el pasto, ¿son nada? —nos preguntaría con los ojos nublados, pero con el tono bañado en prepotencia.
—Sí.
Su excesiva sensibilidad, y preocupación por las cosas que apreciaríamos como femeninas rompería la sala recordada, y nos pondría en la perspectiva de quien fuimos a los seis años, cuando la señora a cargo de cuidarnos nos golpeaba con un cinturón por ensuciar la ropa, y sentiríamos el dolor como si fuese real. Entonces frente a nosotros, que seríamos Benedicto, se impondría la altiva mirada de nuestro hijo, que probablemente no estaría satisfecho con la explicación que le habríamos dado hace unos momentos. Como un hombre de un metro setenta, un muchacho de poco más de un metro se ve pequeño, y al golpearlo a puño cerrado descubriríamos que al pesar solo veinte kilos es también ligero.
Entonces los llantos y disculpas del niño nos llenarían la mente y ya no dejarían ver nada. Porque lo único que podríamos extraer del recuerdo en el cual estaríamos inmersos, es la horrible sensación de la primera vez en la que un padre se decepciona de un hijo, no nos cuestionaríamos si actuamos bien o mal, solo nos quedaríamos pensando en que quizás un golpe más contundente le habría quitado lo "maricón".
El recuerdo de esa tarde era tan importante para Benedicto, porque lo consideraba un punto inflexión en su vida, y en la vida de su hijo mayor, creía erróneamente que haber actuado con más violencia podría haber "salvado" a Agustín, joven del cual pocas cosas desconocía, so pesar de la escasez de la comunicación entre ambos.
Al terminar de perderse en sus recuerdos, Benedicto Ramírez pareció sobresaltado, y se dispuso a moverse con rapidez entre los dormitorios de la casa, parecía avergonzado de su introspección.
Al llegar hasta un mueble del living de la casa, arrancó con violencia un cajón y revolvió todo su contenido, en busca de algo.
—¡Esperé demasiado! —gritó estando consciente de su soledad. Su esposa había salido al encuentro de una amiga, sus hijos menores se hallaban en talleres del colegio, y el mayor, Agustín nunca se aparecía los viernes hasta por lo menos las diez P.M
Sus manos frenéticas no detenían su acción, incluso a pesar de sus quejas en voz alta.
¡No la debí haber guardado! ¡No la debí haber guardado tanto tiempo! —dijo mientras destripaba el siguiente cajón—. ¡¿Tanto la quería leer?!
<<Pedro, ese cabro chico se debió haber quedado callado hasta el final ¡Tampoco es que esto sea culpa mía, yo no me imaginé que todo iba a terminar tan abruptamente! ¡¿Qué pensó que yo le iba a hacer que se terminó matando?! Quedarse callado y esperar a que pasara era la solución, nosotros solo éramos los intermediarios... No tuve el valor de leer la carta, pero no por ser cobarde, ¡porque no lo soy! Es solo que... esa carta dice todo lo que yo no quiero que Asunción sepa de mí, y todo lo que yo no quiero saber de ella, por eso la había guardado, no podía dejar que ella supiera que me estafaron ni menos cómo recuperé la plata sin que se enteraran, pero supongo que también quería saber si ella de verdad me... ¡No! ¡Eso no importa! Si alguien tiene la carta y su contenido es el que temo que es, todo lo que tengo...>>. Pensaba Benedicto, sin darse cuenta de que una hoja de papel le había hecho un corte en un dedo, que goteaba espesa sangre sobre los documentos de menor importancia.
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Nosotros [COMPLETA]
RomanceLucas es un joven con muy mala suerte; Agustín, un hombre demasiado afortunado. Ambos solo tienen en común estar estudiando la misma carrera en la misma universidad, o al menos, eso es lo que desean creer... Chile en los años veinte fue un constante...
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