CAPITULO 11

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Una mezcla de orgullo y asombro me invadió en ese instante. Era la primera vez que participaba en un negocio, una experiencia nueva que me llenaba de una satisfacción contenida. Intenté mantener la compostura, elevando ligeramente la barbilla y observando con atención el cierre del trato.

Percibí que él notó mi emoción, pero se limitó a mantener la formalidad, sin emitir felicitaciones ni una sonrisa.

¿Por qué su opinión me afectaba tanto?.

La negociación continuó durante unos veinte minutos más, hasta que finalmente se retiraron. La mujer, de nombre Mart, resultó ser la prometida de Juanpa, y su actitud me pareció algo áspera y distante. Quizás no había tenido una noche placentera.

Al salir de la sala de reuniones, una oleada de energía me invadió, acompañada de un apetito repentino. Decidí que un desayuno fuera de la oficina sería el complemento perfecto para la mañana. Sin dilación, me aventuré por las calles aledañas, dejando que mis pasos me guiaran.

No tardé en encontrar un puesto de comida rápida, un pequeño oasis de aromas tentadores. La idea de unos panqueques recién hechos me sedujo al instante. Mientras ordenaba, pensé en Demián. ¿Habría tenido tiempo de desayunar? Con la intención de compartir, pedí cinco panqueques y unos jugos naturales, previendo que él también disfrutaría de un bocado.

Al regresar al edificio, una empleada se acercó a mí con una sonrisa.

—Demián la estaba buscando.—me informa.—. Ahora se encuentra en su oficina.

Le agradecí la información y me dirigí al ascensor, donde aproveché para revisar la hora en mi teléfono: 10:20 a.m.

Mientras el ascensor ascendía, me pregunté qué le habría llevado a buscarme. Tal vez quería comentar sobre la reunión, o tal vez simplemente quería saber si había desayunado.

—Dónde andabas?.— preguntó Demián en cuanto entré a su oficina. Su voz, aunque baja, denotaba una ligera curiosidad.

— Fui a comprar algo de comer.— respondí, levantando la bolsa con los panqueques y los jugos. —. También te compré algo a ti.— Una sonrisa tenue se dibujó en su rostro, y me miró con una expresión que no pude descifrar por completo.

— Gracias... aunque ya he comido.— dijo, y noté un ligero matiz de decepción en mi voz mientras me dirigía hacia un pequeño sofá. —Pero esa reunión me dejó algo exhausto y hambriento.

Sus palabras me hicieron sonreír. Sabía que no tenía hambre, y que aceptaba los panqueques por cortesía, por mí. Era un gesto extraño, inesperado, pero me alegraba. Me senté en el sofá, observándolo mientras abría la bolsa y sacaba uno de los panqueques. El aroma dulce llenó la habitación, y Demián lo tomó con una expresión de ligero deleite.

— Huelen delicioso.— comentó, dando un pequeño mordisco. —Gracias de nuevo.

— No hay de qué.—respondí, sintiendo una calidez extraña en el pecho. Era una sensación nueva, una mezcla de gratitud y algo más que no podía definir. Observé cómo Demián comía, disfrutando cada bocado, y me pregunté qué pensamientos cruzaban por su mente.

El día se desvanecía lentamente, las sombras alargándose sobre los ventanales de la sala de reuniones, testimonio de una jornada extenuante. El aire, denso con las expectativas y los intercambios de ideas, pesaba sobre mis hombros, una carga que se sumaba al cansancio acumulado. Cinco reuniones, cada una con su propio ritmo y exigencias, habían dejado una huella palpable en mi energía.

Kelly y Aleixandre, compañeros de batalla en este maratón de negocios, se habían unido a nosotros hacía una hora, trayendo consigo el eco de sus propias jornadas. Sus rostros, aunque marcados por el agotamiento, reflejaban la misma determinación que me impulsaba a seguir adelante. Sabíamos que el cierre de este día debía ser memorable, un punto culminante que recompensara el esfuerzo y sembrara la semilla de futuros éxitos.

Quédate.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora