El recuerdo de la mañana se dibuja ahora con una palidez preocupante, eclipsando cualquier pequeño inconveniente inicial. Aquel golpe fortuito en la frente, que en otro momento habría suscitado una mueca y quizás una breve queja, palidece ante la imagen de mi pequeña sobrina, Linsy, presa de una fiebre implacable y un malestar que le retorcía el cuerpecito. Verla así, tan vulnerable, era una punzada directa al alma, una sensación infinitamente más dolorosa que cualquier contusión.
Las conjeturas revoloteaban en mi mente como sombras inquietantes, y la mención de las tortillas de Dalila flotaba en el aire con un dejo de sospecha. Quizás mi paladar indulgente había pasado por alto un detalle que el delicado estómago de Linsy no pudo tolerar.
Ahora me encuentro aquí, en la frialdad aséptica de este asiento hospitalario, observando el lento fluir del suero que busca devolverle el alivio. La cena de esta noche, un compromiso que esperaba con ilusión, ha quedado pospuesta, sacrificada sin dudarlo ante la prioridad ineludible de su bienestar. Explicarle la cancelación fue un trago amargo, pero su salud es un faro que guía todas mis decisiones. La idea de que pasara días postrada, víctima de un simple malestar estomacal provocado por una mano inexperta en la cocina, me resulta inaceptable.
(Y sí, querido ahijado, permíteme esta licencia maternal: tu madre aún tiene senderos culinarios por explorar).
Sin embargo, busco un resquicio de luz en esta jornada sombría. Quizás esta experiencia sea el acicate que impulse a Dalila a descubrir los secretos del buen cocinar. Llevo una hora petrificada en esta silla, sintiendo cómo la incomodidad se instala progresivamente, y la ausencia de mi celular, olvidado en la premura de la emergencia, añade una capa de desazón. Ruego en silencio que Emma no haya sucumbido a la curiosidad; su intromisión tendría consecuencias… digamos, poco agradables.
La voz del médico irrumpe en mis pensamientos, anunciando el permiso para llevar a Linsy a casa, con la única indicación de evitar los lácteos por hoy. Un suspiro de alivio se escapa de mis labios mientras me levanto, sintiendo el entumecimiento en mis extremidades inferiores. Me acerco a Linsy con suavidad, dispuesta a acunarla en mis brazos para el regreso. Necesita descanso, un remanso de paz que dudo encontrar en casa, donde la energía de mis tres pequeños demonios seguramente habrá arrasado con cualquier vestigio de tranquilidad.
Con delicadeza exquisita, la levanto, procurando no perturbar su sueño. Lo último que mi agotado espíritu necesita es escuchar su llanto al despertar. En este instante, aflora una faceta de mi carácter que suelo mantener a raya: una determinación férrea cuando se trata de proteger a los míos.
Tras un breve trayecto en la serenidad de mi coche, llegamos a la calidez de mi hogar, ese pequeño santuario donde la suavidad suele ser la norma. Sin embargo, al cruzar el umbral, mi rostro debió reflejar una consternación palpable. El escenario que se presentaba ante mis ojos era un lienzo caótico de dulces esparcidos, palomitas dispersas y el eco palpable de una batalla campal, una contienda edulcorada que había transformado mi salón en un campo de escombros azucarados.
—¡¿Qué demonios ha ocurrido aquí?! —Mi voz, habitualmente melódica, se elevó en un grito que resonó en el espacio, deteniendo en seco la algarabía. Los tres pequeños culpables soltaron sus improvisadas armas, sus miradas huidizas buscando refugio mientras sus voces se alzaban en un coro de acusaciones mutuas. —No me interesa la génesis de este pandemonio —sentencié, con un tono que no admitía réplica—. Entraré a acostar a Linsy, y cuando salga, espero encontrar este lugar inmaculado. ¿Entendido?
—¡Sí, Capitán! —respondieron al unísono, y observé con una mezcla de exasperación y alivio cómo se apresuraban a recoger el desorden, sus pequeños cuerpos moviéndose con una inusitada diligencia. Linsy, ajena al pequeño drama doméstico, continuaba sumida en un sueño profundo, ajena al estruendo que había sacudido el hogar minutos antes.
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Quédate.
Teen FictionEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
