Mi existencia siempre había sido un torbellino embriagador, un cóctel explosivo de carcajadas resonantes, gritos apasionados y una danza incesante de pieles entrelazadas. Sin embargo, estos últimos meses me habían desvelado una realidad insospechada, una serie de acontecimientos que jamás creí posibles y que ahora tejían mi presente de una manera tan extraña como fascinante.
Demián había regresado a las frías estepas rusas en compañía de Okana, aquella mujer que últimamente lo había escoltado a reuniones y, quién sabe, a qué otros encuentros furtivos.
Era obvio que su vida privada no debería concernirme en lo más mínimo, pero mi alma se rebelaba ante esa lógica implacable.
¡¿Cómo demonios puedes vivir tranquilo?! El pensamiento martilleaba mi mente con una insistencia dolorosa.
Me consumía la rabia al imaginarlo desenvolviéndose en su existencia con una serenidad exasperante, mientras yo me debatía en un mar de tribulaciones internas.
—Keityn, mira a Santiago a la cara... —seguí su indicación al pie de la letra para, acto seguido, elevar mi pierna izquierda hasta la altura de su vientre.
Santiago posó su mano sobre mi muslo, procurando que no perdiera el equilibrio. En los últimos días, un lazo invisible nos había unido a los tres, incluyendo a Fernanda en nuestro círculo. Salíamos, compartíamos risas y tragos, consolidando una amistad inesperada pero profundamente valiosa.
Tomé mi bolso y las llaves del coche con premura, ansiosa por encontrarme con Emma y llevarla a conocer al nuevo soberano de nuestras vidas, Byron Abiel, el rey de reyes que crecía en su vientre.
—Veinticuatro semanas y media, señorita —el doctor entregó la pequeña ecografía a Emma—. Debo felicitarla, señora mamá, su bebé está en perfectas condiciones.
—Muchas gracias... Aunque no ha sido nada fácil, me alegra mucho escuchar esas palabras, porque lo siento de corazón...
—Supongo que aún está nerviosa por dar a luz.
—Más de lo que imagina. Tendré a mi bebé con dieciocho años...
—Eso no lo dijiste cuando lo tenías adentro... —Mario interrumpió la conversación por primera vez, ganándose un codazo certero de mi parte y una mirada fulminante de Emma.
—No debe preocuparse, ambos están en muy buenas condiciones —el doctor retomó la palabra con una sonrisa amable—. Además, se ve que tiene a muchas personas que la quieren y apoyan.
Tras la visita al doctor y un ligero almuerzo callejero, decidimos dirigirnos a la residencia de los Petrov para visitar a Dalila. A pesar de todo, aún me recibían con la calidez de un miembro más de la familia, un gesto que siempre atesoraba.
Dalila ya conocía la procedencia paterna del hijo que esperaba mi hermana y su entusiasmo era palpable.
Emma había decidido sincerarse con ella, consciente de que pronto la verdad debería ser revelada a Damián.
¿La razón?
Cuando aquel pequeño ser llegara al mundo, inevitablemente portaría rasgos inconfundibles de aquellos acaudalados rusos, una realidad que, aunque absurda en apariencia, era innegable.
—Oh, qué hermoso —Dania tomó la ecografía entre sus manos con una sonrisa enternecida—. ¿Ya sabes cómo se llamará?
—Sí —respondió Emma con una alegría radiante—. Mi pequeño se llamará Byron Abiel.
—¿Abiel? —Dania arqueó una ceja con curiosidad.
—Sí, le he puesto Byron en honor a mi hermano y Abdiel porque es un nombre hebreo que significa "Dios es mi padre", y mi bebé, al igual que nosotras, le agradece a Dios tan bello milagro.
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Quédate.
Teen FictionEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
