Capítulo 45.

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Lentamente, sentí el sudor frío resbalar por mi frente, extendiéndose como un manto helado por todo mi cuerpo. Un dolor sordo comenzó a manifestarse en mi abdomen, una punzada insistente que inevitablemente desencadenó una nueva oleada de náuseas. Desconocía la causa precisa de este malestar repentino, pero mi mayor anhelo era no seguir alarmando a mis amigos.

-¿Estás bien? Nunca te había visto así... -La voz de Mario, cargada de genuina preocupación, llegó a mis oídos. Percibía su inquietud en sus movimientos nerviosos, en su constante ir y venir, en su búsqueda afanosa en internet de posibles remedios para mi mal.

-Supongo que es algún virus... ¿Podrías ponerme paños húmedos? -pedí con un hilo de voz.

-Emma ya fue a buscarlos. Ambos estamos muy preocupados por ti... -Tomó una manta suave entre sus manos y la colocó con delicadeza sobre mis hombros-. ¿Crees que ha sido algún virus?

-No lo sé, pero sea lo que sea, siento que me está consumiendo.

En ese instante, Emma regresó con una taza humeante y unos paños húmedos. Con una ternura reconfortante, comenzó a colocarlos en los puntos estratégicos para intentar bajar la fiebre: mi frente y mis axilas. Su tacto suave era un bálsamo en medio de mi creciente malestar.


✨🔮✨

-Keityn... -La voz de Kelly surgió a mi lado de manera repentina-. Nuestro jefe ha solicitado los documentos del viñedo de Italia.

-¿Es urgente...? -Dejé a un lado la taza con fresas, la dulzura de la fruta contrastando con la acidez de mi malestar.

-Los exigió, así que técnicamente sí... -Tomó una de mis fresas con una desenvoltura irritante, llevándola a su boca-. Bueno, si no deseas soportar sus reclamos.

Considerando mi estado, decidí optar por la sensatez. No me encontraba en condiciones de lidiar con el temperamento irascible de Demián.

-Está bien. Vuelvo dentro de unos minutos.

Al abrirse las puertas del ascensor, pude divisar la figura imponente de Demián y, a su lado, su inseparable colega Alexandre. Ambos impartían indicaciones con una autoridad que infundía temor en los empleados, quienes los observaban con una mezcla de respeto y pavor.

No tenía intención de interponerme ni de hacer comentario alguno al respecto. Cada uno en ese lugar había sembrado su propio destino, entrometiéndose en asuntos que no les concernían.

Seguí mi camino hacia la sala de documentos para buscarlos y sellarlos con la diligencia requerida. No pude evitar percatarme de la manera en que la gerente reprendía con dureza a dos empleadas, quienes no hacían más que culparse mutuamente por algún error.

-Gracias... -Alexandre tomó los documentos para luego girarse y entregárselos a Demián.

Salí de aquel lugar con un leve presentimiento, una punzada de inquietud que se intensificó al sentir cómo mis náuseas volvían a manifestarse. No era normal sentirse tan exhausta y, al mismo tiempo, tan frustrada.

Fuera lo que fuese que estaba sucediendo, no era trivial.

Mi día, o más bien mi tarde, continuó transcurriendo entre llamadas de abogados y las constantes salidas de Demián. Al parecer, era una rutina habitual en él realizar inspecciones y ahuyentar de su entorno a cualquiera que osara respirar demasiado cerca.

-Mira lo que le he comprado a Emma -Damián llegó hasta mi escritorio para depositar un sobre amarillo-. No sabes lo feliz que estoy.

Con una curiosidad cautelosa, abrí el sobre. Lo que encontré en su interior me reveló la gravedad del asunto.

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