DEMIÁN PETROV.
Nunca me ha gustado estar en los hospitales, siempre me han parecido lugares que irradian una energía pesada, una atmósfera cargada de preocupación y enfermedad. Por eso, me esfuerzo al máximo por cuidar mi salud y la de mis seres queridos, para evitar tener que pisar estos pasillos fríos y estériles.
Hoy, sin embargo, la vida me ha jugado una mala pasada. Keityn, despertó hace una hora con un malestar repentino y tuve que traerla de urgencia al hospital. Afortunadamente, no ha sido nada grave, un simple susto, pero el miedo que sentí al verla pálida y débil no se me borrará fácilmente.
Ahora me encuentro aquí, en la sala de espera, firmando unos papeles para poder darle el alta. Quiero salir de este lugar cuanto antes, llevarme a Keityn a casa y asegurarme de que descanse y se recupere por completo. Espero no tener que volver a pisar un hospital en mucho tiempo, al menos que la próxima vez sea en la clínica donde nacerá mi futuro sobrino o sobrina, un lugar de alegría y esperanza.
El tiempo se me hace eterno mientras espero a que Keityn salga del baño. Camino de un lado a otro, impaciente por irme de este lugar. Cada minuto que pasa me parece una eternidad. Finalmente, la puerta del baño se abre y Keityn sale, con una expresión de alivio en su rostro.
—Me diste un gran susto.— suelo, con la voz temblorosa por la emoción.
— Lo sé.—responde ella, con una sonrisa débil. — Pero ya estoy bien. Vámonos de aquí.
La tomo del brazo y salimos del hospital lo más rápido posible, como si estuviéramos escapando de un lugar maldito. El aire fresco de la calle me llena los pulmones y siento un alivio inmenso al dejar atrás esos pasillos llenos de tristeza.
KEITYN ROSS
Me levanté con una energía que no sentía desde hacía tiempo. Era como si el susto de ayer, el roce con la fragilidad de la vida, me hubiera inyectado una nueva vitalidad. Me sentía renovada, lista para enfrentar el día con una claridad que no había tenido antes.
Decidí desayunar en el restaurante del hotel. No quería encerrarme en mi habitación, necesitaba sentir el bullicio de la gente, el aroma del café recién hecho y el crujir de las tostadas. Además, tenía que esperar la hora de la reunión para cerrar el contrato de Demián. Aunque era mi día libre, sentí que era mi deber estar ahí. No era un viaje largo, el restaurante estaba a solo unas cuadras del hotel.
Llamé para confirmar la cita. A pesar de su apretada agenda, no puso objeciones, incluso eligió el restaurante, uno de los más exclusivos de la ciudad. Sabía que Demián tenía buen gusto, pero no imaginé que elegiría un lugar tan elegante.
Mientras desayunaba, repasé los detalles del contrato. Todo tenía que salir perfecto. No quería que ningún detalle arruinara la negociación. Decidí recoger mi cabello en un moño alto. No era mi estilo habitual, pero sentí que era necesario. Demián siempre había preferido verme con el cabello recogido, y aunque no me gustaba admitirlo, su opinión importaba.
Me miré en el espejo del baño del restaurante. El moño me hacía ver más formal, más profesional. Me recordaba a esas mujeres de negocios que veía en las películas, seguras de sí mismas y exitosas.
Llegué al restaurante unos minutos antes de la hora acordada. Quería asegurarme de tener todo listo y evitar cualquier contratiempo. Me senté en una mesa cerca de la ventana, desde donde podía observar la entrada y a los comensales que llegaban.
De repente, una voz profunda y masculina interrumpió mis pensamientos.
— Buenas tardes.— dijo el hombre, haciendo que levantara la vista de mi teléfono. —¿Tú debes ser la señorita Ross?
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Quédate.
Fiksi RemajaEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
