Capítulo 32.

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Lentamente, mis párpados se alzaron, dejando que la suave luz matutina que danzaba a través de la ventana me envolviera en su cálido abrazo. Un enigma se cernía sobre mí: ¿cómo había llegado hasta este lugar?

Con una parsimonia forzada, me incorporé, luchando contra la punzante sensación de náuseas que me asaltaba al despertar. ¡Detestaba comenzar el día de esta manera!

-Mierda -murmuré en voz baja, dejando escapar una exclamación de fastidio.

Mi mirada vagó por el suelo hasta que divisó la puerta que prometía alivio. Sin dudarlo, me dirigí hacia el baño, donde realicé mis necesidades y refresqué mi aliento con un cepillo de dientes de repuesto que aguardaba allí.

En lo profundo de mi ser, una certeza florecía: sabía dónde me encontraba, aunque los detalles de mi llegada permanecían velados por un manto de olvido.

Tanta elegancia y confort solo podían ser obra de una persona. Impulsada por la necesidad de encontrarlo, abandoné la habitación y me topé con una larga escalera que parecía descender hacia lo desconocido.

-Al fin despiertas... -Su voz, grave y melodiosa, resonó en el aire al tiempo que sus pies tocaban el último escalón.

-¿Qué sucedió? ¿Cómo llegué aquí? -Me giré por completo, ansiosa por confrontar sus ojos.

Una simple toalla ceñía su cintura, revelando la escultura de su torso.

-Eso no importa ahora.

-Tienes razón... -Sonreí al verlo cruzar sus brazos sobre su pecho desnudo.

Ahora que lo pensaba detenidamente, mi mente no podía evocar la última vez que lo había contemplado empapado.

-¿Seguirás mirándome así o me preguntarás algo?

-Por ahora, solo ansío probar bocado... -Una sonrisa traviesa danzó en sus labios mientras sus manos amagaban con desatar el nudo de la toalla-. ..., y eso no te incluye -lo interrumpí con un tono firme, girándome sobre mis talones.

El deseo carnal era innegable, pero las náuseas matutinas aún ejercían su dominio sobre mí. El momento no era propicio.

-La cocina está a la derecha. Cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme. Estaré en mi habitación vistiéndome.

-Está bien, no te preocupes. Nada me sucederá allí dentro.

Lo observé alejarse, luchando por desviar mi atención de la perfección de su cuerpo tonificado.

¡Cómo podía un simple cuerpo despertar en mí semejante fascinación! Era un misterio que escapaba a mi comprensión.

Con paso firme, me dirigí hacia la cocina, mi mente ya urdiendo el plan para preparar un desayuno sustancioso. Mi cuerpo clamaba por proteínas, y mi cabeza, envuelta en una bruma confusa, anhelaba el reconfortante abrazo de una buena taza de café. Sabía que esa sencilla rutina matutina lograría aquietar el torbellino de mis pensamientos.

Apenas unos instantes se deslizaron en el reloj cuando lo vi aparecer en el umbral de la cocina. Su figura, ataviada con un impecable traje negro, irradiaba una presencia imponente, aunque su semblante permanecía sereno y tranquilo.

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