Saber qué ropa llevar para un viaje siempre resulta una tortura. Estoy a punto de salir por dos semanas y tengo que empacar dos maletas: una para la ropa y otra para los zapatos.
Faltaba solo una hora para que Kelly viniera a buscarme y llevarme al aeropuerto. Con el corazón acelerado, corro a agarrar mi bolso de aseo, metiendo rápidamente lo que necesito: mi cepillo de dientes, toallas, condones, cepillo y algunas otras cosas esenciales.
De repente, escucho el sonido de la puerta y una oleada de paranoia me invade. ¿No se suponía que vendrían a las 8:00 a.m. a buscarme? Al darme la vuelta, miro el reloj y veo que son las 7:20 a.m.
¿Quién podría ser? Con preocupación en el pecho, corro hacia la entrada, y al abrir la puerta, me encuentro con una figura familiar.
-Buenos días, señorita Ross -me saluda con una pequeña sonrisa.
Me pregunto qué está haciendo aquí.
-Buenos días, pase adelante -le respondo, sin quedarme mucho tiempo hablando. Si quería hablar conmigo, no lo dejé, porque rápidamente me doy la media vuelta y regreso a terminar de meter algunas cosas en mi bolso.
-¿¡Quieres café?! -pregunto mientras saco mis dos grandes maletas.
-Sí, por favor -contesta, y camino hacia la cocina, haciéndole una seña para que me siga.
Le sirvo café y me pongo unos guantes para sacar unos pangues del horno.
-¡Mierda! -exclamo al ponerlos en la isla y quitarme el guante.
-Tenga más cuidado -me advierte él, con un tono preocupado.
-Oh, en serio, no lo sabía -suelto irónicamente, mientras me giro hacia él.
-¿Ya está todo listo? -me pregunta.
-Aún me falta algo. Espérame aquí -respondo, abriendo el refrigerador para meter los ponques que había preparado.
Salgo de la cocina corriendo hacia el baño para darme una ducha y vestirme.
-8:00. Perfecto -pienso, satisfecha de que todo va según lo planeado.
Al salir del cuarto, lo encuentro en la sala, mirando su celular con atención.
-Estoy lista -anuncio con una sonrisa.
-Ya era hora -me responde, con un tono de broma.
-¿Quieres un ponque? -le ofrezco, contenta.
-¿Es en serio? -pregunta, con sorpresa en su voz.
-Sí -confirmo, disfrutando de su interés.
Minutos más tarde, después de guardar los ponques, decido bajar con él. La verdad, fue un poco amable al ayudarme con una de mis maletas.
Entramos en el elevador en un silencio cómodo. Ambos estamos inmersos en nuestros pensamientos, reflexionando sobre lo que nos espera en el viaje. Sin embargo, el silencio se rompe cuando, de repente, las puertas del elevador se abren de nuevo, revelando a Marisa, mi vecina, que siempre parece tener algo que decir. Ella entra con su pequeño perro, que parece emocionado por la aventura de salir.
-¡Hola, Marisa! -saludo, mientras ella no puede evitar ojear a Demián y mis maletas con curiosidad.
-¿Te vas de viaje? -pregunta, con esa inconfundible chispa de interés en su voz.
-Sí, dos semanas -respondo, mientras ella acaricia a su perro, que se muestra intrigado por Demián.
Las puertas del elevador se cierran y seguimos bajando, pero la atmósfera cambia un poco. Marisa comienza a hablar sobre sus planes para el fin de semana, lo que me hace sonreír. A veces, es agradable escuchar sobre la vida de los demás, aunque mi mente todavía esté en el viaje.
ESTÁS LEYENDO
Quédate.
Ficção AdolescenteEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
