Capítulo 34.

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Mi día había transcurrido con una serenidad deliciosa, como una suave melodía que acaricia el alma. Demián, el hombre que últimamente ha compartido mis noches y mis amaneceres, me había obsequiado un desayuno exquisito en un rincón encantador de la ciudad. Y ni hablar del vestido vaporoso y de ensueño que había recibido de Kelly, una prenda que parecía tejida con los hilos de la misma felicidad.

Pero de repente, un grito desgarró la placidez del momento. -¿¡QUÉÉ!? -exclamé, sintiendo cómo la incredulidad y la furia me invadían-. ¿¡Cómo que no podrás venir, mamá!?

La molestia me embargaba como una marea oscura. Había enviado una suma considerable, suficiente para que todos pudieran compartir este día especial conmigo. Y aun así, tenían la osadía de comunicarme su ausencia.

-Ya veo con lo que cuento. Muchas gracias -articulé con un tono cortante, antes de colgar la llamada y dirigirme, con el corazón apesadumbrado, hacia la sala de mi casa.

-¿Ha sucedido algo? -preguntó Demián, levantando la mirada de su laptop al percibir mi llegada, su rostro mostrando una mezcla de curiosidad y preocupación.

-Mi familia ha dicho que no vendrá -respondí, dejando escapar un suspiro cargado de frustración.

-¿Y eso a qué se debe?

-No tengo ni la menor idea -me quejé, sintiendo cómo la decepción se anudaba en mi garganta-. He mandado suficiente dinero como para comprar los boletos y que se compren ropa para dicho evento.

-Quizás le ha surgido algún imprevisto a tu madre, y los presentes no quieren dejarla sola -sugirió él, con una voz suave y conciliadora.

-No lo creo. Últimamente ha estado algo extraña.

-¿En qué sentido?

-No sé, simplemente no es la misma. Hay algo diferente en su voz, en sus mensajes...

-¿Crees que esté sucediendo algo?

-No, lo dudo. Ya me hubiese enterado -afirmé, aunque una sombra de incertidumbre danzaba en mis pensamientos.

-Entonces no te preocupes -dijo Demián, ofreciéndome una sonrisa cálida que intentaba disipar mi inquietud.

-¿Irás a ducharte? -intenté cambiar el rumbo de la conversación, ansiosa por alejarme de la punzada de la decepción. Lo último que deseaba era seguir mortificándome con pensamientos sombríos.

-No debería -respondió él, cruzándose de brazos con un aire juguetón-. Se supone que alguien debió haberme invitado -dramatizó, con un brillo travieso en los ojos.

-Te vi muy concentrado en tu trabajo y no quise molestarte -me excusé, sintiendo un ligero rubor en mis mejillas.

-Eso... -bufó suavemente, aunque su sonrisa no desapareció-. Esta semana ha estado pesada. Las ventas en Nueva York han bajado, creo que deberé viajar esta semana.

-¿Puedo ir contigo? -pregunté impulsivamente, sintiendo una punzada de anhelo ante la idea de su compañía.

-Claro, eres mi secretaria -respondió él con naturalidad, dejando la laptop a un lado para dirigirse al cuarto de baño.

Me encuentro completamente hechizada por este hombre, por la manera en que su presencia ilumina mis días. Necesito disimular este embrujo, ocultar la intensidad de mis sentimientos. Lo menos que quiero es que se percate de la profundidad de mi afecto y ponga fin a lo que sea que esté floreciendo entre nosotros.

Me siento cómoda a su lado, una verdad que mi corazón no puede negar. Y precisamente por esa calidez y esa conexión incipiente, no deseo que esta historia llegue a su final.

Quédate.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora