El torbellino de los acontecimientos me había arrastrado sin permitirme siquiera un respiro para asimilar la magnitud de lo ocurrido. La ausencia de mi bebé era un hecho innegable, una verdad palpable a los ojos de cualquiera.
No podía disfrazar la amargura que inundaba cada rincón de mi ser, el profundo desprecio hacia mi propia existencia y todo lo que la rodeaba. Me sentía deshecha, un crisol de fragmentos rotos por la crueldad del destino. Sin embargo, las lágrimas se resistían a brotar, el sufrimiento parecía un lujo que ya no podía permitirme, no cuando en lo más profundo de mi alma presentía que esta tragedia pendía sobre mí como una sombra.
-¿Estás bien? -La pregunta flotó en el aire, distante y borrosa.
No.
No.
Y no, jamás lo estaría. Acababa de perder a mi segundo hijo, víctima de la inmadurez despiadada de una mujer incapaz de aceptar el desdén de Demián. Su obsesión enfermiza conmigo la consumía, impulsándola a sembrar obstáculos en mi camino con la única intención de hacerlo sufrir a él. Porque sí, Demián me amaba con una intensidad que la carcomía por dentro.
No anhelaba palabras de consuelo vacías ni quejas que solo agravarían mi tormento.
-Déjenme tranquila.
-No podemos... -Corté la frase con un gesto impaciente. No buscaba la lástima ajena, no después de la primera vez, cuando la compasión se había sentido como un puñal retorciéndose en mi herida.
-¡Maldita sea, que me dejen tranquila! -Mi voz se quebró en un grito ahogado-. ¡NO LOS NECESITO!
No comprendía la insistencia de las personas en encontrar alivio en la compañía. Yo necesitaba mi propio espacio, mi propio silencio para sanar, sin la interferencia de miradas compasivas o palabras bienintencionadas.
Cada alma carga con su propio peso, una carga invisible que, queriéndolo o no, debe soportar para crecer y transformarse. Y esta pérdida era una más de mis cargas, un nuevo lastre que debía aprender a llevar.
Yo no estaba sana, y en lo más profundo de mi corazón temía que jamás lo estaría por completo. El cansancio y la angustia me habían consumido durante demasiado tiempo.
"Dios -susurré en una plegaria silenciosa-, si he sido una mala persona, perdóname."
-Si así lo deseas, lo haremos... -La voz suave de Emma rompió el silencio mientras depositaba una pequeña bolsa al borde de la camilla-. Solo te pido que comas y, si llegas a necesitar algo, no dudes en llamarnos. Estaremos al pendiente.
-Gracias -respondí con un hilo de voz.
No era mi intención mostrarme fría o distante, pero mi alma estaba hecha añicos, y no podía fingir dulzura cuando me encontraba al borde del abismo.
Nadie merecía experimentar un dolor tan profundo, un laberinto de grietas y cicatrices internas que desestabilizaban los cimientos de una vida que alguna vez había soñado con ser feliz.
Ah, si tan solo existiera un bálsamo para las heridas del alma, un sopor eterno que nos librara de sus punzadas. Anhelaría vivir perpetuamente bajo el influjo de una nébula artificial, antes que resignarme a la certeza de que la vida siempre nos arrojará al vacío, sin importar cuán firmes creamos nuestros pies. Sí, se dice que caer y levantarse forja el carácter, pero no cuando la caída nos embarra de un lodo imborrable, cuando las raspaduras son demasiado profundas para sanar.
Dicen que las cicatrices son mapas de nuestra resiliencia, testimonios visibles de cómo las heridas se atenúan con el tiempo. Pero nadie menciona el escalofrío que recorre el alma al contemplarlas, la punzante reviviscencia de las secuelas que creíamos haber dejado atrás.
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Quédate.
Ficção AdolescenteEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
