Nos encontrábamos todos reunidos en el confortable espacio del auto de Demián, listos para dirigirnos a la cena. Él tomaba el volante con su habitual serenidad, mientras que Jean, Diego y Emma ocupaban los asientos traseros. Yo me encontraba en el asiento del copiloto, con la pequeña Linsy acurrucada plácidamente sobre mis piernas.
De repente, el suave murmullo del motor fue sustituido por los acordes melancólicos de una canción que emanaba del reproductor, cortesía de Emma. Era la voz intensa de Olivia Rodrigo, una artista que, según Emma, marcaba la pauta musical del momento y que yo escuchaba por primera vez.
Debo admitir que aquella melodía poseía una cualidad penetrante, capaz de alcanzar las fibras más sensibles del alma. La letra, cargada de una emotividad palpable, tenía la facultad de transportarte a un universo de sentimientos profundos. Sin duda, para aquellos que habían experimentado el desamor, sus palabras resonarían con una perfección dolorosamente certeza.
—¿Dime? ¿La escuchaste despechada? —me aventuré a preguntar, con una pizca de curiosidad en la voz.
—No. Fue Clara quien me la mostró, ella sí lo estaba...
Un suspiro silencioso escapó de mis labios al pensar en Clara. Desde que tengo memoria, la vida no ha sido precisamente generosa con ella. Para tener apenas veinte años, su corazón ya había soportado demasiadas heridas.
El suave movimiento del auto llegó a su fin. Al detenernos, abrí la puerta, invitando a todos a descender.
—Tía, esto es un castillo... —exclamó Linsy con un chillido de asombro al contemplar la imponente residencia de los Petrov.
Era una reacción predecible ante la magnitud de la casa.
—No, no lo es —respondí con una sonrisa dulce. Ella, sin embargo, comenzó a dar pequeños saltos emocionada, pidiéndole a Emma que capturara el momento con una fotografía. Con suavidad, tomé el celular y lo coloqué cerca del auto, enfocando la pequeña figura de Linsy junto a Emma para inmortalizar su entusiasmo.
Luego, saqué mi propio teléfono y se lo entregué a Demián para que nos fotografiara a los cinco. Acomodé a Linsy en mis brazos mientras Diego y Jean se arreglaban el cabello a mi lado. Emma, por su parte, se había entregado a una sesión improvisada de fotos y videos mientras caminaba con gracia hacia la entrada de la casa. Al pisar el primer escalón, la puerta se abrió, revelando a una Dalila cuya efusividad, según sus propias palabras, era cortesía de sus "hormonas alborotadas" del embarazo, lanzándose a un torrente de palabras.
—Pensé que ya no vendrían —soltó con un dramatismo exagerado.
—Llegamos cinco minutos antes —interrumpió Demián con su habitual calma, pasando a su lado sin siquiera saludarla.
—Hola también —le gritó Dalila a su espalda antes de cambiar su tono a uno más acogedor—. Ahora sí, pasen... Bienvenidos a casa.
—Sigo creyendo que es un castillo —murmuró Linsy en mi oído, su pequeña cabeza aún llena de fantasía.
Sabía que una vez que una idea se instalaba en su mente, era difícil desalojarla. La bajé de mis brazos y caminamos juntas hacia la sala, un espacio que había experimentado una transformación notable. Los muebles de tonos azul oscuro que recordaba habían sido reemplazados por otros de líneas modernas, y una mesa de cristal sostenía un jarrón que, a mi juicio, parecía ser de oro puro. ¿Oro? Por poco mi mandíbula cae al suelo ante la opulencia del cambio. Nuevos cuadros adornaban las paredes, y una alfombra negra de terciopelo cubría el suelo, añadiendo un toque de sofisticación inesperado.
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Quédate.
Teen FictionEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
