Con la mirada gélida, cual témpano a la deriva, rozaba con mi andar la mesa donde él se encontraba, clavando mis pupilas en la madera pulida de la de mi prima.
Me las vas a pagar todas, Demián. La sentencia resonaba muda en mi interior.
-¿Estás bien? -La voz de Fernanda me alcanzó justo cuando tomaba asiento.
-Como no tienes idea -respondí, la amargura tiñendo mis palabras.
-Me sorprende verte así -replicó, su ceño ligeramente fruncido.
-¿Como así? -inquirí, intrigada por su observación.
-Decidida a arruinarle la vida. Desde que llegaste, ni siquiera has buscado la manera de cruzar miradas con él.
-Él no lo merece -sentencié, tajante.
-¿Quién no te merece? -La melodiosa voz de Emma irrumpió en la mesa, acompañada de una sonrisa radiante-. Espera..., ¿esa no es Odette?
-La misma. Ahora, siéntese -Fernanda tomó a Emma del brazo con suavidad, guiándola hacia una silla, apartándola de la visión de aquella mesa.
Lo último que deseábamos era atraer su atención, inflar aún más su ya abultado ego.
La cena transcurrió entre miradas esquivas, puñaladas silenciosas lanzadas con los ojos, y algunas risas esporádicas provocadas por alguna ocurrencia audaz que escapaba de mis labios o de los de mis acompañantes.
Tras las despedidas efusivas, Emma y yo decidimos retirarnos a nuestros aposentos, intentando sumirnos en un sueño que nos permitiera ignorar lo sucedido, o al menos, fingirlo con maestría.
Jodida.
Así se sentía la noche, patéticamente fría y embriagada de recuerdos persistentes.
Verlo de nuevo había desatado una tormenta silenciosa en mi interior, mi cuerpo reaccionando visceralmente a su presencia, a la imagen grabada a fuego de su rostro.
Aún podía escuchar el eco de su voz, sentir la fantasmagórica caricia de su tacto.
Mentiría si dijera que Morfeo me acogió en sus brazos esa noche. En cambio, la mañana siguiente se presentó con una crueldad inusitada, trayéndolo a mi jornada laboral mucho antes de lo esperado, como si su propósito fuera perturbar la serenidad de mi mente, inundando mis pensamientos con su espectro.
Agradecí profundamente su ausencia durante toda la mañana. Necesitaba encontrar la manera de inmunizarme contra el impacto de su mera visión.
-Su pedido está aquí abajo, señorita Ross -escuché la voz impersonal a través del comunicador.
-Pueden mandarlo para acá, es que no puedo ausentarme de mi puesto ahora. Estoy un poco atareada.
-Perfecto.
A los pocos minutos, las puertas del ascensor se abrieron con un suave susurro, revelando la figura imponente de Demián, flanqueado por la presencia de Kelly y la mujerzuela.
Malditos. La bilis me subió a la garganta ante su descarada aparición.
Con un movimiento deliberado, giré hacia la pantalla de la computadora, ofreciéndoles mi espalda como un muro de indiferencia. No quería que me vieran, que notaran el agotamiento que me embargaba. A él jamás le había importado mi bienestar, y eso no le otorgaba el derecho de verme así, vulnerable.
No.
Jamás permitiría que vislumbrara el profundo impacto que todo esto estaba teniendo en mí.
-Keityn, a la oficina -su voz grave resonó en el amplio espacio, cual trueno en la distancia, acelerando el latido de mi corazón y erizando cada fibra de mi piel.
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Quédate.
Novela JuvenilEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
