Capítulo 41

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Verlo allí, en la intimidad de mi habitación, era una descarga eléctrica que me recorría de pies a cabeza, una excitación tan intensa que me despojaba de toda cordura. Después de aquellos mensajes cargados de deseo, mi cuerpo había experimentado una metamorfosis incandescente. Mis hormonas danzaban a un ritmo frenético, y las escasas neuronas que aún conservaba solo podían conjurar su imagen.

Él, Demián, era la personificación de cómo ascender al paraíso a través de las llamas del infierno.

-Shhh -susurró en mi oído, sembrando una legión de escalofríos en mi piel-. Emma está en la otra habitación y no queremos despertarla.

Su mano apretó mi muslo derecho, ascendiendo con una lentitud tortuosa por la extensión de mi cuerpo. Sus besos húmedos, cual rocío ardiente, encontraron su camino hacia mi clavícula y mi cuello, encendiendo una sed insaciable en mi ser, un anhelo voraz por más de él.

Sus manos no cesaban en su exploración, y sus labios se aferraban a mi piel incandescente con una posesividad embriagadora. Lentamente, introdujo su miembro en mi intimidad, desatando una oleada de electricidad que sacudió cada fibra de mi ser. Una, dos, incluso tres veces, me embistió sin concederme respiro, robándome el aliento en cada penetración profunda.

Me tomó de la cintura, girándome para ofrecer mi redondeado trasero a su merced. Sabía que él disfrutaba de ese dominio, y yo, en secreto, me deleitaba en su poder. Tiró de mi cabello, enredándolo en su mano izquierda, y sin detener su ritmo implacable, me propinó una fuerte palmada en la nalga derecha, provocando que mi interior se contrajera con una intensidad aún mayor.

Poco a poco, mi cuerpo se elevó hasta alcanzar la cima del placer, y a los pocos segundos, el suyo le siguió en una explosión liberadora.

Con la respiración aún agitada, decidí recostarme, invitándolo a compartir el descanso. Ambos estábamos exhaustos, consumidos por la pasión.

Sus ojos grises se posaron en mí con una curiosidad punzante, antes de que una suave sonrisa se dibujara en sus labios. Demián era la perfección encarnada, en cada uno de sus sentidos. Aquello, sin darme cuenta, había sembrado en mí una semilla de amor.

-Te amo.

-¿Qué has dicho? -Se incorporó, apoyándose en un brazo para mirarme con una preocupación evidente.

Maldición.

Lo había pronunciado en voz alta.

-Nada -mentí con torpeza.

-¿Has dicho que me amas? ¡¡No mientas!! -Se levantó de la cama con brusquedad, dejándome paralizada-. Solo era sexo -tomó su camiseta del suelo-. Lo tenías claro, Keityn.

-Yo... -Todo se había desbordado-. No sé cuándo sucedió, y sé que... -Me interrumpió con una molestia palpable.

-No sabías nada, ¡¡joder!! -Caminó hacia mí, tomando mi rostro entre sus manos con una intensidad dolorosa-. Hasta aquí llega nuestro juego, Keityn.

Se enderezó con furia, agarrando su teléfono y deslizándolo en su bolsillo.

-Te creí más inteligente.

Y sin más palabras, se marchó, dejándome sumida en un torbellino de confusión y dolor.

Siempre había sido una imbécil.

Sabía que no debía permitir que mis sentimientos se enredaran con él, pero me resultó imposible. Siempre había estado ahí, presente en mi vida.

Me levanté de la cama con pesadez, caminando hacia la ducha para purificarme de su recuerdo y vestirme con mi pijama. Antes, me aseguré de que Emma descansara plácidamente.

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