Capítulo 39

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-¿Se conocen? -preguntó Santiago, su desconcierto palpable ante la tensión que flotaba en el aire.

-Sí... -se atrevió a responder Fernanda, girando hacia nuestro jefe-. Somos primas, o no sé si aún se podría decir que hasta hermanas -volvió su mirada hacia mí, añadiendo con una sonrisa nostálgica-: Lástima que el destino nos separó.

El destino no, tú lo has hecho, pensé con amargura. Quise pronunciar esas palabras, pero un nudo en la garganta me lo impidió.

-No entiendo -confesó Santiago, visiblemente confundido.

-Solo somos familia -solté con sequedad, sin comprender la necesidad de tanta explicación.

-Perfecto... -sonrió, extendiendo las manos como conciliador-. Entonces será más fácil para mí trabajar con ambas.

-¿Trabajar...? -pregunté, la sorpresa reflejada en mi rostro.

-Sí, Keityn, trabajo en equipo se le llama... Y por el bien de ambas, arreglen lo que sea que haya sucedido anteriormente.

Santiago salió de la habitación, dejándonos sumidas en un silencio denso. Necesitaba, de alguna manera, que resolviéramos nuestro conflicto. En mi caso, no tenía la menor intención de hacerlo de forma genuina. Lo más sensato, y sobre todo justo, era fingir.

-Keityn.

-No hables -interrumpí con firmeza-. No quiero tocar el tema. Ya no me interesa lo que ambos me hicieron... Entiendo que se amaran y que quizás tú lo hiciste sentir mil cosas, mil cosas que claramente yo no hice.

-Yo sé... -Volví a cortarla, impidiéndole hilvanar sus argumentos.

-En serio, Fernanda, ya no deseo hablar de eso... Para mí, esa situación es pasado.

-Quiero que sepas que Alex y yo terminamos.

-A mí no me interesa -respondí con frialdad.

-Keityn, ¿en serio vas a ser así conmigo?

-Tú misma te lo buscaste.

-Espero que cuando me perdones, ya no sea tarde para yo perdonarte a ti.

-¿Ahora te harás la dolida? -cuestioné con incredulidad-, cuando claramente fui yo la afectada.

-No lo entiendes -soltó con una risa histérica-... Jamás lo entenderás, y menos si no recuerdas nada.

Era evidente que no quería revelar más, pues salió de la habitación, dejándome con un torbellino de dudas en la cabeza.

¿Por qué esa última frase?

Intenté levantarme de la silla para buscarla, pero mis fuerzas flaquearon. Todo a mi alrededor comenzó a girar, apenas era consciente de lo que se encontraba a unos metros de distancia. Mi visión se tornó borrosa, desdibujando los vibrantes colores de las telas, y las voces del lugar se desvanecieron en la lejanía.

Cerré y abrí los ojos repetidamente, luchando por enfocar la realidad que se desdibujaba ante mí. Intenté abrir la boca para hablar o gritar, pero me fue imposible. Poco a poco, comencé a sentir cómo la herida de mi abdomen se desgarraba, provocando un dolor mucho más intenso del que creía poder soportar.

El miedo me atenazó.

Mi nariz comenzó a arder, y una cálida humedad carmesí fluyó. Un temblor incontrolable sacudió mi cabeza.

¿Dónde demonios estaban las personas cuando uno más las necesitaba?

Abrí los ojos nuevamente, buscando desesperadamente algo que produjera el suficiente ruido como para llamar la atención de alguien...

Quédate.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora