—Keityn, debemos hablar —la voz de Demián irrumpió en la quietud, abriendo la puerta de golpe y deteniendo nuestra conversación. Las tres giramos al unísono, la sorpresa pintada en nuestros rostros, para encontrarlo de pie, tenía una extraña mezcla de curiosidad y furia contenida, lo podía ver en su mirada.
—Lamento haber entrado así de esta manera —se disculpó, aunque la disculpa apenas velaba la tensión que emanaba de cada poro. Su semblante, contraído, dejaba en evidencia la tormenta que se gestaba en su interior. Las venas se marcaban con una ferocidad inusual en sus brazos, los puños cerrados, tensos, a punto de estallar.
—Ya vuelvo… —murmuré, mi voz apenas en un susurro, mientras me levantaba para seguirlo, la incertidumbre apretándome el pecho. Al salir de la casa, el pasillo se convirtió en un confesionario silencioso. Demián, sin mediar palabra, sacó su móvil. La pantalla, una ventana a mi peor pesadilla, me mostró imágenes realmente perturbadoras.
—¿Por qué lo has hecho? —exclamó, su voz cargada de una ira que apenas podía contener—. ¡¡Dime!!
El aire se hizo denso, pesado, cargado de una electricidad inestable. Mi respuesta, cruda y sin adornos, brotó de lo más profundo de mi ser.
—Porque quería hacerlo.
Sus ojos, que antes habían sido la imagen de la devoción, me miraron con una mezcla de desconcierto y reproche.
—¿A beneficio de qué?
Un suspiro exasperado escapó de mis labios. ¿Acaso no lo veía? ¿No comprendía la magnitud de mi desesperación?
—¿No lo ves? —bufé, la frustración tiñendo mis palabras—. Por ti lo hice, no seas imbécil.
—Yo no… —comenzó, pero lo interrumpí. No quería seguir escuchando justificaciones, no quería más palabras vacías que intentaran aplacar la furia que me consumía.
—Solo por una vez, ¿puedes dejar de hacerme sentir mal por tratar de ayudarte? —le reproché, el dolor perforando mi voz—. Ya lo hice, Demián, y eso no va a cambiar. Está bien, maté a no sé cuántas personas, pero también debo recordarte que ahí dentro estaba Darío, el maldito hijo de puta que mandó a volar la avioneta donde venías.
<<No me arrepiento de nada, y si te sirve de algo, él no murió por la explosión. Lo he asesinado yo con mis propias manos por creer que en serio habías muerto en esa avioneta de mierda.>>
Podía sentir mi cuerpo hervir, la adrenalina corriendo por mis venas ante la audacia de mis palabras. No importaba si se iba molesto, si me dejaba de hablar. Yo había volado esa isla, impulsada por el rencor más profundo, por el dolor insoportable de haber creído que lo había perdido para siempre.
—Me tiene sin cuidado lo que pienses ahora de mí —puse un dedo en su pecho, desafiante—. No me interesa. Yo quería sangre y la hubo. No hay más nada que hacer. Todos murieron en aquella explosión. Ahora tú estás vivo y yo feliz de tenerte conmigo.
Su semblante permanecía impasible, una máscara de neutralidad que me mortificaba. Mi alma clamaba por una reacción, un indicio de lo que bullía en su interior, mientras yo, por el contrario, derramaba cada fibra de mi ser, cada emoción, con una exactitud brutal. Él, simplemente, me observaba con esa mirada ecuánime, provocando un deseo irrefrenable de abofetearlo un millón de veces, solo para forzarlo a sentir, a entrar en razón.
Porque él es Demián Petrov. El hombre que jamás mostraría su lado humano, el que se niega a abrir esa ventana para que nadie, absolutamente nadie, se sienta con el derecho de pisotearlo.
—¿Te quedarás mirándome toda la vida? —me quejé, la frustración ahogando mi voz al no obtener la reacción anhelada.
Lentamente, casi imperceptiblemente, levantó una ceja. Luego, con una frialdad que me heló el alma, me dio la espalda y caminó hacia el elevador, dejándome allí, con las palabras atoradas en la garganta y los sentimientos revueltos en un torbellino de confusión y anhelo.
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Quédate.
Fiksi RemajaEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
