Es curioso cómo a menudo subestimamos el poder del placer, cómo el miedo puede convertirse en un velo que nos impide explorar las profundidades de la experiencia. Recuerdo haber sentido una reticencia, un temor a lo desconocido, ante la idea de un encuentro íntimo con más de una persona. Sin embargo, en un giro inesperado, me encontré inmersa en un cuarteto, un despliegue de sensualidad que desafió toda lógica preconcebida.
En ese momento, el miedo se desvaneció, eclipsado por la intensidad del instante. Los gruñidos y gemidos de los hombres que me rodeaban tejieron una sinfonía de placer, una locura embriagadora que trascendía los límites de lo ordinario. Era una experiencia sensorial que nunca antes había imaginado, una revelación de sensaciones desconocidas.
Si me hubiera detenido a reflexionar sobre las alternativas, sobre las posibles realidades paralelas, la monotonía habría sofocado la chispa del momento. A menudo, la mente humana se pierde en laberintos de pensamientos, enredándose en una madeja de "qué pasaría si", una tendencia que puede llevarnos al borde de la locura.
Hace apenas unos instantes, un nudo de ansiedad atenazaba mi garganta, un vacío gélido se instalaba en mi estómago y mis manos sudaban ante la incertidumbre de lo que podría suceder en esa habitación, un espacio compartido por cuatro almas. Pero ahora, la transpiración era el sudor del placer, y el vacío en mi estómago se había transformado en un cosquilleo eléctrico que recorría mis extremidades.
Tras el primer encuentro, nos sentamos a conversar. Percibieron en mi silencio una posible insatisfacción, pero mi intención era otra. Quería dejar claro que no me consideraba una esclava, un objeto de deseo a merced de sus caprichos. En ese instante, la idea de la sumisión, que momentos antes me había resultado atractiva, se disipó.
No buscaba ser una figura de dominación o sumisión, sino una participante activa en un juego de placer compartido. Decidimos que exploraríamos nuestros deseos a nuestra manera, sin roles predefinidos, sin cadenas ni ataduras. La noche se convirtió en un lienzo en blanco, donde pintaríamos nuestras fantasías con pinceladas de libertad y consentimiento mutuo.
Con una sonrisa pícara, le expresé a Demián mi deseo de ser atada. Sabía que esa faceta de mí le resultaba atractiva, pero en ese momento recordé la presencia de Alex y Kelly.
Kelly, siempre perspicaz, propuso alternar parejas después de disfrutar de un momento íntimo con nuestros respectivos compañeros. Su sugerencia fue recibida con entusiasmo, y observé cómo Alex se deshacía del preservativo y lo arrojaba a la papelera.
Demián se dirigió a un pequeño armario y extrajo cuatro corbatas. Le lanzó dos a Alex y se quedó con las otras dos. Me sorprendió que no se atara él mismo. Me pregunté si ya habían participado en un juego similar, y con quién. Sacudí la cabeza para disipar esos pensamientos intrusivos. No quería que los celos empañaran el momento.
Demián me dio un beso suave y tomó mis manos, guiándome hacia la cabecera de la cama. Me ató las muñecas a los postes, y al girarme, vi que Alex hacía lo mismo con Kelly. Ella parecía relajada, mientras que yo me sentía tensa, como un poste de luz. Demián se arrodilló y ató mis tobillos a los pies de la cama, revelando el propósito de la segunda corbata.
Me imaginé la reacción de mi madre si me viera en esa situación. "Lo siento, mamá".
— Si quieres que pare, solo dilo.— dijo con suavidad. Asentí, incapaz de articular palabra.
Me colocó las piernas en posición fetal y me dio una nalgada, lo que provocó que me moviera ligeramente y sonriera. Otra nalgada resonó en el aire, esta vez cortesía de Alex, seguida por la mano de Demián que se unió al festín. ¿Era esto una competencia? Estos dos eran unos depravados sexuales.
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Quédate.
Roman pour AdolescentsEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
