Capítulo 48.

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-No sabes cuidar de ti, Keityn -mencionó con una mezcla de preocupación y firmeza mientras se ponía al volante-. Necesitas ayuda en estos momentos, ya que no se trata solamente de ti.

Decidida a confiar en su juicio, a dejarme llevar por esta nueva realidad, me acomodé en el asiento, permitiendo que el cansancio me arrullara hacia un sueño profundo.

Al despertar, la atmósfera familiar de la habitación me indicó que habíamos llegado a la casa de Demián. Inmediatamente reconocí el espacio; la luz matutina se derramaba a través del ventanal, donde su figura se recortaba contra el suave resplandor. Vestía unos shorts color café y una camiseta gris, y a su lado reposaban una taza humeante y las últimas noticias del día.

Sabía cuánto valoraba la lectura del periódico, cómo sus páginas lo ayudaban a ordenar sus pensamientos antes de sumergirse en las complejidades de la empresa.

-Buenos días, bonita -se atrevió a decir al notar mi despertar. Lentamente me incorporé en la cama para sentarme-. ¿Cómo te encuentras?

-He descansado lo suficiente.

-Me alegra escuchar eso -Extendió su mano hacia la mesa de noche para tomar su móvil y solicitar que llevaran el desayuno a la habitación-. Espero no te incomode estar aquí, en mi casa.

-No, no me incomoda. Solo que es extraño.

-No le veo lo extraño. Te llevas de maravilla con mi madre.

-Lo sé, solo que ahora es diferente.

-¿Cuál es la diferencia ahora? ¿Un bebé? ¿Que estaremos los dos bajo el mismo techo? Nada que esa mujer ya no sepa.

Quedé en silencio, sorprendida por su intento de minimizar mis reservas.

-Tienes razón.

-Siempre.

-Nunca dejarás de ser egocéntrico.

-No -Ante su rotunda afirmación, una leve risa escapó de mis labios.

-¿Por qué me mandaste a poner un sedante?

-Yo no he sido. Fue el doctor.

-¿Por qué? ¿Hay algo malo en mí?

-Aparte de tus problemas mentales, no creo -respondió con una sonrisa traviesa.

-¡¡Demián!! -me quejé, aunque una sonrisa comenzaba a asomar en mis labios.

-Solo sé que me pidió que me estacionara para hacerlo. Aunque yo le informé que te habías quedado dormida por tu cuenta.

-Es extraño.

-Él sabe lo que hace, quizás deseaba que... -Se interrumpió, como repensando sus palabras-. ¿Cómo supiste que te anestesiaron?

-Instinto de mujer... -Respondí con una pizca de picardía, entrecerrando ligeramente los ojos.

-A veces me preocupa que te drogues.

-No, no lo hago. Ya yo nací así de loca.

-Buenos días, mis amores... -La madre de Demián apareció en el umbral con una pequeña bandeja. Instintivamente, mi mirada se dirigió al progenitor de dicha señora.

¿Él había autorizado a su madre a hacer esto?

-A ella no le grites, Keityn -resopló Demián, percatándose de mi expresión.

-¿Qué sucede? -preguntó Dania, desconcertada por la escena.

-¿Él la ha mandado a traer mi desayuno?

-No, cariño, se lo he quitado a tu enfermera.

-¿A mi enfermera?

-Estoy pagando una enfermera privada para ti, Keityn.

Quédate.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora