Capítulo 47

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Sabía, en lo profundo de mi ser, que todo este laberinto de incertidumbre era una sombra proyectada por mis propias decisiones. No debí confiar mi salud a manos inexpertas, a un doctor cualquiera.

Como Santini había sugerido con anterioridad, despojé mi cuerpo de las vestiduras cotidianas, buscando refugio en aquel atuendo holgado que prometía una libertad etérea para el examen venidero.

El temor era un nudo apretado en mi pecho, ante la avalancha de acontecimientos que se cernían sobre mi futuro. Quisiera o no admitirlo, la soledad era mi única compañera en este trance. Nadie más conocía este secreto que ahora me consumía, y aun así, me había arriesgado a enviar a Mario de vuelta en busca de ropa y a informar a Emma de lo sucedido. Tejí una coartada de viaje de negocios, dejando a Mario como custodio de mi hermana, confiando en su bondad y diligencia para evitar cualquier atrocidad.

—Señora, necesito de su máxima colaboración... —La enfermera, con una dulzura profesional mientras preparaba la vía intravenosa, me ofreció un vaso de agua—. Sé que está nerviosa por todo esto, pero si no se relaja, no podré extraer la sangre para los exámenes.

Permanecí en un silencio absorto, asimilando cada indicación con una quietud casi sepulcral. No albergaba ánimos para la conversación, ni mucho menos para el reproche.

¿Lo perderé? Sí, esa certeza me punzaba como una astilla helada en el alma, y el solo pensamiento desataba un torrente de dolor silencioso.

Yo misma, con mis decisiones previas, había sellado el destino de mi criatura, condenándola a la inexistencia.

—Quizás para aquellos seis días podamos saber el sexo del bebé.

Aquellas palabras, lejos de consolar, laceraban mi esperanza. Un anhelo irrefrenable por llorar me embargaba.

—Doctor, no me mienta —articulé con una voz apenas audible, quebrada por la angustia—. No intente insuflar ánimos donde solo hay desolación. Usted mismo me ha dicho que mi bebé se encuentra en graves condiciones.

El reloj parecía haberse sumido en una lentitud exasperante, cada segundo un eco de mis lamentos y el llanto agónico que brotaba de lo más profundo de mi ser. La incertidumbre me atenazaba, sin brindarme respiro ni consuelo. En un acto de desesperación, con la firme resolución de no infligir más daño a mi pequeño ser en gestación, envié a comprar frutas, un intento tenue de nutrir el cuerpo que albergaba mi fragilidad.

Cuando las sombras de la noche comenzaron a danzar en los confines de la habitación, Mario apareció en el umbral, portando una bandeja con jugo de un rojo intenso y unos sándwiches para mi cena. Su partida inminente era un dardo helado en mi corazón.

—Kitty, debes descansar y alimentarte bien —me dijo con una ternura fraternal al entregarme la bandeja—. Puede que el bebé esté delicado ahora, pero sé, en lo más profundo de mi alma, que pronto estará mejor. Solo concédele cuatro días para que observes cómo aquellos tratamientos comienzan a surtir efecto, y ese pequeño o pequeña se volverá inmensamente fuerte, listo para corretear junto a Byron por toda la casa.

—Son seis días... —corregí con un hilo de voz.

—Seis, ocho, veinte, noventa. No importa la cifra. Él o ella se salvará.

Anhelaba poseer la misma fe inquebrantable que emanaba de él, pero la desesperanza era una sombra demasiado densa para disipar.

Con una convicción endeble, comencé a ingerir la comida. Era consciente de mi desnutrición, del abandono de mis rutinas de ejercicio. No culparía a Demián... miento, sí lo haría. Desde su irrupción en mi vida, no había hecho más que consumirme, y sí, reconocía que esta angustia presente no me habría alcanzado si no hubiera sucumbido a sus encantos.

Quédate.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora