Un suspiro denso, cargado de la humedad que se colaba por las rendijas, escapó de mis labios. Demián, con esa insistencia que a veces se tornaba un nudo en el pecho, volvía a sembrar la duda: -¿Estás segura de lo que vas a hacer?- Su voz, un eco constante en la estancia, ya sumaba cinco repeticiones, cada una teñida de un estrés palpable, una frustración que se mascaba en el aire. Me había implorado, con la desesperación pintada en cada línea de su rostro, que me alejara de aquella misión, al menos una decena de veces.
-Sí, Demián, no te preocupes. Estaré bien -mentí con una serenidad forzada, un barniz delgado sobre la verdad que me carcomía por dentro. En realidad, sentía cómo el filo helado del peligro me rozaba la nuca, cómo me deslizaba irremediablemente hacia un abismo incierto, quizás directo a las fauces de la bestia.
Con un movimiento preciso, casi automático, ajusté la pequeña arma que descansaba ceñida a mi muslo izquierdo. La dureza del metal contrastaba con la angustia que danzaba en los ojos oscuros de Demián, un reproche silencioso que me calaba hondo. Estaba molesto, lo sabía, y su preocupación, aunque asfixiante, era un lazo invisible que me ataba a la cordura.
-El lobo es muy peligroso, Keityn... -insistió de nuevo, su voz ahora un murmullo grave.
-Lo sé, Demián. Pero solo debo seducirlo, guiarlo hasta el hotel, y entonces... ustedes podrán terminar el trabajo.
-Se escucha fácil, señorita, pero no lo es -terció Stefan, su pragmatismo cortando la tensión con la frialdad de un bisturí-. ¿Sabes acaso la magnitud del peligro al que te expones?
-Nada en esta vida se ofrece con facilidad, Stefan -respondí, intentando insuflar convicción a mis propias palabras-. Todo saldrá bien. Debemos confiar en eso.
Me alejé de la habitación, buscando una bocanada de aire fresco, una tregua en la insistencia de Demián. Mis pasos me llevaron hasta Alicia, mi amiga, absorta en el crujiente universo de una bolsa de doritos, ajena, aparentemente, a la tormenta que se avecinaba.
-Si llega la medianoche y aún no aparece, debes abordar la misión -ordenó Stefan, su voz firme, desprovista de cualquier titubeo-. No podemos permitir que la situación se torne irreversible.
Asentí, la garganta anudada, mientras registraba con atención cada una de sus indicaciones. Stefan había tejido este plan con la precisión de un relojero, y su obsesión por el éxito radicaba en la necesidad imperante de acabar con aquel hombre, la raíz de tanto dolor y zozobra.
-No comprendo por qué hay tantos fotógrafos allá abajo... -murmuró Alicia, su voz amortiguada por la tela de la cortina que acababa de entreabrir-. ¿Acaso hay alguna celebridad hospedándose aquí?
-¿Fotógrafos? -Demián se acercó a la ventana con la rapidez de un felino.
-Sí, son ellos -confirmó Stefan, plantándose a su lado, la preocupación tensando las líneas de su rostro.
-¡Mierda! -la exclamación de Demián resonó en la habitación como un disparo.
Con el corazón latiéndome salvajemente en el pecho, me acerqué al ventanal. Cinco figuras esquivas, ocultas estratégicamente entre las sombras y los maceteros, empuñaban sus lentes como armas silenciosas. Un escalofrío me recorrió la espalda. Corrí hacia mi móvil, la pantalla iluminándose con la confirmación de lo que mi instinto ya presentía.
Las fotos, crudas y reveladoras, ya navegaban por la página oficial. Una avalancha de seguidores desconocidos y mensajes inquietantes inundaba la pantalla, tejiendo una red invisible a mi alrededor. El lobo, sin que yo lo supiera, ya había comenzado a mostrar sus colmillos.
-¿Qué hiciste ahora? -Alicia se deslizó a mi lado, su curiosidad palpable en el tono de su voz.
-¿Qué no he hecho? -respondí con una mezcla de resignación y un atisbo de humor negro.
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Quédate.
Dla nastolatkówEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
