Un nudo de angustia, frío y opresivo, se apoderó de mi garganta, constriñéndola hasta convertir mis palabras en un hilo apenas audible, cargado del peso de la desesperación.
-Esto no puede estar pasando...- mi voz tembló ligeramente, como una hoja en la tormenta, mientras una certeza sombría se cernía sobre cualquier atisbo de esperanza, nublándolo por completo. -El bebé no podrá nacer.
La incredulidad veló su rostro en un instante, sus ojos oscureciéndose con una mezcla turbadora de sorpresa y un temor incipiente.
-¿¡Qué dices!? ¿¡Abortarás!?
Un escalofrío gélido recorrió mi cuerpo entero ante la sola mención de esa palabra, como si una sombra helada me hubiera rozado la piel.
-¡¡NOO!!- exclamé con una vehemencia que brotó desde lo más profundo de mi ser, el mero pensamiento desgarrando las fibras de mi alma.
-¿Entonces por qué dices eso?- inquirió entonces, la preocupación dibujándose con nitidez en cada delicada línea de su semblante, como una sombra proyectada por una luz vacilante.
Mi mano instintivamente se posó sobre mi vientre, un gesto protector ante la punzante realidad.
-Porque tengo desgarrado el útero, es evidente que este embarazo está en riesgo.
Una sombra de asombro cruzó su mirada, como si intentara asimilar la magnitud de mis palabras.
-Estás tratando de insinuarme que es un milagro.
-Sí. - Su reacción fue inmediata, un impulso de energía ante la posibilidad.
-¡¡Entonces!! ¡¿Qué haces aquí!! Corre y ve a un médico, necesitas ponerte en control y que vean toda la situación.
La urgencia en su voz resonó en mi interior, despertando una determinación dormida bajo el peso del miedo. Decidida a enfrentar la incertidumbre, a aferrarme a esa pequeña chispa de esperanza, me encaminé presurosamente hacia el consultorio médico más cercano.
El miedo era un frío tentáculo que me aprisionaba el pecho, quizás más de lo que mi mente consciente quería admitir. Mis ojos no podían apartarse de la pequeña punzada carmesí que florecía en mi brazo izquierdo, testimonio silencioso de la extracción de sangre.
La noticia de mi embarazo se cernía sobre mí como una densa nube, presagiando una tormenta de tribulaciones mentales. Una parte de mí, una voz sombría y persistente, vaticinaba con certeza que este bebé no llegaría a nacer, y esa premonición alteraba cada uno de mis sentidos, tiñendo el mundo de una inquietante irrealidad.
El recuerdo de una ilusión marchita, de una esperanza desvanecida por los designios implacables del destino, aún dolía con una punzante frescura. No quería revivir esa angustia, ese vacío que dejaba la pérdida de algo anhelado.
Positivo.
La hoja de papel que hacía apenas unos instantes sostenía temblorosamente entre mis dedos se deslizó al suelo, como una hoja otoñal arrastrada por un viento helado. Era un doble positivo, una confirmación que se sentía tanto como una bendición como una sentencia.
Doce semanas de gestación.
Alto riesgo.
Mucho flujo vaginal.
La letanía de términos médicos que el doctor pronunciaba se desdibujaba en los confines de mi mente, perdiéndose en un laberinto de confusión y temor.
¿¡Qué se supone que debo hacer!?
-Por ahora solo debes tomar vitaminas y tener mucho cuidado -aconsejó el médico con una seriedad palpable-. Estamos hablando de un embarazo de alto riesgo, cualquier mínimo movimiento en falso podría poner en peligro a la criatura.
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Quédate.
JugendliteraturEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
