Tres días habían pasado, días que había dedicado a visitar constantemente a la familia de Abril. La verdad es que eran unas personas maravillosas, llenas de alegría y un carisma contagioso. No sé cómo sucedió, pero me sentía increíblemente feliz al estar con ellos; me hacían sentir como si estuviera en mi hogar, con mi propia familia.
—Emma no piensa hablarte, por lo que veo... —Valeria sacó de la bolsa de compras una soda, rompiendo el silencio.
—Yo a ella no le he hecho absolutamente nada —respondí, con un suspiro.
—Sabes cómo es ella... ¿Te ayudo? —dijo, señalando las bolsas que cargaba.
—Oh, sí, aquellas dos debes meterlas en los almacenes. Yo vuelvo más tarde; iré a visitar a unas personitas.
Bajé rápidamente a mi coche para poder llegar lo más pronto posible a aquella casa. En los asientos traseros traía pizzas y gaseosas, así que debía llegar con premura si deseaba comerlas frescas. Hoy les había prometido pasar la noche con ellos; según lo comentado anteriormente, ellos comprarían los dulces y elegirían una película excelente para la ocasión. Demián había ido a cerrar unos negocios, lo que me garantizaba que hoy no pasaría la noche conmigo.
—¿Ya vas en camino a la casa de Abril? —La voz de Demián llenó mis oídos en el momento que le contesté.
—De hecho, ya casi llego.
—Bueno, cuídate.
—Gracias. Te amo.
—Hasta luego —colgó.
¿No había respondido a mi "te amo"? Molesta por lo ocurrido, intenté no volver a llamarlo. Ahora que lo pensaba con exactitud, desde el día de ayer se había estado comportando realmente mal. No había querido discutir aquello; supuse que aquel cambio drástico se debía al estrés del trabajo. Había cambiado a todo el personal, lo que significaba que debía comenzar de cero si quería que todo fluyera como él necesitaba. Conocer y hacer que las personas se adapten al estrés en un solo día es caótico.
Santiago seguía insistiendo en que viajara con ellos el viernes y que abriera mis horizontes, que conociera nuevos diseñadores y personas. Según él, en España me iría muy bien a la hora de diseñar, que el simple hecho de inhalar otro aire iba a hacer que mi cerebro diseñara millones de atuendos realmente impresionantes.
—¿Te ayudo? —Rebeca llegó hasta donde mí para tomar las pizzas en sus manos.
—Gracias —solté, para luego tomar las gaseosas.
Abril, como era de esperarse, se encontraba con una gran sonrisa junto a ella. A su lado estaban su abuela y su padre.
—Hola, querida —El señor Juan se acercó para darme un casto beso en la mejilla—. Supongo que debe estar agotada; hoy la vi en la empresa paseando de un lado a otro.
—Solo un poco.
—Es caótico trabajar un domingo... —La abuela habló, con un tono de cansancio que resonaba en sus palabras.
—Abuela, ¿qué vas a saber tú? —dijo Abril, con un toque de burla.
—Sé mucho más que tú, señorita —La señora Ramona reprendió a Abril con una sonrisa—. Además, los domingos son para compartir en familia, disfrutar de una buena película y reír hasta que te duela el estómago.
Aquellas palabras crearon un hueco en mi estómago. Yo jamás había pasado un domingo así en familia, incluso cuando ellos estuvieron aquí nunca lo hicimos.
—Hacer galletas, leer un libro e incluso escuchar música. No tengo setenta por gusto, yo he disfrutado cada momento, he reído, llorado, he visto a mis hijos crecer, a mis nietos, bisnietos y, si mi Padre Celestial me lo permite, también deseo ver a mis tataranietos.
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Quédate.
Roman pour AdolescentsEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
