Con una vehemencia casi palpable, sus labios asaltaron los míos, un torbellino de sensaciones que evocaban una oscura sinfonía de rabia, ira, quizás incluso maldad... ¿Acaso todas danzaban juntas en ese instante? Mi cuerpo, en una entrega casi inconsciente, se rindió a la posesión de aquel beso que amenazaba con desdibujar los límites de mi cordura. Sin embargo, la embriaguez duró apenas un suspiro, el tiempo justo para que la razón clamara su verdad: esto no estaba bien. Él no podía evaporarse en la nada y luego reaparecer, sembrando el caos como si nada hubiera ocurrido.
-No... -articulé, separando nuestros cuerpos con una firmeza recién descubierta-. No puedes simplemente irrumpir en mi espacio, besarme con esa intensidad y luego pretender que entre nosotros no ha existido nada. -Mi voz temblaba ligeramente mientras me alejaba del cubículo, buscando refugio en la distancia-. Estoy furiosa contigo, y aquel trato... aquel acuerdo no fue más que eso, un maldito pacto que ha llegado a su fin.
-¿Cuándo terminó? -su pregunta resonó con una calma inquietante.
-El día que me dejaste suspendida en la cima de un orgasmo.
-Te lo merecías -replicó con una frialdad cortante.
-¿Sí? -mi incredulidad era palpable.
-Estabas saliendo con alguien.
-No, no lo hacía -lo encaré, la indignación tiñendo mis palabras-. No te costaba nada preguntar quién era o qué hacía. Simplemente actuaste según tu propio juicio, y esa es precisamente la raíz de mi molestia.
-Lo sé. Pero ahora, trata de entenderme tú a mí.
-¿Qué debo entender? -la pregunta escapó de mis labios con un dejo de sarcasmo.
-Nada -bufó, desechando el tema con un gesto-. Olvídalo y empecemos de cero.
-Sí... -ironicé, la incredulidad danzando en mis ojos-. Claro.
En ese instante, la magnitud de su egocentrismo me golpeó con una fuerza inesperada. Este hombre era mucho más obtuso de lo que jamás hubiera imaginado.
-Ahora regresas y te dejas llevar por tus impulsos, desatando las locuras que te plazcan. ¿Y luego yo? ¿Debo simplemente perdonarte y actuar como si nada hubiera sucedido?
-No hablemos de impulsos, porque tú también besaste a uno de los empleados de mi colega por un arrebato -sus palabras me alcanzaron como un latigazo, abriendo mis ojos con una sorpresa casi dolorosa-. Quita esa cara de trauma, Keityn. Alfonso es solo un muchacho alocado como tú.
-¿Me has llamado loca? -la incredulidad se mezclaba con una punzada de ofensa.
-Sí.
Con la tensión aún danzando en el aire tras nuestro intercambio, la voz melodiosa de Dalila irrumpió en el cubículo, su rostro iluminado por una sonrisa radiante.
-¡¿Keityn?! -exclamó, interrumpiendo nuestra incipiente discusión-. ¡¿Tú aquí?! ¡Habías prometido no molestar!
-Lo sé. De hecho, ya me marcho -respondió él con una calma sorprendente. Se acercó a su hermana, depositando un suave beso en su sien-. El sábado a las ocho -me dirigió una sonrisa enigmática antes de girarse para marcharse.
-¿Te ha molestado? -preguntó Dalila, su mirada escrutadora clavada en mí.
-No, solo ha venido a invitarme a cenar. No te preocupes -respondí con una ligereza forzada, intentando disipar cualquier sombra de inquietud que pudiera haber percibido.
✨🔮✨
Una invitación al sosiego... Un masaje que prometía desdibujar las crispaciones acumuladas, la frustración punzante, la rabia sorda y la impotencia que habían tejido una densa red durante los últimos meses.
ESTÁS LEYENDO
Quédate.
Genç KurguEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
