Elegí un vestido negro de una sola manga, que se deslizaba con gracia hasta mis muslos, complementado con unos delicados tacones blancos, a juego con mis joyas.
—Qué hermosa estás —la voz de mi padre resonó en la habitación, sorprendiéndome con su entrada—. Demián te espera afuera.
—Gracias, padre —respondí, levantándome de la silla para tomar mi bolso.
A pesar del tiempo transcurrido, un atisbo de nerviosismo me invadía cada vez que lo veía. Se suponía que ya nos conocíamos lo suficiente.
Las miradas no pasaron desapercibidas al salir de la habitación, mis hermanos se habían encargado de colmarme con elogios.
—Sigan alimentando su ego —Emma salió de su cuarto, radiante y arreglada, acompañada de su pareja y su hijo.
—Tú también estás muy guapa, hija —mi padre se acercó a ella, depositando un beso en su mejilla.
—Lo sé —Emma sonrió, saludando a Demián—. ¿Nos vamos?
—Claro —Demián caminó hacia su hermano, quien le entregó una llave.
—Tengan cuidado, por favor —Demián le habló a su hermano con cierta autoridad.
—No te preocupes.
Todos bajamos juntos, pero cada pareja tomó un rumbo diferente. Sé que hoy Damián le pedirá la mano a mi hermana. Últimamente me ha estado sofocando con mil detalles, espero que todo salga bien.
—Ya no lo soporto más... —exclamó, antes de sentir sus manos en mis brazos, atrayéndome hacia él—. Cada día estás más hermosa... —me besó apasionadamente.
Sus manos encontraron mis caderas, y las mías, sus mejillas. Ambos sabíamos que la cercanía era nuestro refugio, el espacio donde el cariño que solo nosotros conocíamos fluía libremente.
—Si no paramos ahora, te haré mía aquí.
Subimos a su coche, camino al restaurante. Me esforcé por mantener la compostura, conversando sobre el desfile y el agobio que me asfixiaba. Él me escuchaba con cautela, sus palabras eran aliento y guía, siempre atento a mi bienestar, preocupado por verme sufrir por el exceso de trabajo.
—Cuando estuve en Rusia, vi algunas fotografías nuestras en las revistas —Demián me tomó de la mano, invitándome a entrar al restaurante.
—Sorprendente.
—No tanto como tú —respondió con una sonrisa.
No hubo necesidad de pedir mesa. Apenas pisamos el lugar, los meseros se apresuraron a atendernos.
—He pedido pelmeni, espero que no te moleste. Es comida rusa; quisiera que conocieras un poco de mi gastronomía.
—No me molesta. Cuéntame, ¿qué es eso? Suena a algo con espagueti.
—Lo es. Ravioles de pasta gruesa, rellenos de variados ingredientes como carne o fruta.
—Suena bien.
—Te encantará.
Con una gran sonrisa, comencé a observar el ambiente a nuestro alrededor. Era un lugar costoso, de eso no tenía dudas.
—Quita esa cara de loca enamorada —me sobresalté, dándome cuenta de que lo había estado mirando fijamente—. Antes intentabas fingir que no me mirabas embobada y ahora no me la quitas de encima, eso es un pecado, señorita.
—Recuerda que antes no éramos pareja. Así que debía fingir.
—Tienes razón —con una sonrisa pícara, comenzó a mirar discretamente el lugar.
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Quédate.
Teen FictionEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
