Dominick, el esposo de Okana, había mandado unos quince guardias para estar cerca de nosotras. Ellos monitoreaban todo el lugar y estaban pendientes de cada movimiento que hacíamos. Era necesario; aún estábamos traumadas.
—Ya vienen en camino hasta acá…— Rachel se acostó en el mueble para mirar el techo.
—Qué semana tan estresante… ¿No crees?
Ya había pasado una semana desde que casi caíamos en las mentiras de la enemiga más grande. Y sí que era decepcionante no reconocer a alguien que, técnicamente, vive contigo.
—Sí— esta vez hablé yo. —Creo que deberíamos tener algo para no volverte a confundir con tu gemela.
—¿Algo como qué?
—Como un saludo— Rachel se levantó del mueble rápidamente al notar interesante la conversación —…o un tatuaje.
—El tatuaje me gusta.— Rachel se animó.
—Tengo tu nombre tatuado, Keityn.
—¡¿Qué?!— me sorprendí.
—¿En serio?— Rachel se emocionó el triple. —Quiero verlo.
La vi levantarse su cabello para dejar su nuca a la vista: Keityn.
Aquel nombre estaba tatuado en las letras más cuchis y pequeñas que nunca había visto.
—Ahora entiendo por qué le pusiste Keityn a tu hija…— Rachel habló nuevamente, dejándome en shock.
—¿No se llama Alexandra?
—Sí, tiene el Alexandra, pero en su segundo nombre.
—Sí que teníamos una amistad impresionante…— Reí ante ello.
—Sí que la teníamos, o eso creo.
—¿Tu pareja no dijo nada de ello?
—No, a él le encantó la idea. Quizás en un futuro lo conozcas nuevamente.
—¿Lo conocía?
—Como no tienes idea.
La tarde transcurría y con ella nuestras conversaciones sobre cualquier mínima cosa. Levanté mis manos al cielo al escuchar el timbre sonar, lo que significaba que ya estaban aquí.
Rachel se levantó del mueble para correr a abrazar a Dimitri, mientras Okana solo se levantó para salir de la casa.
¿Por qué solo ha venido él?
—Hola, Keityn…— La voz de Dimitri me trajo a la realidad.
—Hola, ¿cómo te sientes? ¿Qué tal tu viaje?
—Todo muy bien. Gracias por preguntar.
—No hay de qué… ¿Deseas beber algo?
—Un vaso de café estaría bien, hace días que no tomo uno.
Salí de aquella sala triste. Sabía que estábamos peleados en este momento, pero aun así me preocupaba cómo estaba. Desde que se fue a Bélgica y luego a Dubái, no se molestó en mandarme un mínimo mensaje para informarme que estaba bien.
Abrí los estantes para buscar el café cuando sentí el cálido aliento a mi espalda, aquel aroma que tanto me gustaba inhalar llegó a mis fosas nasales, enviando todo tipo de estragos en mi ser y haciendo que mis mariposas revolotearan más de la cuenta.
—Creo que el orgullo no nos sienta muy bien, señorita Ross…— Puso ambas manos en mis caderas para posicionar un pequeño beso en mi mejilla derecha.
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Quédate.
Teen FictionEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
