La tensión en el ambiente se palpaba, como una bruma densa que envolvía la mesa. La mirada de Emma, cargada de una silenciosa hostilidad hacia Damián, convertía la comida en un evento singularmente incómodo. Él, por su parte, la observaba con una cautela que denotaba sorpresa ante tanta desenvoltura, para luego dirigirle un reproche apenas audible.
Confieso que no lograba discernir el origen de aquella inesperada familiaridad en su trato, pero, extrañamente, me resultaba intrigante.
—Espagueti con albóndigas para la señorita... —anunció la voz, justo en el instante en que el aroma del plato alcanzó a Emma. Su reacción fue inmediata: se levantó con premura, casi con desesperación, y salió corriendo en dirección al baño.
Alarmada por la repentina palidez que había invadido su rostro y el visible malestar que la aquejaba, me levanté de inmediato para seguirla.
—¿Cómo te sientes? —pregunté, al verla inclinada sobre el inodoro.
Su mano volvió a posarse sobre su vientre en un gesto instintivo, antes de que otra oleada de náuseas la doblegara.
—Quita esa cara —articuló con dificultad mientras se encaminaba hacia el lavamanos—. Solo son náuseas del embarazo.
—¿Es normal vomitar así cuando apenas has probado bocado? —alcancé a preguntar, pero antes de que pudiera responderme, salió nuevamente hacia el cubículo.
Con la atención clavada en sus movimientos, decidí apoyarme contra la pared. Ahora que la observaba con detenimiento, resultaba sorprendente que su embarazo pasara tan desapercibido. Recordaba claramente que, durante la mañana, su vientre presentaba una protuberancia bastante notoria.
—¿No crees que tu embarazo es algo... peculiar? Esta mañana tenías el vientre mucho más abultado y ahora apenas se nota.
—Ya lo dijo el médico, es normal. Pronto se hará más evidente.
—Chicas... —escuchamos la voz de Damián llamándonos desde el exterior del baño—. ¿Están bien?
Su presencia tensó aún más el ambiente, provocando una evidente molestia en Emma.
—Sí, Damián. No te preocupes —respondí con suavidad—. Ya salimos en un momento.
Lo escuché despedirse, no sin antes instarnos a apresurarnos, ya que la comida nos esperaba en la mesa.
—No comprendo por qué lo tratas con tanta aspereza.
—¿A Damián?
—Sí, ¿a quién más? —repliqué con un dejo de sarcasmo.
—Será porque es el padre del bebé que llevo dentro.
—¿Y por qué se lo niegas con esa actitud?
—Porque puedo hacerlo. No sé desde cuándo le guardo este rencor, pero verlo de cerca me produce una profunda repulsión... —dijo mientras extraía un cepillo de dientes de su bolso—. Supongo que es el embarazo lo que intensifica este desagrado.
—¿Desde cuándo comenzó ese odio?
—Después de que tuvimos intimidad en el club, comencé a experimentar cierto resentimiento y aversión hacia su persona. El simple hecho de escucharlo me altera el humor.
—Debo indagar en esto. No me parece natural que odies al padre de tu hijo por mero capricho.
—No es el bebé, son las hormonas.
Al regresar a la mesa, noté con agrado que habían modificado el menú por completo, un gesto considerado para evitar que Emma se sintiera incómoda o sufriera más náuseas. La conversación fluía en un tono tranquilo y apacible, aunque en ciertos momentos mi hermana no podía evitar dirigir comentarios punzantes al padre de su hijo, quien respondía con una sonrisa resignada, procurando no exacerbar su irritabilidad.
ESTÁS LEYENDO
Quédate.
Novela JuvenilEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
