Capítulo 44.

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-Demián... -susurré su nombre, la sorpresa aún nublando mi entendimiento-. ¿Cómo me...? -apenas lograba hilar las palabras, la confusión danzaba en mi mente.

Su cuerpo, ahora peligrosamente cerca, se encontraba pegado al mío, irradiando un calor que encendía sensaciones innecesarias por cada fibra de mi ser.

-Cuando una dama está destinada a uno, siempre se la encuentra, sin importar el lugar -murmuró, y sentí el suave roce de su lengua en el lóbulo de mi oreja, un escalofrío recorriendo mi espina dorsal.

Era increíble y, a la vez, profundamente frustrante constatar cómo mi cuerpo reaccionaba a su mera presencia, a su tacto, incluso en la oscuridad más absoluta.

-...Aunque, para ser sincero, me sorprende verte aquí -su mano se deslizó con una familiaridad inquietante hasta posarse en mi entrepierna, buscando un acceso prohibido-. No creí que volverías. Por cierto, gracias por regalarme aquel orgasmo. Jamás imaginé que tendrías la valentía de mirarme de esa manera, aun sabiendo lo morboso que soy. Fue realmente excitante, espero volver a presenciarlo.

Este hombre poseía una habilidad exasperante para perturbar mi paz, incluso en los momentos de aparente calma. Con una lentitud deliberada, levanté mi mano y la posé sobre su miembro erecto a través de la tela de su pantalón. No podía hacer mucho más, mi espalda aún estaba presionada contra la pared, y era evidente que cualquier intento de movimiento sería inútil.

-Aléjate -intenté imponer firmeza en mi voz, aunque una sombra de duda la empañaba.

-No creo que desees eso -susurró en respuesta, apretándome aún más contra su cuerpo, su aliento cálido acariciando mi rostro.

-Si sigues así, te lastimaré -advertí, una punzada de desesperación creciendo en mi interior.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí sus manos enredarse en mi cabello, atrayendo mi rostro hacia el suyo. Sus labios chocaron contra los míos con una intensidad voraz.

Carnosos y deliciosos, tal como los recordaba.

¿¡A quién demonios engañaba?! ¡¡Yo quería que me poseyera!!

Con una firmeza posesiva, tomó mi cabello, guiándome hasta que mi espalda se encontró con la fría textura de la pared. Un jadeo ahogado escapó de mis labios en el preciso instante en que una punzada intensa, deliciosamente malvada, me invadió al sentir su penetración. En ese instante, mi futuro y el arrepentimiento que quizás me aguardaba cuando la excitación se desvaneciera eran conceptos abstractos y lejanos. Ahora, solo existía la necesidad apremiante de saborear el momento, ese anhelo visceral que mi cuerpo gritaba.

El calor sofocante del ambiente se fusionó con el eco creciente de mis orgasmos y gemidos, una sinfonía de placer que inflamaba cada fibra de mi ser. A los pocos minutos, un gemido y una risa traviesa resonaron a nuestro lado. Una pareja se acercó hasta nuestra altura, y el hombre propinó una nalgada sonora a su compañera, un gesto que paralizó cada músculo de mi cuerpo. Una contracción intensa me invadió, mientras mis neuronas y hormonas clamaban por más, por mucho más de Demián.

Mi cuerpo ardía con una excitación tan intensa que anunciaba la inminente llegada de mi orgasmo. Mis piernas temblaban incontrolablemente, al igual que mis manos, que inconscientemente abandonaron su agarre de la pared. Mi rostro se estrelló contra la fría superficie, una señal de que pronto sucumbiría a la vorágine de sensaciones, arrastrándolo conmigo en mi caída.

Sentí la explosión inminente, la oleada de placer que me invadió con una fuerza avasalladora, dejándome exhausta y pegada a la pared. Él aún permanecía dentro de mí, sin detener sus movimientos rítmicos, hasta que, unos segundos después, su propio orgasmo lo alcanzó con un gemido profundo.

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