Una bruma de irrealidad flotaba a mi alrededor, como si el velo entre los sueños y la vigilia se hubiera desvanecido. ¿Acaso había trascendido este plano terrenal, ascendiendo directamente a un paraíso inesperado? La confusión era una sombra persistente que oscurecía mis pensamientos.
Lentamente, mis labios se separaron de los suyos, mis ojos buscando anclaje en la profundidad de los suyos.
— Estás muy hermosa hoy, señorita Ross...— susurró con una sonrisa traviesa que me invitó a unirme a su mesa, al corazón de su familia.
En aquel círculo íntimo, la atmósfera vibraba con una anticipación silenciosa. Al acercarme, las felicitaciones florecieron como flores en primavera, celebrando, según sus palabras, la conquista del corazón del hombre más demandante del universo.
Mi mirada se posó, desconcertada, en los sobres negros dispuestos sobre la mesa. La vergüenza me invadió al comprender mi descuido: había llegado a una gala benéfica con las manos vacías. Demián, percibiendo mi turbación, tomó uno de los sobres, deslizó unos billetes en su interior y me lo ofreció con una sonrisa cómplice.
— Cuando lleguen aquellas chicas, se lo entregas...— me indicó antes de volver su atención a la conversación familiar.
La realidad de mi olvido aún me embargaba. ¿Cómo podía haber pasado por alto algo tan fundamental?
— iento llegar tarde...— la voz melodiosa de Okana resonó a mi lado, acompañada de la vivacidad de dos niños. — Estos tortolitos me sacaron de mis cabales, sumiéndome en un delicioso caos.
— ¡¡Tío!!".— exclamó el más pequeño al divisar a Demián. — Hola, abuela...— saludó a Dania con afecto antes de extender su saludo a los demás. Al notar mi presencia, y con una curiosidad inocente, se plantó frente a mí e hizo una pequeña reverencia. —Mucho gusto, soy Owen.— se presentó, tomando mi mano con una formalidad encantadora.
— El gusto es mío. — respondí con una sonrisa cálida. —Yo soy Keityn.
—¿Keityn?.— su sorpresa era palpable. Sus ojos se dirigieron inmediatamente a su madre, buscando confirmación.
—Sí...— asintió Okana con una sonrisa dulce.
— Es un gusto conocerte al fin...— me abrazó con espontaneidad antes de correr a ocupar su lugar en la mesa.
La escena se desenvolvía ante mí con una lógica que aún no alcanzaba a comprender del todo, pero la calidez de su bienvenida era innegablemente agradable.
— ¿Cómo sigues, Keityn?.— preguntó Okana, su voz suave y considerada. Era la primera vez que dirigía la palabra hacia mí directamente.
— De maravilla. ¿Y tú cómo estás?.
La conversación con ella aún se sentía extraña, un eco de mis pensamientos previos resonando en el silencio entre nuestras palabras. La antipatía que había sentido se desvanecía gradualmente, dejando espacio para la cortesía y la posibilidad de un nuevo comienzo. Debía construir un puente de diálogo, dejando atrás cualquier vestigio de resentimiento.
—Agotada...— se quejó Okana con un suspiro teatral. —..estos pequeños son la personificación del caos en movimiento.
—¿Y Dominick?.— preguntó Demián a Okana, incorporándose ligeramente de la mesa.
—Sabes que no vendrá.
—Algún día deberá afrontar la realidad.
—Algún día lo hará. Ahora, si me disculpan, iré al baño.
—Eres muy bonita.— me dijo Owen con una sonrisa espontánea, intentando entablar una conversación. — Mamá tenía razón cuando lo mencionó.
—Silencio, Owen.— lo reprendió Demián con suavidad.
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Quédate.
Teen FictionEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
