Capítulo 65.

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Yo quisiera saber con exactitud quién demonios me había mandado a quedarme hasta el último momento en un evento. Ya era tarde, se podría decir que mucho más de la medianoche.

Rachel, al igual que yo, se encontraba preocupada; no sabíamos qué hacer o a quién llamar aparte de las grúas para que nos remolcaran. Otro punto a tocar era que no podíamos llamar a nuestras parejas, ya que ambos tuvieron que irse corriendo del evento por un problema con una mercancía.

—¿Ahora qué hacemos? —Rachel me miró atenta, sabía que estaba asustada. Yo también lo estaba.

—Esperar a que pase alguien.

—¿Llamaste para que nos remolcaran?

—Sí, y también dijeron que debíamos esperar.

Molesta por no recibir buenas noticias, me bajé del coche para buscar la manera de solucionar las cosas. No pretendía quedarme aquí en medio de la calle sin hacer nada. Además, ya tenía hambre y sueño.

Mi noche había transcurrido de manera tranquila y feliz, ¿por qué tendría que pasarme esto ahora?

Caminé de un lado a otro intentando calmar mis nervios; quería irme y descansar, y el hecho de que no quisieran aparecer esos bastardos me ponía los nervios de punta. No era justo que dejaran a la deriva a dos mujeres.

—¡¡Los denunciaré, hijos de puta!! —comencé a insultarlos a través de la pantalla del teléfono—. ¡¡No saben con quién se meten!! ¡¿No saben quién soy yo?! ¡¿Cierto?!

—No, pero podrías decirnos... —de la nada, aparecieron tres hombres, provocando que mi piel se erizara de manera automática.

No pretendía hacerme la ruda, no cuando tenía a unos hombres de al menos dos metros, de tez oscura, mirándome de la forma más atroz y perturbadora.

—Hola... —me atreví a articular, horrorizada.

—Voy a pedirte amablemente que me des todo lo que tienes encima. Por favor, colabora con nosotros, lo menos que deseamos es hacerte daño.

—¿Disculpa?

—Dame tu teléfono, blanquita.

—¿Blanquita? —me molesté. Odiaba que me llamaran así; cuando era adolescente me hacían bullying con ese apodo—. Miren, trío loco, ustedes no tienen derecho a quitarme lo que me pertenece.

—No estamos en unos tribunales.

—No pienso darles mi teléfono —me atreví a retarlos y lo metí en mis senos.

Ellos ni comprendían cuánto me costó comprarlo.

—No hagas esto más difícil.

Uno de los hombres se puso detrás de mí para pasar su nariz por mi cuello de forma lenta, intentando inhalar de cerca todo mi olor.

—¡Asco! —lo empujé.

—¿Puedes colaborar?

—No.

—Perfecto —lo último que logré visualizar fue cómo su mano se estampó contra mi mejilla o tal vez mi nariz.

Lo único que recuerdo es haber discutido con ellos y mi cuerpo cayendo al desmayarme.

No he aguantado un dolor, sí, soy estúpida.

Abrí los ojos lentamente, tratando de adaptarme a la luz que provenía de algún lado. Levemente me levanté de aquella pequeña cama para intentar concentrarme en algo nuevo.

—Has despertado... —una chica de más o menos la edad de Emma se acomodó frente a mí.

—¿Dónde estoy?

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