El suave murmullo de la conversación se mezclaba con el delicado crujir de las hojas de lechuga y el aroma tentador del pan recién horneado. Los sándwiches, una obra maestra improvisada de Emma, yacían ante nosotros, un festín inesperado que surgió tras la abrupta interrupción de mi meticulosamente preparada comida saludable. Un pequeño suspiro de resignación escapó de mis labios al recordar el incidente, un recordatorio de que incluso los planes mejor trazados pueden desviarse.
Emma, con su espíritu vivaz, rompió el silencio con una carcajada cristalina, una observación sobre los "trastornos familiares" que resonó en el aire. Con una ceja alzada, corregí su generalización, atribuyendo tales peculiaridades a una fuente específica. En ese instante, la figura de Jean se recortó en el umbral, su voz anunciando la llamada de Katty, una advertencia que activó mis sentidos.
La mención de "Señor Gruñón" provocó una chispa de alerta, mientras que los ojos de Emma se iluminaron con una mezcla de curiosidad y anticipación. Jean, por su parte, exhibió una expresión de celos apenas disimulados, un recordatorio de su naturaleza posesiva. Diego, imperturbable, se mantuvo en silencio, sus brazos cruzados como un centinela, esperando el desenlace de la situación.
Con un suspiro, tomé el teléfono, buscando refugio en la privacidad del baño. La voz de Demian, cargada de impaciencia, resonó a través del auricular, exigiendo una explicación por mi demora. Mis respuestas, impregnadas de sarcasmo, reflejaban mi irritación ante su falta de cortesía. La conversación fluyó, un intercambio de preguntas y respuestas, hasta que el grito de Linsy irrumpió en la escena.
La confusión se apoderó del señor gruñón, mientras yo, con una paciencia estoica, explicaba la presencia de mi sobrina. La llamada concluyó abruptamente, dejando un rastro de misterio en el aire. Al abrir la puerta del baño, la travesura de Linsy se hizo evidente, revelando la influencia de los "tóxicos" en su comportamiento.
Con una sonrisa, anuncié mi regreso a la mesa, retomando mi lugar entre los sándwiches y la compañía.
La pequeña Linsy, con sus mejillas sonrosadas y ojos brillantes, interrumpió el silencio con su anuncio, mordiendo con entusiasmo su sándwich.
-Mami, estoy en ballet en la escuela- proclamó, su voz llena de orgullo infantil.
Diego, con su característico ceño fruncido, no pudo contener su opinión.
- Se ve horrible.- soltó, su disgusto palpable. - Esa mínima falda y esas medias... ¡Uy!.- Sus gestos exagerados arrancaron una sonrisa irónica de mis labios.
-No le queda feo.- respondí con calma.- solo que eres un tóxico, celoso posesivo.- Diego, con su lógica infantil, intentó defender su postura, argumentando que a sus once años sabía que las niñas no debían vestir así.
Jean, hasta entonces silencioso, se unió al debate, apoyando la opinión de Diego con su propia versión de la modestia.
- Soy su tío y no quiero que use eso.- declaró con firmeza.
Emma, con un suspiro resignado, resumió la situación con una frase elocuente: "Ves con lo que vivo día a día".
Mi paciencia, ya al límite, se desvaneció por completo.
-Y se me callan y comen.- ordené con una voz que, aunque suave, transmitía una autoridad innegable. - La comida es sagrada".
Me levanté del taburete, dejando atrás el silencio repentino que se apoderó de la mesa. Los cuatro chicos, sorprendidos por mi repentino cambio de humor, se quedaron mudos. A veces, debo admitir, mi presencia infundía un ligero temor.
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Quédate.
JugendliteraturEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
