Al parecer, mi destino tejía sus hilos en un lienzo de constante agitación, pinceladas de confusión y escenas caóticas que parecían inherentes a mi existencia. Nunca me había ajustado al molde de lo "normal", si es que tal concepto llegara a existir.
Últimamente, una cascada de eventos incomprensibles me había arrastrado hacia un abismo oscuro, del cual no vislumbraba salida alguna. Una certeza punzante se clavaba en mi memoria: un fragmento de mi vida yacía olvidado, un vacío que la mención de mi madre sobre aquel bebé, al recoger a Emma, había comenzado a llenar.
La verdad era ineludible: había llevado una vida dentro de mí. Y esta revelación solo exacerbaba la turbulencia interior. Recordé vagamente un programa televisivo, donde se afirmaba que la mente humana, en su sabiduría intrínseca, sepulta aquello que inflige dolor. Quizás allí residía la respuesta a una de las innumerables interrogantes que danzaban en mi cabeza.
¿Acaso había sufrido lo suficiente como para merecer este olvido?
Mis párpados se alzaron con lentitud, luchando por adaptarse a la tenue claridad que se filtraba por la ventana. Intenté incorporarme, apoyando mis manos a los costados, pero un punzante dolor en mi abdomen me detuvo en seco.
El recuerdo del disparo, hasta entonces difuso, regresó con una nitidez escalofriante. Decidida a sobrellevar la inmovilidad, escruté mi entorno, grabando cada detalle en mi memoria.
El lugar poseía una serenidad inesperada para un hospital; paredes de un amarillo suave se adornaban con delicados dibujos de flores y mariposas. Inconscientemente, mis dedos rozaron la aguja incrustada en mi mano, y mi mirada se posó en el laberinto de máquinas que me mantenían conectada a la vida.
Este accidente, comprendí, había sido mucho más grave de lo que mi mente había querido registrar.
Con una lentitud dolorosa, logré sentarme en el borde de la cama, la mano protegiendo la herida. Las lágrimas brotaron sin permiso, un ardor punzante recorriendo mi abdomen y mi brazo izquierdo.
—Bonita... —La voz de Demián, suave y cálida, me envolvió al verme despertar—. Al fin despiertas.
—¿Cuánto tiempo he estado dormida?
—Unas treinta y dos horas, probablemente.
—¡Tanto tiempo!
—La operación fue más delicada de lo que imaginas. ¿Cómo te sientes?
—¿Y Emma?
—En casa, con Damián —respondió, sentándose a mi lado—. ¿Cómo te sientes? —insistió al no obtener respuesta inmediata.
—He tenido días mejores.
—¿Cómo...? —Su tono anunciaba una inminente reprimenda, pero decidí interrumpirlo antes de que las palabras pudieran formarse.
—No quiero discutir, ni mucho menos conversar.
—Avisaré al doctor que has despertado —dijo, levantándose para marcharse.
Una vez que lo vi desaparecer por la puerta, intenté ponerme de pie para ir al baño, pero mis débiles fuerzas me traicionaron. Una punzada de frustración me invadió, aunque intenté disimular mi fallido intento.
Supuse que las incontables horas de sueño comenzaban a pasarme factura.
—Al fin despiertas, señorita —Una voz amable me sobresaltó. El doctor me tendió una mano cordial—. Mucho gusto en conocerla, soy el encargado de cuidarla mientras permanezca en mis instalaciones.
—Supongo que ya sabe mi nombre.
—Sé mucho sobre usted y su salud —respondió, abriendo una carpeta y extrayendo varios documentos—. Pero lo primordial ahora es saber cómo se siente en estos momentos.
—El dolor es persistente —articulé con dificultad—. De hecho, intenté levantarme para ir al baño, pero mis fuerzas me abandonaron.
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Quédate.
Teen FictionEn un mundo donde las relaciones laborales y personales chocan, una joven se encuentra atrapada en un torbellino de emociones tras iniciar una aventura clandestina con su jefe, Demián Petrov, conocido cariñosamente como "Mi Señor Gruñón". Aunque al...
