Víctor y Eli eran dos estudiantes universitarios brillantes pero arrogantes que reconocían, el uno en el otro, la misma agudeza y la misma ambición. En el último año de su carrera, el interés compartido por la adrenalina, las experiencias cercanas a...
Victor oyó pasos de pies descalzos a sus espaldas cuando entró Mitch. Vio la figura inmensa reflejada en la ventana; lo percibió como percibía a todos, como si estuvieran todos, incluso él mismo, bajo agua, e hicieran ondas en todo momento. —Estás en la luna —observó Mitch, mirándolo a los ojos en el cristal. Era una frase breve, familiar, que Mitch usaba a menudo cuando encontraba a Victor con la mirada fija entre los barrotes, los ojos ligeramente entornados, como intentando ver a través de las paredes algo que estaba a lo lejos. Algo importante. Victor parpadeó y sus ojos pasaron desde la ventana y el reflejo fantasmal de Mitch al suelo de imitación de madera. Oyó los pasos de Mitch alejándose hacia la cocina, después el sonido tenue cuando abrió la nevera y tomó un envase de cartón. Leche con cacao. Era lo único que Mitch quería beber ahora que estaba afuera, ya que en Wrighton no había. Victor se había extrañado al saberlo, pero dejaba que el hombre satisficiera sus antojos. La cárcel dejaba un hambre en la gente, un ansia. La naturaleza exacta de ese deseo dependía de la persona. Victor también quería algo. Quería ver sangrar a Eli. Mitch apoyó los codos en la encimera y bebió su leche en silencio. Victor pensaba que, al salir, su compañero de celda tendría un plan propio, alguien a quien quisiera ver, pero se había limitado a mirar a Victor por encima del capó del coche robado y le había preguntado: «¿Y ahora, a dónde vamos?». Si Mitch tenía un pasado, era obvio que seguía huyendo de él, y mientras tanto, Victor estaba más que dispuesto a darle un rumbo. Le gustaba darle a la gente algo que hacer. A la larga, su mirada fue más allá del reflejo de Mitch, hacia la noche de Merit, y el hielo en su vaso casi vacío tintineó al recolocarlo en la mano. Hacía mucho tiempo que los dos estaban juntos. Cada uno sabía cuándo el otro quería hablar, y cuándo quería pensar. El único problema era que, la mayoría de las veces, Victor quería pensar y Mitch quería hablar. Victor sintió que Mitch empezaba a ponerse nervioso bajo el peso del silencio. —Buena vista —comentó, alzando el vaso hacia la ventana. —Sí —respondió Mitch—. Hacía mucho que no veía una vista tan imponente. Espero que el próximo lugar adonde vayamos tenga ventanales como estos. Victor asintió otra vez, distraído, y apoyó la frente en el cristal fresco. No podía permitirse pensar en próximos, ni en después. Hacía demasiado tiempo que pensaba en ahora. Que esperaba ahora. Los únicos próximos en su mundo eran los breves y rápidos que lo separaban de Eli. Y estaban abreviándose con mucha rapidez. Mitch bostezó. —¿Seguro que estás bien, Vic? —preguntó, mientras guardaba el cartón en la nevera. —Perfecto. Buenas noches. —Buenas noches —respondió Mitch, y volvió a su habitación. Victor lo observó alejarse en el cristal, hasta que dos imágenes borrosas y pálidas —sus propios ojos, reflejados como fantasmas contra los edificios oscurecidos— lo trajeron de vuelta. Victor se apartó del ventanal y terminó su copa. Sobre una mesita que estaba junto al sofá de cuero, había una carpeta de la que escapaba un puñado de papeles. Un rostro miraba fijamente desde una fotografía. El ojo y la mejilla del lado derecho estaban oscurecidos por la tapa de la carpeta; Victor dejó el vaso vacío sobre la mesa y levantó la cubierta para revelar el resto del rostro. Era la página del ejemplar de The National Mark que había comprado esa mañana.
HÉROE CIVIL SALVA UN BANCO
A
bajo, estaba el artículo sobre el hombre joven y precoz que había estado en el lugar y el momento indicados y había arriesgado su vida para detener a un asaltante armado en una sucursal local. El Banco Smith & Lauder, un punto de referencia en la zona norte del sector financiero de Merit, fue ayer el escenario de un asalto fallido cuando un héroe civil se interpuso entre un asaltante enmascarado y el dinero. El héroe, que desea permanecer anónimo, relató a las autoridades que había observado al hombre de actitud sospechosa a varias calles del banco, y que tuvo un mal presentimiento y lo siguió. Antes de llegar al banco, el hombre se puso una máscara, y cuando el civil lo alcanzó, el ladrón ya se encontraba en el interior. En un acto temerario, el civil entró tras él. Según los clientes y empleados que estaban atrapados en la sucursal, al principio el asaltante parecía estar desarmado, pero luego procedió a disparar un arma indeterminada hacia el techo de cristal, que se rompió y provocó una lluvia de vidrios rotos sobre los rehenes. Luego apuntó hacia la bóveda, pero lo frustró la llegada del civil. El gerente del banco informó que el ladrón apuntó al civil cuando este intentó interceder, y entonces sobrevino un caos. Hubo disparos, y en medio de la conmoción, los clientes y empleados lograron escapar del edificio. Cuando la policía llegó al lugar, todo había terminado. El asaltante, más tarde identificado como un hombre perturbado de nombre Barry Lynch, resultó muerto en la refriega, pero el civil se encontraba ileso. Fue un mal día con final feliz, una muestra asombrosa de coraje por parte de un ciudadano de Merit, y sin duda la ciudad está agradecida por tener a semejante héroe en sus calles. Victor había tachado la mayor parte del artículo como de costumbre, y lo que había quedado era esto:
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Al tachar las palabras, se había calmado algo en Victor, pero la versión corregida del artículo no cambiaba el hecho de que obviamente faltaban varias cosas. Primero, el ladrón. Barry Lynch. Victor había enviado a Mitch a hacer averiguaciones, y por lo poco que habían encontrado, Barry tenía varias características de un EO. No solo había sufrido una ECM, sino que en los meses posteriores había protagonizado una serie de arrestos, cada uno por robo con un arma no identificada. La policía nunca la había encontrado en su poder, y por lo tanto lo habían soltado. Victor no pudo sino preguntarse si Barry mismo sería el arma. Pero lo que le preocupaba —e intrigaba— más que un posible EO era la fotografía del héroe civil. Este había rehusado dar su nombre, pero sin nombre y anónimo no eran lo mismo, especialmente en los periódicos, y allí, debajo del artículo, había una fotografía. Una fotografía borrosa de un hombre joven apartándose de la escena y de las cámaras, pero no sin antes lanzar una última mirada casi arrogante a los periodistas. La sonrisa del hombre era inconfundible, joven y orgullosa, la misma sonrisa que solía dedicarle a Victor. Exactamente la misma sonrisa. Porque Eliot Cardale no había envejecido ni un solo día.