CAP XXlV

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HACE DOS DÍAS
EL HOTEL ESQUIRE


La habitación del hotel era dolor, ruido y caos.
Victor volvió en sí, aturdido, atrapado entre el laboratorio de la universidad y
la habitación del hotel, con el grito de Angie en la mente y el de Sydney en los
oídos. ¿Sydney? Pero la chica no estaba a la vista, y él estaba inmovilizado
contra el sofá por Mitch, a quien le temblaba visiblemente todo el cuerpo por el
esfuerzo, pero no cedía, y el aire zumbaba alrededor.
—Apágalo —gruñó Mitch por lo bajo, y Victor acabó de despertarse. Entornó
los ojos, el zumbido cesó y todo en Mitch se aflojó, ya sin rastros de dolor. Soltó
los hombros de Victor y se dejó caer en un sillón.
Victor respiró hondo para estabilizarse y se pasó la mano lentamente por la
cara y el pelo, hasta que su atención recayó sobre Mitch.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Mitch parecía cansado, nada divertido, pero sano y salvo. No era la primera
vez que había tenido que intervenir. Victor sabía que, cuando él tenía pesadillas,
siempre sufrían los demás.
—Estoy de maravilla —respondió Mitch—, pero ella, no estoy muy seguro.
Señaló una silueta cercana, vestida con ropa deportiva demasiado grande, y los
ojos de Victor giraron hasta dar con Sydney, que estaba sentada en el suelo,
aturdida. Apenas había tomado conciencia de lo que estaba sucediendo, Victor les había apagado los nervios, o al menos los había insensibilizado tanto como
había podido sin hacerles daño, así que sabía que ella estaba bien físicamente.
Pero se la veía muy conmocionada. Victor sintió una punzada de culpa en las
costillas, algo desacostumbrado después de una década en la cárcel.
—Lo siento —dijo en voz baja.
Extendió la mano para ayudarla a levantarse, pero lo pensó mejor. Se puso de
pie y se dirigió al baño.
—Mitch —añadió, mientras se alejaba—. Ocúpate de que vuelva a acostarse.
Dicho eso, entró al baño y cerró la puerta.

Una obsesión perversa Donde viven las historias. Descúbrelo ahora