HACE DIEZ AÑOS
UNIVERSIDAD LOCKLAND
Victor trazó una línea negra, recta y firme, tachando la palabra maravilla.
El papel en el que estaba impreso el texto tenía el grosor suficiente para que la
tinta no pasara al otro lado, siempre que no presionara demasiado. Se detuvo ableer la página alterada, e hizo una mueca cuando se le clavó en la espalda una de las volutas de metal de la cerca de hierro fundido de la Universidad Lockland.
La facultad se enorgullecía de su estilo, que era una mezcla de club campestre con mansión gótica, pero la reja trabajada que rodeaba Lockland, si bien pretendía evocar tanto el carácter exclusivo de la universidad como su estética del viejo mundo, solo lograba dar una impresión pretenciosa y sofocante. A Victor le recordaba a una jaula elegante.
Cambió de posición y colocó el libro sobre su rodilla. Le llamó la atención el tamaño del ejemplar, mientras hacía girar el Sharpie sobre sus nudillos. Era un libro de autoayuda, el último de una serie de cinco, de los mundialmente reconocidos doctores Vale. Los mismos que por esos días estaban en una gira internacional. Los mismos que, incluso antes de llegar a ser «gurús del empoderamiento», apenas habían reservado en sus agendas tan ocupadas el tiempo suficiente para engendrar a Victor.
Volvió algunas páginas atrás hasta encontrar el comienzo de su proyecto más
reciente y se puso a leer. Por primera vez, no estaba tachando un libro de los Vale solo por placer. No, en este caso era parte de sus estudios. Victor no pudo contener una sonrisa. Sentía un inmenso orgullo al alterar así el trabajo de sus
padres, al recortar los extensos capítulos sobre el empoderamiento hasta convertirlos en mensajes simples y de una eficacia perturbadora. Llevaba ya más de una década haciéndolo, desde los diez años de edad. Era un trabajo minucioso pero satisfactorio; sin embargo, hasta la semana anterior nunca le había servido para nada tan útil como sumar puntos en la universidad. Pero entonces, sin querer, había dejado su último proyecto en el salón de arte durante la hora de
almuerzo (la Universidad Lockland tenía una asignatura de arte obligatoria, incluso para quienes estudiaban medicina u otras ciencias) y al regresar había encontrado a su profesor inspeccionándolo. Supuso que lo reprendería, que lo sermonearía por el precio cultural de mutilar la literatura, o quizá por el precio
material del papel. En lugar de eso, el profesor había interpretado la destrucción
literaria como arte. Prácticamente le había dado la explicación, y había completado las ideas que le faltaban con palabras como expresión, identidad, arte encontrado o reformulación.
Victor se había limitado a asentir, y había ofrecido una palabra perfecta para completar la lista del profesor (reescritura), y así como así, se había decidido el tema de su tesis de arte.
El marcador siseó al trazar otra línea, tachando varias oraciones en la mitad de la página. Se le estaba durmiendo la rodilla por el peso del libro. Si él hubiera necesitado autoayuda, habría buscado un libro simple y de menor volumen,
alguno cuya forma representara lo que prometía. Pero tal vez algunas personas necesitaban algo más. Tal vez había quienes recorrían los anaqueles en busca del libro más voluminoso, suponiendo que más páginas equivalían a más ayuda emocional o psicológica. Leyó someramente las palabras y sonrió al encontrar
otra sección para tachar. Cuando sonó el primer timbre, señalando el fin de su clase optativa de arte, las disertaciones de sus padres sobre cómo empezar el día se habían convertido en: Perderse. Rendirse. Ceder. al final sería mejor rendirse antes de empezar. perderse. si te pierdes Entonces no te importará si nunca te encuentran.
En un momento, sin querer, había tachado nunca, y había tenido que suprimir párrafos enteros hasta encontrar otra aparición de la palabra para que la oración quedara perfecta. Pero había valido la pena. Las páginas de líneas negras que
quedaban entre si, nunca y te encuentran daban la impresión justa de abandono.
Victor oyó que alguien se acercaba, pero no levantó la vista. Avanzó hasta el final del libro, donde había estado trabajando en otro ejercicio. El Sharpie cubrió otro párrafo, línea por línea, con un sonido lento y similar a la respiración. Una
vez, Victor se había maravillado al pensar que los libros de sus padres eran realmente una autoayuda, aunque no del modo en que ellos lo habían planeado. Descubrió que destruirlos le resultaba increíblemente tranquilizador, una especie de meditación.
—¿Otra vez vandalizando la propiedad de la universidad?
Victor alzó la mirada y encontró a Eli de pie frente a él. La cubierta plástica de la biblioteca se arrugó bajo sus dedos cuando inclinó el libro para que Eli viera el lomo, donde se leía VALE con letras mayúsculas y en negrita. Él no pensaba pagar 25,99 dólares cuando la biblioteca de Lockland tenía una colección tan sospechosamente extensa de la doctrina Vale de autoayuda. Eli tomó el libro y leyó un poco.
—Quizá… lo más… conveniente… para… nosotros… sea… sea entregarnos… rendirnos… en lugar de desperdiciar… palabras.
Victor se encogió de hombros. Aún no había terminado.
—Te sobra un sea, antes de entregarnos —señaló Eli, al tiempo que le arrojaba el libro.
Victor lo atajó, frunció el ceño y recorrió con el dedo la oración improvisada hasta encontrar el error; entonces tachó la palabra sobrante.
—Tienes demasiado tiempo, Vic.
—Debes hacerte tiempo para lo importante —recitó—, para aquello que te define: tu pasión, tu progreso, tu bolígrafo. Tómalo y escribe tu propia historia.
Eli lo miró un largo rato, con el ceño fruncido.
—Eso es horrible.
—Es de la introducción —explicó Victor—. No te preocupes, lo taché. —Pasó
las páginas, una maraña de letras finas y líneas negras gruesas, hasta llegar al
comienzo del libro—. Masacraron a Emerson.
Eli se encogió de hombros.
—Solo sé que ese libro es el sueño de alguien que inhala pegamento —dijo. Tenía razón: los cuatro Sharpies que Victor había gastado para convertir el libro en arte le habían dejado un olor increíblemente fuerte, que a Victor le fascinaba
y repugnaba a la vez. La destrucción en sí le provocaba suficiente euforia, pero supuso que el olor era un complemento inesperado para la complejidad del proyecto; al menos, así lo interpretaría el profesor de arte. Eli se recostó contra la reja. El sol, demasiado brillante, al dar sobre su pelo castaño, le arrancaba destellos rojizos y hasta algunos dorados. El cabello de Victor era rubio pálido. Cuando le daba el sol, no le destacaba ningún color, sino que más bien acentuaba su falta de color, y lo hacía parecer más una foto antigua que un alumno de carne
y hueso.
Eli seguía con la mirada fija en el libro que Victor tenía en las manos.
—¿El Sharpie no arruina lo que está al otro lado?
—Cualquiera diría que sí —respondió Victor—. Pero usan un papel anormalmente grueso. Como si quisieran que resista el peso de lo que están
diciendo.
La risa de Eli quedó ahogada por el segundo llamamiento a clase, que resonó en el patio cada vez más vacío. Los llamados no eran timbres, claro (Lockland era demasiado civilizada para eso), pero sí eran muy fuertes y casi abominables:
una sola campanada del centro espiritual que estaba en mitad del campus. Eli soltó una palabrota y ayudó a Victor a ponerse de pie, volviéndose ya hacia el grupo de edificios de ciencias, con sus fachadas de ladrillos rojos que intentaban darles un aspecto menos estéril. Victor se tomó su tiempo. Aún tenían un minuto
hasta que sonara el último llamamiento, y aunque llegaran tarde, los profesores no les bajarían la calificación. Bastaría con que Eli les sonriera. Y con que Victor les mintiera. Ambas cosas tenían una eficacia aterradora.
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Una obsesión perversa
Teen FictionVíctor y Eli eran dos estudiantes universitarios brillantes pero arrogantes que reconocían, el uno en el otro, la misma agudeza y la misma ambición. En el último año de su carrera, el interés compartido por la adrenalina, las experiencias cercanas a...
