ANOCHE
CEMENTERIO DE MERIT
Chaf.
Chaf.
Chaf.
—¿Cuánto tiempo has estado en la cárcel? —preguntó Sydney, intentando
romper el silencio. El sonido de la excavación, combinado con el tarareo
distraído de Victor, la ponía nerviosa.
—Demasiado —respondió Victor.
Chaf.
Chaf.
Empezaban a dolerle los dedos por empuñar la pala.
—¿Y allí conociste a Mitch?
Mitch —Mitchell Turner— era el hombretón que los esperaba en el hotel. No
porque no le gustaran los cementerios, les había asegurado con mucho énfasis.
No, pero alguien tenía que quedarse con Dol, y además había trabajo que hacer.
Mucho trabajo. No tenía nada que ver con los cadáveres.
Sydney sonrió al recordarlo buscando excusas. Se sentía un poquito mejor al
pensar que Mitch, que tenía más o menos el tamaño de un coche —y
probablemente era capaz de levantar uno con facilidad—, era tan impresionable
cuando se trataba de la muerte.
—Fuimos compañeros de celda —dijo Victor—. En la cárcel hay mucha gente
mala, Syd, y muy pocos decentes. Mitch era uno de esos.
Chaf.
Chaf.
—¿Y tú eres uno de los malos? —preguntó Sydney. Sus ojos celestes lo
miraron de frente, sin parpadear. En realidad, no estaba segura de si le importaba
la respuesta, pero creía que debía averiguarlo.
—Algunos dirían que sí. —Fue la respuesta.
Chaf.
Ella no apartó la mirada.
—Yo no creo que seas una mala persona, Victor.
Él siguió cavando.
—Todo es cuestión de perspectiva.
Chaf.
—Y en la cárcel… ¿te dejaron salir? —preguntó ella en voz baja.
Chaf.
Victor dejó la pala clavada en la tierra y la miró. Luego sonrió, algo que ella
había observado que hacía mucho cuando mentía, y respondió:
—Por supuesto.
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Una obsesión perversa
Novela JuvenilVíctor y Eli eran dos estudiantes universitarios brillantes pero arrogantes que reconocían, el uno en el otro, la misma agudeza y la misma ambición. En el último año de su carrera, el interés compartido por la adrenalina, las experiencias cercanas a...
