HACE DIEZ AÑOS
UNIVERSIDAD LOCKLAND
Eli Ever se sentó en la escalinata de su apartamento en la mañana fría y se pasó
los dedos por el pelo sin darse cuenta de que estaban cubiertos de sangre. Lo
rodeaban cintas policiales amarillas, demasiado brillantes en el oscuro amanecer
invernal. Luces rojas y azules salpicaban el suelo helado, y cada vez que las
miraba, pasaba varios minutos parpadeando para borrar los colores de su campo
visual.
—¿Podría contarnos una vez más…? —pidió un policía joven.
Eli se tocó el abdomen; aún sentía el eco del dolor, a pesar de que la piel ya
había sanado. Se frotó las manos y vio caer la sangre seca como copos en la
acera. Cargó su voz con una angustia que no estaba seguro de sentir y relató
todo, desde la llamada desesperada de Victor la noche anterior, en la que había
confesado el asesinato de Angie, hasta su repentina aparición en la sala del
apartamento, pistola en mano. Eli omitió mencionar los cuchillos; los había
lavado y guardado en sus respectivos cajones antes de la llegada de la policía.
Era extraño cómo su cerebro había despejado un espacio a pesar del pánico, y
había ayudado a sus manos y piernas a hacer lo necesario mientras, en el fondo
de su mente, una voz que iba apagándose gritaba y su mejor amigo estaba
tendido en el piso de la sala, lleno de agujeros. Algo se había perdido en Eli; el
miedo, eso le había dicho a Victor… Se había ido por el desagüe junto con el agua helada de la bañera.
—Así que le arrebató la pistola al señor Vale.
Arrebatar era la palabra que había usado Eli, no el policía.
—El verano pasado asistí a un seminario de defensa personal —mintió—. No
es tan difícil.
Luego se puso de pie, inseguro. Estaba cubierto de sangre, y tenía los brazos
cuidadosamente cruzados sobre las costillas para ocultar el agujero que le había
dejado el cuchillo en la camisa. Otros dos policías ya le habían preguntado por
ello. Les había respondido que había tenido suerte. Que no sabía cómo era
posible que no le hubiera acertado, pero que así era. Era obvio. Miren, la camisa
tiene un agujero, pero Eli, no. Por suerte, a los policías les había interesado más
Victor, que estaba desangrándose en el suelo de madera, que el truco de magia
de Eli. «Qué suerte ha tenido», habían murmurado, y Eli no supo si se referían a
él o a Victor, que había logrado evitar la muerte, al menos por el momento.
—Y luego usted le disparó tres veces.
—Estaba angustiado. Él acababa de matar a mi novia.
Eli se preguntó si se encontraba en estado de shock, si era eso lo que le
impedía asimilar la muerte de Angie. Quería, ansiaba sentirla, pero había una
brecha entre lo que sentía y lo que quería sentir, un espacio del que se había
eliminado algo importante. Y estaba agrandándose. Le había dicho a Victor que
lo que había perdido era el miedo, pero eso no era del todo cierto porque aún
estaba asustado. Lo asustaba esa brecha.
—¿Y después? —preguntó el policía.
Eli se frotó los ojos.
—Después me atacó. Entré en pánico. No sabía qué hacer. Traté de no
matarlo. —Tragó en seco, deseando tener a mano un vaso de agua—. Mire,
¿puedo ir a asearme? —preguntó, señalando su ropa destrozada—. Necesito ir a
ver a Angie… su cuerpo.
El agente habló con alguien que estaba más allá de la cinta amarilla y le dieron la aprobación. Hacía tiempo que se había retirado la ambulancia. Solo quedaban
los destrozos. El policía levantó la cinta para dejarlo pasar.
Había un rastro rojo en la sala. Eli se detuvo y lo observó un momento. En su
mente, vio otra vez la pelea con la misma claridad con que veía las luces de la
policía, y se obligó a dirigirse hacia el baño. Cuando se vio en los espejos,
contuvo la risa. Una de esas risas dudosas, mezcladas con llanto. Tenía sangre en
la camisa. En los pantalones. En la cara. En el pelo. Eli se esforzó por quitársela,
y se lavó los brazos como un cirujano antes de una operación. Su camisa
preferida, una roja que Victor siempre le decía que lo hacía parecer un tomate
maduro, estaba hecha pedazos.
Victor. Victor estaba equivocado. En todo.
«Si a mí me falta algo, a ti también. En la vida se hacen concesiones. ¿O acaso
creíste que, porque te pusiste en manos de Dios, Él iba a devolverte tal como
eras, pero mejor?».
«Y lo hizo», dijo Eli en voz alta al lavabo. Lo hizo. Lo haría. Tenía que
hacerlo. Fuera lo que fuese aquella brecha, estaba allí por algo: para fortalecerlo.
Tenía que creer eso.
Eli se lavó la cara y se echó agua en el pelo hasta quitarse el rojo. Se puso ropa
limpia, y estaba a punto de volver a pasar por debajo de la cinta amarilla que
cruzaba la puerta de calle cuando oyó el final de un comentario del policía joven
a otro.
—Sí, el detective Stell está en camino.
Eli se detuvo y volvió a entrar al apartamento.
«¿Sabías que tienen agentes especiales que intervienen si se sospecha que hay
un EO? Un tío llamado Stell. Seguro que no lo sabías».
Eli dio media vuelta y se dirigió a la puerta trasera, pero la encontró bloqueada
por un policía muy corpulento.
—¿Todo bien, señor? —preguntó el agente.
Eli asintió lentamente.
—La puerta está bloqueada con cinta —explicó—. Solo trato de no molestar a
nadie.
El policía corpulento asintió y se hizo a un lado. Eli salió por la puerta trasera
y llegó al patio común antes de que el hombretón llegara a hablar con el policía
joven. «No tenía aspecto de culpable», se dijo. Aún no.
El culpable era Victor. El Victor al que él conocía había muerto, y en su lugar
había quedado algo frío y perverso. Una versión deformada y violenta de él.
Victor nunca había sido bueno, ni tierno —siempre había tenido un lado afilado;
a Eli lo había atraído su brillo metálico—, pero nunca había sido esto. Un
asesino. Un monstruo. Al fin y al cabo, había asesinado a Angie. ¿Cómo?
¿Cómo había ocurrido? ¿Con dolor? ¿Era posible? La parte médica de su mente
intentaba analizarlo. ¿Un ataque cardíaco? ¿Acaso el dolor podía causar un
cortocircuito, como la electricidad? ¿Tal vez el cuerpo dejaba de funcionar? ¿Sus
funciones se detenían? Se clavó las uñas en las palmas de las manos. Era Angie.
No un experimento científico. Una persona. La que lo había hecho sentir mejor,
más cuerdo; la que lo había mantenido a flote cuando su mente empezaba a
hundirse. ¿Qué era, entonces? ¿Era Angie lo que le faltaba? ¿No sería estupendo
que la brecha fuera otra persona y no una parte de uno mismo? Pero no, no era
eso. Angie lo había ayudado, siempre lo había ayudado, pero Eli había sentido
ese vacío antes de que ella muriera, incluso antes de morir él mismo. Había
tenido solo atisbos de aquella sensación —o de su falta, en realidad—, como una
nube pasajera. Pero desde el momento en que había despertado en el suelo del
baño, la sombra se había colocado definitivamente sobre él, señal de que algo
estaba mal.
Mal, no, se obligó a pensar. Diferente.
Eli llegó a su coche, agradecido por haber aparcado a dos calles (menos
posibilidad de que le hicieran una multa) y lo puso en marcha. Pasó por los
laboratorios de ingeniería, aminoró la velocidad apenas lo suficiente como para
ver las cintas amarillas allí también —señalando la ruta de destrucción de Victor — y los vehículos de emergencia. Siguió de largo. Necesitaba llegar a los
edificios de los cursos de pregrado de medicina lo antes posible. Necesitaba
encontrar al profesor Lyne.
Eli cruzó las puertas automáticas y entró al vestíbulo de los tres edificios
agrupados que estaban reservados para las ciencias médicas, con una mochila
vacía al hombro. El vestíbulo del laboratorio central estaba pintado de un
amarillo pálido horrible. No sabía por qué insistían en pintar los laboratorios en
tonos tan enfermizos; tal vez para preparar a los estudiantes para las gamas
igualmente deprimentes de la mayoría de los hospitales en los que aspiraban a
trabajar, o quizá por la noción errada de que pálido significaba limpio. Pero con
ese color, el lugar parecía no tener vida, ahora más que nunca. Con la cabeza
gacha, subió dos pisos por la escalera hasta llegar a la oficina donde había
pasado la mayor parte de su tiempo libre desde el comienzo de las vacaciones de
invierno. En la puerta, con letras relucientes, estaba la placa con el nombre del
profesor Lyne. Eli probó el picaporte. La puerta estaba cerrada con llave. Buscó
en sus bolsillos algo con lo que pudiera abrir la cerradura, y encontró un clip. Si
funcionaba en la televisión, podía darle resultado a él también. Se arrodilló
frente a la cerradura.
Antes de que Victor regresara al campus, Eli le había llevado su
descubrimiento al profesor Lyne, que había pasado del escepticismo a la
curiosidad a medida que las teorías iban ganando solidez. A Eli le había gustado
que el profesor le prestara atención en el otoño, pero eso no había sido nada en
comparación con el placer que le daba haber ganado el respeto de Lyne. Su
investigación, que ahora era de los dos, había adquirido un nuevo enfoque bajo
la dirección del profesor: reinterpretaba las cualidades hipotéticas de los EO
existentes —las ECM y sus secuelas físicas y psicológicas— con un posible
sistema para localizarlos. Una especie de matriz de búsqueda. Al menos, esa había sido la orientación hasta que Victor se había presentado y había sugerido
que podían crear un EO. Eli nunca le había contado esa idea al profesor Lyne.
No había tenido la oportunidad. Después del intento fallido de Victor, Eli se
había enfrascado demasiado en su propio intento, y luego de su éxito —porque
había sido un éxito, aunque faltaran algunas piezas— no había querido
contárselo. Había observado cómo se iba aguando el interés de Lyne, de la
curiosidad a la fascinación, de un modo que Eli conocía bien. Lo suficientemente
bien, sin duda, para desconfiar.
Ahora se alegraba de no haberle revelado el nuevo rumbo de su investigación.
En menos de una semana, había terminado con la vida de Angie, arruinado la de
Victor (si es que estaba vivo) y cambiado la suya. Si bien Victor había tenido la
culpa por aquel vuelco oscuro en su tesis y la consiguiente destrucción, a la vez
sus actos habían revelado la triste verdad de sus descubrimientos y a dónde los
llevarían inevitablemente. Y ahora Eli sabía con exactitud lo que tenía que hacer.
—¿Puedo ayudarlo?
Eli levantó la vista —sus intentos de forzar la cerradura no estaban dando
resultado— y encontró a un conserje apoyado en una escoba. Los ojos del
hombre pasaron de Eli al clip enderezado. Eli forzó una risa ligera y se puso de
pie.
—Eso espero. Dios, qué idiota soy. Me dejé una carpeta en la oficina de Lyne.
Es mi consejero. La necesito para mi tesis.
Estaba hablando demasiado rápido, como hacían los actores en televisión
cuando querían que el público captara que estaban mintiendo. Tenía las manos
sudadas. Se detuvo y se obligó a respirar.
—A propósito, ¿lo ha visto por aquí? —Inhala, exhala—. Puedo esperarlo un
rato. —Inhala, exhala—. Sería mi primer descanso en varias semanas.
Calló y esperó para ver si el conserje le creía. Al cabo de un largo rato, el
hombre sacó un juego de llaves del bolsillo y le abrió la puerta.
—Todavía no lo he visto, pero debería llegar pronto. Y para la próxima vez — añadió, antes de alejarse—, se necesitan dos clips.
Eli sonrió con alivio genuino, alzó la mano en gesto de agradecimiento y
entró, tras lo cual cerró la puerta con un chasquido. Suspiró y se puso manos a la
obra.
A veces las maravillas de los adelantos científicos aceleran nuestros procesos
y nos facilitan la vida. La tecnología moderna nos brinda máquinas capaces de
pensar tres, cinco o siete pasos por delante de la mente humana, máquinas que
ofrecen soluciones elegantes, una selección de planes alternativos, B, C y D, si el
plan A no ha salido a nuestro gusto.
Y otras veces, lo único que necesitamos es un destornillador y un poco de
esfuerzo. Eli admitió que no era un recurso en extremo creativo, ni agradable
estéticamente, pero sí era efectivo. La investigación estaba guardada en dos
lugares. El primero era una carpeta azul que estaba en el tercer cajón del armario
que estaba contra la pared; Eli la sacó y la guardó en su mochila. El segundo era
el ordenador.
Desmanteló el ordenador del profesor Lyne de la manera más simple e
infalible que conocía: le quitó el disco duro y lo pisoteó, y luego guardó los
restos en su mochila, junto con la carpeta, con la intención de arrojar ambas
cosas a un incinerador o una trituradora de madera, para mayor seguridad.
Tendría que confiar en que al profesor Lyne no se le hubiera ocurrido guardar
una copia en alguna otra parte.
Eli cerró la mochila y trató de colocar el ordenador de tal manera que, a
primera vista, no se notara que le faltaba el disco duro. Acababa de cargarse la
mochila al hombro y de salir al pasillo, y estaba tratando de volver a cerrar la
puerta de la oficina de Lyne cuando oyó una tos; al darse vuelta, encontró al
profesor bloqueándole el paso, con el café en una mano y el maletín en la otra.
Se observaron; Eli aún sostenía el picaporte de la puerta.
—Buenos días, señor Cardale.
—Voy a retirar mi tesis —anunció Eli sin preámbulos.
Lyne frunció la frente.
—Pero va a suspender.
Eli se ajustó la mochila y pasó junto a él.
—No me importa.
—Eli —dijo el profesor Lyne, mientras lo seguía—. ¿Qué sucede? ¿Por qué
hace esto?
Estaban solos en el pasillo. Eli respondió, pero no aminoró el paso.
—Esto tiene que terminar —dijo, por lo bajo—. Ahora mismo. Fue un error.
—Pero si apenas estamos empezando —protestó el profesor Lyne. Eli abrió de
un empujón la puerta de la escalera y salió al descanso, seguido por Lyne—. Los
descubrimientos que ha hecho… —dijo el profesor—, los que haremos…
cambiarán el mundo.
Eli se volvió hacia él.
—No para mejor —replicó—. No podemos seguir con esto. ¿A dónde nos
lleva? Encontramos la manera de localizar a los EO, y luego ¿qué? Los capturan,
los examinan, los disecan, los explican y alguien decide dejar de estudiar y
empezar a crear.
Se le revolvió el estómago. Porque sucedería exactamente así, ¿o no? Él era la
prueba. Cautivado por las perspectivas, las posibilidades, la oportunidad de
demostrar algo en lugar de refutarlo.
¿Te lo preguntas alguna vez?
—¿Y eso sería tan malo? —preguntó Lyne—. ¿Crear algo ExtraOrdinario?
—No son ExtraOrdinarios —replicó Eli, alterado—. Están mal.
Eli se culpaba a sí mismo. Victor tenía razón: había jugado a ser Dios, incluso
mientras pedía Su ayuda. Y Dios, en Su misericordia y poder, había salvado la
vida de Eli, pero destruido todo lo que tenía que ver con ella.
—No voy a darle a nadie las herramientas para crear más EO. Todos esos
caminos llevan a la ruina.
—No sea dramático.
—Se acabó. Esto se ha terminado para mí.
Eli aferró la mochila. Lyne lo miró con suspicacia.
—Para mí, no —dijo Lyne. Apoyó la mano en el hombro de Eli y sus dedos se
cerraron sobre la correa de la mochila—. Tenemos una obligación con la ciencia,
señor Cardale. La investigación debe continuar. Y los descubrimientos de esta
magnitud se deben compartir. Deje de ser tan egoísta.
Lyne tiró de la mochila con fuerza, pero Eli se resistió, y en un abrir y cerrar
de ojos, los dos hombres estaban peleando por ella. Eli empujó a Lyne contra la
barandilla para quitárselo de encima, y en algún punto del forcejeo, el codo de
Lyne fue a dar con fuerza contra el labio de Eli y se lo partió. Eli se enjugó la
sangre, le arrancó la mochila y la arrojó a un lado, y entonces reparó en que el
profesor había dejado de pelear por ella. Estaba quieto, con los ojos dilatados, y
Eli sintió, antes de verlo en los ojos de Lyne, lo que estaba ocurriendo. La piel
de su labio volvió a unirse sin rastros de daño.
—Usted… —Eli vio que la expresión de Lyne pasaba de la conmoción al
júbilo—. Usted lo hizo. Es uno de ellos. —Ya podía ver los experimentos, los
artículos científicos, la prensa, la obsesión—. Es un…
El profesor no llegó a terminar, porque en ese momento Eli le dio un fuerte
empujón y lo hizo rodar por la escalera. La palabra se prolongó en un grito
breve, y se interrumpió de pronto ante el primero de varios golpes sordos que
produjo el cuerpo de Lyne al caer por los escalones. Llegó al pie de la escalera
con un crujido.
Eli observó el cuerpo, deseando horrorizarse. No lo logró. Allí estaba otra vez
aquella brecha entre lo que sabía que debería sentir y lo que sentía, burlándose
de él mientras contemplaba a Lyne. Eli no sabía a ciencia cierta si había sido su
intención empujar al profesor por la escalera, o si solo había querido apartarlo de
él, pero ahora el daño estaba hecho.
—Fue idea de Victor poner a prueba la teoría —dijo, mientras descendía los
escalones—. Hubo que mejorar un poco el método, pero dio resultado. Por eso sé que esto no puede seguir.
Lyne se crispó. Su boca se abrió y emitió un sonido, mezcla de gemido e
intento de respirar.
—Porque funciona. Y porque está mal.
Eli se detuvo al pie de la escalera, junto a su profesor.
—Yo morí rogando tener fuerzas para sobrevivir, y se me concedió. Pero es un
trueque, profesor, con Dios o con el diablo, y he pagado mi don con las vidas de
mis amigos. Cada EO vende una parte de sí que nunca puede recuperar. ¿No se
da cuenta?
Se arrodilló junto a Lyne, cuyos dedos se crisparon.
—No puedo permitir que nadie más cometa un pecado tan vil contra la
naturaleza.
Eli sabía lo que tenía que hacer; lo sentía con una certeza extraña y
reconfortante. Apoyó una mano casi con suavidad bajo la mandíbula de Lyne, y
con la otra lo tomó por el mentón.
—Esta investigación muere con nosotros.
Dicho eso, le torció la cabeza súbitamente.
—Bueno —añadió en voz baja—, con usted.
Los ojos de Lyne quedaron vacíos; Eli le apoyó la cabeza suavemente en el
suelo, y fue soltándolo a medida que se ponía de pie. Hubo un momento de
quietud perfecta, como la que solía sentir en la iglesia, un atisbo de paz que lo
hizo sentir… bien. Era la primera vez que se sentía como él mismo, como algo
más que él mismo, desde que había vuelto a la vida.
Eli hizo la señal de la cruz.
Luego volvió a subir la escalera. Se detuvo un momento para observar el
cadáver, torcido, con el cuello roto de un modo que resultaba creíble por la
caída. El café había caído con el profesor y había dejado un rastro en los
escalones, y la taza estaba rota junto a su cuerpo destrozado. Eli había tenido la
precaución de no pisar el líquido. Se limpió las manos en los vaqueros y recogió la mochila en el descansillo, pero no se decidía a marcharse. Se quedó allí,
esperando, esperando que surgiera la sensación de horror, la repulsión, la culpa.
Pero eso nunca sucedió. Solo había quietud.
Entonces sonó un timbre en el edificio y se llevó consigo el silencio, y Eli
quedó tan solo con un cadáver y con la súbita necesidad de huir.
Mientras Eli cruzaba el aparcamiento, su mente se debatía qué hacer a
continuación. En lugar de la paz que había sentido en la escalera, le había
quedado una energía como un cosquilleo y una voz en la cabeza que susurraba
Vete. No era culpa, ni siquiera pánico; más bien era su instinto de supervivencia.
Llegó a su coche e introdujo la llave en la puerta, y entonces oyó los pasos detrás
de él.
—Señor Cardale.
Vete, gruñó aquello en su cabeza, con voz muy clara y tentadora, pero algo
más lo mantuvo en su lugar. Giró la llave en la puerta del coche y la cerró con un
leve chasquido.
—¿Necesitaba algo? —preguntó, volviéndose hacia el hombre. Era alto y tenía
hombros anchos y cabello negro.
—Soy el detective Stell. ¿Llegaba o se marchaba?
Eli retiró la llave de la puerta.
—Llegaba. Pensé que debería informarle al profesor Lyne. Sobre Victor.
Tenían bastante relación.
—Lo acompaño.
Eli asintió y dio un paso, pero enseguida se detuvo y frunció el ceño.
—Dejaré la mochila aquí —comentó. Abrió la puerta y arrojó la mochila, con
las carpetas y el disco rígido, al asiento trasero—. Hoy no me siento como para
ir a clase.
—Lamento su pérdida —dijo el detective automáticamente.
Eli contó los pasos hacia los laboratorios de medicina. Llegó a contar treinta y
cuatro hasta que oyó las sirenas, y levantó la vista como sorprendido. A su lado,
Stell soltó una palabrota y apretó el paso.
Habían encontrado el cuerpo de Lyne, entonces.
Corre corre corre, susurraba aquello en la cabeza de Eli. Cantaba en el mismo
tono y a la misma velocidad que las sirenas.
Y corrió, sí, pero no lejos de allí. Sus pies lo llevaron hacia la entrada del
edificio y al interior, siguiendo al equipo de emergencias, que se dirigía a la
escalera. Cuando Eli vio el cadáver, emitió un sonido estrangulado. Stell lo
apartó; Eli dejó que se le aflojaran las piernas y cayó al suelo de rodillas con un
crujido. Hizo una mueca, mientras los hematomas se formaban y desaparecían
bajo las perneras de sus pantalones.
—Vamos, hijo —decía Stell, al tiempo que intentaba apartarlo. Pero Eli tenía
la mirada fija en la escena. Todo estaba saliendo como debía, como era
necesario, y los cabos sueltos se iban atando. Hasta que vio al conserje,
recostado contra la pared, con el ceño fruncido como quien intenta resolver un
acertijo.
Mierda, pensó Eli, pero seguramente lo dijo en voz alta, porque Stell lo ayudó
a ponerse de pie y dijo:
—Mierda, sí. Vámonos.
Había demasiadas muertes demasiado rápido. Eli sabía que sospecharían de él.
Tenían que hacerlo. Corre, decía aquello en su cabeza, en tono apremiante y
luego suplicante, estimulando sus músculos y sus nervios. Pero no podía. Si huía
ahora, lo seguirían.
Entonces no huyó. De hecho, hizo el papel de víctima bastante bien.
Desconsolado, enojado, traumatizado y, sobre todo, dispuesto a colaborar.
Cuando el detective Stell señaló que todos los que rodeaban a Eli estaban
muertos o casi muertos, este puso su mejor cara de desconsuelo. Explicó los
celos de Victor, tanto por su novia como por su desempeño en los estudios.
Victor siempre había ido un paso más atrás. Seguramente no había resistido más.
Suele ocurrir.
Cuando el detective Stell le preguntó por su tesis, le explicó que había sido
suya hasta que Victor se la había usurpado, y a sus espaldas había empezado a
trabajar con Lyne. Luego se acercó más y le contó a Stell que Victor había
estado distinto los últimos días, que ya no parecía él; que algo no estaba bien, y
que si sobrevivía —aún estaba en terapia intensiva— todos debían tener mucho
cuidado.
A Eli lo eximieron de presentar su tesis, en vista del trauma. Trauma. La
palabra lo había rondado durante el interrogatorio policial y sus reuniones
académicas, y hasta en el apartamento universitario al que lo habían mudado.
Trauma. La palabra que lo había ayudado a descifrar el código, a identificar los
orígenes de los EO. Trauma llegó a ser una especie de permiso para ausentarse
de clase. Si tan solo supieran el trauma que había sufrido. No lo sabían.
Entró al nuevo apartamento con las luces apagadas y dejó la mochila —nunca
le habían revisado el coche— en el suelo. Era la primera vez que estaba solo,
verdaderamente solo, desde que había abandonado la fiesta en busca de Victor.
Y por un momento, se cerró la brecha entre lo que hubiera debido sentir y lo que
sentía. Las lágrimas empezaron a rodar por su rostro mientras caía de rodillas en
el suelo de madera.
«¿Por qué está ocurriendo esto?», murmuró a la habitación vacía.
No estaba seguro de si se refería a la tristeza repentina y feroz, al asesinato de
Lyne, a la muerte de Angie, al cambio en Victor, o al hecho de que él mismo aún
estaba allí, en medio de todo, indemne.
Indemne. Eso era exactamente. Él había querido fuerzas, había rogado tenerlas
mientras el agua helada absorbía el calor y la vida de su cuerpo, pero había
recibido esto. Resiliencia. Invencibilidad. Pero ¿por qué?
Los EO están mal, y yo soy un EO, por lo tanto, debo estar mal. Era la más
simple de las ecuaciones, pero no era correcta. De alguna manera, no era correcta. Eli sabía en su corazón, con una certeza extraña y simple, que los EO
eran algo que estaba mal. Que no deberían existir. Pero sentía, con la misma
certeza, que él no estaba mal, no de la misma forma. Diferente, sí, eso era
innegable, pero no mal. Recordó lo que había dicho en la escalera. Las palabras
habían salido por sí solas.
«Pero es un trueque, profesor, con Dios o con el diablo…».
¿Podía ser esa la diferencia? Eli había visto a un demonio vestido con la piel
de su amigo, pero no sentía que hubiera un demonio en él mismo. En todo caso,
sentía unas manos, fuertes y firmes, que lo guiaban al apretar el gatillo, al
romperle el cuello a Lyne, al no huir de Stell. Le parecía que esos momentos de
paz, de certeza, eran fe.
Pero necesitaba una señal. A Eli, en los últimos días, Dios le había parecido la
luz de un fósforo en comparación con el sol de sus propios descubrimientos,
pero ahora volvía a sentirse como un chico que necesitaba aprobación. Sacó un
cortaplumas del bolsillo de sus vaqueros y lo abrió.
«¿Aceptarías una devolución?», le preguntó al apartamento a oscuras. «Si ya
no soy obra Tuya, aceptarías que Te devolviera este poder, ¿verdad?». Se le
llenaron los ojos de lágrimas. «¿Verdad?».
Se hizo un corte profundo, desde el codo hasta la muñeca, e hizo una mueca de
dolor mientras la sangre brotaba y se derramaba al instante, y goteaba al suelo.
«Me dejarías morir».
Cambió de mano e hizo un corte similar en el otro antebrazo, pero antes de que
llegara a la muñeca, las heridas ya estaban cerrándose y solo quedaba la piel lisa,
y un pequeño charco de sangre.
«¿Verdad?».
Cortó más profundamente, hasta el hueso, una y otra vez, hasta que el suelo
quedó rojo. Hasta que había entregado su vida a Dios cien veces, y cien veces Él
se la había devuelto. Hasta que todo el miedo y la duda lo abandonaron con la
sangre. Entonces, dejó el cortaplumas a un lado con manos temblorosas. Eli sumergió las puntas de los dedos en el charco rojo, hizo la señal de la cruz y se
puso de pie.
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Una obsesión perversa
Teen FictionVíctor y Eli eran dos estudiantes universitarios brillantes pero arrogantes que reconocían, el uno en el otro, la misma agudeza y la misma ambición. En el último año de su carrera, el interés compartido por la adrenalina, las experiencias cercanas a...
