CAP XV

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HACE MUCHO TIEMPO
EN DIVERSAS CIUDADES


Mitchell Turner estaba maldito.
Siempre lo había estado.
Los problemas lo seguían como una sombra, se adherían a él por mucho que
intentara mirar las cosas con actitud positiva. En sus manos, las cosas buenas se
rompían, y las malas, se multiplicaban. No lo ayudó el hecho de que su madre
había fallecido, su padre lo había abandonado y su tía lo había rechazado con tan
solo mirarlo, con lo cual Mitch fue pasando de casa en casa como si fueran
hoteles; entraba y salía sin echar nunca raíces.
La mayoría de sus problemas radicaba en el hecho de que la gente parecía
pensar que la contextura física y la inteligencia eran inversamente
proporcionales. Lo miraban, lo veían tan corpulento, y daban por sentado que era
estúpido. Pero Mitch no era estúpido. De hecho, era inteligente. Muy inteligente.
Y cuando se es tan grande y tan inteligente, es muy fácil meterse en problemas.
Especialmente si uno está maldito.
A los dieciséis años, Mitch ya lo había recorrido todo: desde el boxeo
clandestino y las apuestas, hasta dar palizas a rufianes que les debían dinero a
personas a las que les gustaba el dinero. Sin embargo, ninguna de esas cosas fue
la causa de que acabara en la cárcel. De hecho, era inocente.
La maldición de Mitch —maldición la había llamado una madre sustituta que había tenido— era que siempre pasaban cosas malas a su alrededor. La mujer
nunca había conocido hasta qué extremos oscuros llegaba aquello (ella aplicaba
el término más bien a platos rotos, pelotas de béisbol que atravesaban ventanas o
coches pintados), pero Mitch padecía un caso extremo de estar en el lugar
equivocado en el momento equivocado, y dadas sus muchas actividades
extracurriculares, en su mayoría ilegales, no le resultaba muy fácil tener una
buena coartada.
Por eso, cuando a dos calles de él hubo una pelea en la que un hombre resultó
muerto, y él aún tenía los nudillos lastimados por el combate de boxeo
clandestino que había ganado la noche anterior, no fue difícil que sospecharan de
él. Esa vez lo dejaron ir, pero apenas dos semanas después volvió a ocurrir. Otra
persona murió. Era insólito y perturbador, y aunque Mitch detestara admitirlo,
un poco excitante. O lo habría sido, si Mitch no se hubiera quedado siempre en
medio. Aquella serie de muertes empezaba a ser un problema, porque aunque él
no había tenido nada que ver con ellas, la policía no le creía, y aparentemente,
cuando ocurrió la tercera muerte, la policía metropolitana pensó que sería más
fácil encerrarlo. Por si acaso. Era un paria. Una carga para la sociedad. Solo era
cuestión de tiempo. Esa era la clase de frases que decían los hombres que no
sabían qué hacer con él.
Y así como así, con una maldición y un epítome que no había acumulado,
Mitchell Turner fue a parar a la cárcel.
Cuatro años.
No le molestaba tanto estar preso. Al menos, allí no desentonaba. En el mundo
real, las personas lo miraban una vez y aferraban sus bolsos y apretaban el paso.
Los policías lo miraban una vez y pensaban: Culpable, o va a serlo. Pero en la
cárcel, lo miraban y pensaban: A este lo quiero de mi lado o Con él, mejor no me
meto o Con esos brazos podría partirme el cráneo, o cualquier cantidad de ideas mucho más útiles. Su tamaño pasó a ser símbolo de status, aunque le negaba los
beneficios de una conversación mundana, y a pesar de que el personal lo miraba
con escepticismo cuando retiraba un libro de la biblioteca y se sorprendía cuando
empleaba una palabra de más de dos sílabas. Pasaba la mayor parte de su tiempo
intentando hackear las configuraciones y los firewalls de los ordenadores de la
cárcel, más por aburrimiento que por el deseo de provocar problemas. Pero al
menos su maldición lo dejó en paz.
Cuando Mitch salió de la cárcel, su aspecto lo ayudaba menos que nunca. El
adolescente corpulento se había convertido en un adulto altísimo, que ya tenía el
primero de muchos tatuajes. Una vez afuera, duró un mes y medio hasta que la
maldición volvió a alcanzarlo. Había conseguido trabajo en la distribución de
alimentos, principalmente porque era capaz de descargar cuatro veces más peso
que cualquier otro en el camión, y además porque le gustaba el trabajo físico.
Quizá mentalmente era capaz de realizar un trabajo de oficina, pero dudaba
mucho de que hubiera escritorios para su tamaño. Todo iba muy bien —tenía un
apartamento piojoso y le pagaban una miseria, pero todo era legal— hasta que
un hombre apareció molido a golpes a pocas calles de donde su equipo estaba
descargando melocotones. Bastó que los policías vieran a Mitch para que lo
detuvieran. No tenía los nudillos ensangrentados, y dos compañeros de trabajo
juraron que él había tenido los brazos cargados de fruta todo el tiempo, pero
nada de eso importó. Mitch volvió directamente a la cárcel.
Gracias a su buena conducta y a la falta evidente de pruebas, salió en cuestión
de semanas, pero Mitch, en una muestra poco frecuente de cinismo, decidió que
si iba a volver a la cárcel (y dada su maldición, la pregunta no era si volvería,
sino cuándo), iba a cometer un delito, ya que estar preso para pagar culpas
ajenas no era un uso muy satisfactorio de su vida. Entonces Mitch se dispuso a
planear el único delito que siempre había querido cometer, tan solo porque era el
tema de libros y películas, un asunto arquetípico que requería más cerebro que
músculos. Mitchell Turner iba a robar un banco.
Mitch sabía tres cosas sobre robar un banco.
La primera era que, por su aspecto fácilmente identificable, no podía entrar al
banco en persona. Aunque desactivara las cámaras de seguridad, la gente que allí
estuviera lo identificaría en una fila de reconocimiento de cien personas (con la
suerte que tenía, lo reconocerían aunque no estuviera allí). La segunda era que,
dados los avances en la tecnología orientada a la seguridad —de muchos de los
cuales se había enterado por observación en la cárcel, pero sabía que estaban
mucho más evolucionados en el sector privado—, el éxito del golpe residiría en
gran medida en hackear los sistemas y códigos del banco para desbloquear la
bóveda, lo cual se podía hacer de forma remota. La tercera era que necesitaría
ayuda. Y gracias a los dos períodos que había pasado ya en la cárcel, Mitch
había acumulado una larga lista de conocidos, muchos de los cuales serían lo
bastante tontos o estarían lo bastante desesperados como para tomar algunas
armas y entrar al banco.
Con lo que Mitch no contaba era con que, si bien su hackeo sería un éxito
impecable, sus socios armados serían un fracaso espectacular, los arrestarían de
inmediato y lo delatarían sin dudar un minuto. Y de alguna manera, al ver a
Mitchell Turner en todo su esplendor físico, la policía le adjudicaría la parte del
robo armado a él, y el hackeo, a los tres hombres más menudos a quienes habían
atrapado in situ y eran claramente reconocibles, a pesar de estar enmascarados,
en los videos de seguridad. Fue así cómo el tercer delito de Mitch lo envió, no a
una cárcel para evasores fiscales y filtradores de información, sino a Wrighton,
un establecimiento de máxima seguridad donde la mayoría de los presos había
cometido realmente delitos, y donde su tamaño, aunque imponente, no
garantizaba su integridad física.
Y donde, tres años más tarde, llegaría a conocer a un hombre llamado Victor Vale.

Una obsesión perversa Donde viven las historias. Descúbrelo ahora