ALREDEDOR DEL MEDIODÍA
EL HOTEL ESQUIRE
Eli aparcó en la calle.
No confiaba en los garajes de los hoteles desde un incidente que había tenido
tres años atrás, con un EO que provocaba temblores de tierra. Había tardado dos
horas enteras en curarse, y antes había tenido que ingeniárselas para salir de
entre los escombros. Además, con eso de marcar la entrada y la salida, con los
vales, los pagos y las barreras… Era imposible salir rápidamente de un garaje.
Por eso Eli aparcó, cruzó la calle y pasó por la elegante entrada del hotel, una
marquesina de piedra y luces que anunciaba el orgullo de Merit, el HOTEL
ESQUIRE. Lo había elegido Serena, y él no había estado de humor para
contradecirla. Llevaban allí apenas un par de días, desde el percance con
Sydney. En realidad, él había tenido la esperanza de que la niña se desangrara en
el bosque, que tal vez una o dos de las balas que le había disparado hubieran
dado contra piel en lugar de madera y aire. Pero el dibujo que llevaba en el
bolsillo, y el muerto-revivido-muerto otra vez Barry Lynch, sugería lo contrario.
—Buenas tardes, señor Hil.
Eli tardó un momento en recordar que él era el señor Hill. Entonces sonrió y
saludó a la recepcionista con una inclinación de la cabeza. Serena era mejor que
un documento de identidad falso. De hecho, para registrarse, no habían tenido
que presentar ningún documento de identidad. Y ninguna tarjeta de crédito. Ella estaba resultándole muy útil, en verdad. A Eli no le gustaba depender tanto de
otra persona, pero logró convencerse de que mientras Serena le facilitara las
cosas, estaría ahorrándole esfuerzos que él era más que capaz de hacer, si era
necesario. Pensándolo así, ella no era esencial: solo inmensamente práctica.
A mitad de camino hacia el ascensor, Eli se cruzó con un hombre. Trazó un
rápido perfil mental del desconocido, en parte por costumbre y en parte por una
fuerte sensación de que algo estaba fuera de lugar, un sexto sentido adquirido en
el transcurso de una década de estudiar a las personas como si fueran imágenes
en las que había que encontrar las diferencias. El hotel era caro, elegante, y la
mayoría de los huéspedes vestían trajes. Aquel hombre tenía puesto algo que
podría pasar por un traje, pero era inmenso, y tenía tatuajes que asomaban
debajo de las mangas recogidas y del cuello. Iba leyendo algo mientras
caminaba, sin levantar nunca la vista, y la recepcionista no pareció preocuparse,
así que Eli guardó mentalmente el rostro del hombre y subió a su habitación.
Tomó el ascensor hasta el noveno piso y entró con su llave. La suite era
agradable pero austera a la vez; tenía una cocina abierta, ventanales del suelo al
techo, y un balcón con vistas a la ciudad. Pero Serena no estaba. Eli dejó su
bandolera en el sofá y se sentó frente a un escritorio que estaba en el rincón,
donde había un portátil sobre un periódico. Sacó el ordenador de hibernación y,
mientras se cargaba la base de datos de la Policía de Merit, tomó el dibujo
plegado del bolsillo, lo puso sobre el escritorio y le alisó los bordes. La base de
datos emitió una leve señal, y Eli accedió por la puerta trasera digital que le
habían preparado el agente Dane y el detective Stell.
Después, recorrió las carpetas hasta encontrar el archivo que estaba buscando.
Beth Kirk lo miró desde la fotografía, su cara enmarcada en el pelo azul. Eli la
observó un momento, y luego arrastró el perfil a la papelera.
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Una obsesión perversa
Teen FictionVíctor y Eli eran dos estudiantes universitarios brillantes pero arrogantes que reconocían, el uno en el otro, la misma agudeza y la misma ambición. En el último año de su carrera, el interés compartido por la adrenalina, las experiencias cercanas a...
