EL OTOÑO PASADO
UNIVERSIDAD DE MERIT
La música estaba a un volumen tan alto que hacía temblar los cuadros en las
paredes. Un ángel y un hechicero se besaban en la escalera. Dos gatos traviesos
se disputaban un vampiro. Un tipo con lentillas de color amarillo aulló, y alguien
derramó un vaso de cerveza cerca de los pies de Eli.
Le birló los cuernos a un diablo que estaba en la entrada y se los puso en la
cabeza. Había visto entrar a la chica, acompañada por una Barbie y una colegiala
católica con numerosas infracciones en el uniforme, pero ella estaba vestida con
vaqueros y un polo, con el pelo rubio suelto sobre los hombros. La había perdido
de vista apenas un momento, y ahora veía allí a sus amigas, avanzando entre la
multitud con los dedos entrelazados por encima de sus cabezas, pero ella ya no
estaba. Debería haberse destacado, pues la falta de disfraz llamaba la atención en
una fiesta de Halloween, pero no estaba por ninguna parte.
Eli recorrió la casa, evitando los intentos de varias estudiantes bonitas por
demorarlo. Era halagador y, al fin y al cabo, él parecía un estudiante más —lo
parecía desde hacía diez años—, pero no había ido a la fiesta a divertirse. Y
después, tras varias vueltas infructuosas por la casa, ella lo encontró. Una mano
lo atrajo a la escalera, hacia la penumbra.
—Hola —susurró la chica. A pesar de la música y del bullicio, de alguna
manera alcanzó a oírla.
—Hola —murmuró contra ella.
Ella entrelazó los dedos con los de él y lo llevó a la planta alta, lejos de la
fiesta ensordecedora, a un dormitorio que no era el suyo, a juzgar por el modo en
que miró alrededor antes de entrar. Estas universitarias, pensó Eli alegremente.
Eran un encanto. Una vez que entraron, Eli cerró la puerta y el mundo se aquietó
maravillosamente; la música se redujo a una especie de tamborileo. La luz estaba
apagada y así la dejaron; la única iluminación era la claridad de la luna y del
alumbrado público que entraba por la ventana.
—¿Vienes a una fiesta de Halloween sin disfraz? —bromeó Eli.
La chica sacó una lupa del bolsillo trasero.
—Sherlock —explicó.
Sus movimientos eran lentos, casi adormilados. Tenía ojos del color del agua
en invierno, y Eli no sabía cuál era su poder. No la había investigado el tiempo
suficiente, no había esperado una demostración; o, mejor dicho, hacía semanas
que la investigaba y esperaba, pero no había logrado descubrir cuál era su
habilidad, así que había decidido acercarse un poco más. Eso iba contra sus
propias reglas, y lo sabía; sin embargo, allí estaba.
—¿Y tú eres…? —preguntó ella.
Eli se dio cuenta de que era demasiado alto para que ella los viera. Bajó la
cabeza y señaló los cuernos que se había colocado. Eran rojos y estaban
cubiertos de lentejuelas, resplandecían en la habitación en penumbras.
—Mefistófeles —respondió.
Ella rio. Era estudiante de Literatura inglesa. Eli lo sabía. Y resultaba muy
oportuno, pensó. Un diablo para atraer a otro.
—Qué original —comentó ella con una sonrisa aburrida.
Serena Clarke. Ese era su nombre, según los apuntes de Eli. Tenía una belleza
descuidada. El poco maquillaje que se había puesto parecía una idea de último
momento, y a Eli le costaba dejar de mirarla. Estaba acostumbrado a las chicas
bonitas, pero Serena era diferente, era más. Cuando ella lo atrajo para un beso, Eli casi olvidó el cloroformo que tenía en el bolsillo trasero. Las manos de
Serena descendieron por su espalda hasta sus vaqueros, y Eli las apartó justo
antes de que llegaran a rozar el frasco y el paño doblado. Guio las manos de ella
hacia arriba contra la pared, por encima de su cabeza, y las sostuvo allí mientras
se besaban. Ella sabía a agua fría.
Eli había tenido la intención de empujarla por la ventana.
En lugar de eso, dejó que ella lo empujara a la cama de un extraño. El
cloroformo se le clavó en la cadera, pero cuando apartó los ojos de ella, Serena
volvió a atraer su mirada y su atención tan solo con un dedo, una sonrisa y una
orden susurrada. Eli sintió un estremecimiento en todo el cuerpo. Algo que hacía
años que no sentía. Ansia.
—Bésame —dijo Serena, y él lo hizo.
Por más que lo intentara, Eli no pudo no besarla, y cuando sus labios hallaron
los de ella, Serena le sujetó las manos por encima de la cabeza con gesto
travieso, y su cabello rubio le hizo cosquillas en el rostro.
—¿Quién eres? —preguntó Serena.
Eli había decidido que esa noche se llamaría Gill, pero cuando abrió la boca lo
que le salió fue:
—Eli Ever.
¿Qué diablos le pasaba?
—Qué aliterativo —observó Serena—. ¿Qué te trae a la fiesta?
—He venido a buscarte.
Las palabras salieron antes de que Eli fuera consciente siquiera de que estaba
hablando. Se tensó bajo el cuerpo de ella, y en algún rincón de su mente sabía
que aquello estaba mal, que necesitaba levantarse. Pero cuando intentó liberarse,
ella murmuró con voz melosa:
—No te vayas, quédate quieto.
Y el cuerpo de Eli lo traicionó: se relajó bajo sus dedos mientras el corazón le
latía acelerado en su pecho.
—No eres como los demás —comentó ella—. Te he visto antes. La semana
pasada.
En realidad, hacía dos semanas que Eli la seguía, con la esperanza de
vislumbrar su habilidad. Pero no había tenido suerte. Hasta ahora. Le ordenó a su
cuerpo que se moviera, pero este quería quedarse tendido debajo de ella. Él
quería quedarse tendido debajo de ella.
—¿Estás siguiéndome?
La pregunta fue casi juguetona, pero Eli respondió:
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó ella, soltándole las manos pero sin moverse de
encima de él.
Eli logró incorporarse sobre los codos. Intentó contener la respuesta como si
fuera bilis. No digas «para matarte». No digas «para matarte». No digas «para
matarte». Sentía que las palabras pugnaban por salir de su garganta.
—Para matarte.
La chica frunció el ceño con decisión, pero no se movió.
—¿Por qué?
La respuesta salió sola.
—Eres una EO —respondió—. Tienes una capacidad que va más allá de la
naturaleza, y es peligrosa. Tú eres peligrosa.
Ella torció la boca.
—Lo dice el chico que quiere matarme.
—No espero que entiendas…
—Entiendo, pero no vas a matarme esta noche, Eli. —Lo dijo como si nada.
Seguramente él frunció el ceño, porque agregó—: No pongas esa cara de
decepción. Siempre puedes volver a intentarlo mañana.
La habitación estaba a oscuras y la fiesta continuaba detrás de las paredes. La
chica se inclinó hacia adelante, le quitó del pelo oscuro los cuernos rojos con
lentejuelas y los colocó sobre sus ondas rubias. Era preciosa, y a Eli le costaba pensar, recordar por qué ella tenía que morir.
Entonces ella dijo:
—Tienes razón, ¿sabes?
—¿En qué? —preguntó Eli. Sentía que pensaba con lentitud.
—Soy peligrosa. No debería existir. Pero ¿por qué crees que tienes el derecho
de matarme?
—Porque puedo.
—Respuesta incorrecta —dijo, acariciándole la mandíbula. Luego acomodó su
cuerpo encima de él, vaquero con vaquero, cadera con cadera y piel con piel.
»Bésame otra vez —ordenó.
Y Eli obedeció.
Serena Clarke pasaba la mitad del tiempo deseando estar muerta, y la otra mitad,
diciéndole a todo el mundo qué hacer y deseando que alguien no le hiciera caso.
Había pedido salir del hospital, y el personal prácticamente fue como un mar
que se abría para dejarla pasar incluso antes de que le retiraran la vía
endovenosa. Al principio había sido agradable, aunque un poco inusual, salirse
siempre con la suya con tanta facilidad. Serena siempre había sido fuerte,
siempre estaba lista para pelear por lo que quería. Pero de pronto no tenía
necesidad de hacerlo, porque nadie le presentaba pelea. El mundo que la rodeaba
perdía su fuerza, y en los ojos de todos aquellos a quienes conocía y con quienes
hablaba no veía otra cosa más que una mirada complaciente. La falta de
oposición, de tensión, se le hizo enloquecedora. Sus padres asintieron sin más
cuando les dijo que quería volver a la universidad. Sus profesores ya no le
exigían. Sus amigos cedían ante cada capricho suyo. Los chicos perdieron el
ardor, le daban lo que quisiera, y también lo que no quería, pero pedía
igualmente por aburrimiento.
Mientras que antes el mundo de Serena se había inclinado ante su fuerza de voluntad, ahora simplemente se inclinaba. Ella no necesitaba discutir, no
necesitaba hacer ningún intento.
Se sentía como un fantasma.
Y lo peor de todo era que detestaba admitir lo fácil y adictivo que resultaba
salirse con la suya, aunque no la hiciera feliz. Cada vez que se cansaba de
intentar que la gente se le resistiera, volvía a caer en la comodidad de controlarlo
todo. No podía desconectar ese poder. Aun cuando no diera una orden, cuando
apenas sugería, apenas pedía… obedecían.
Se sentía como un dios.
Soñaba con gente capaz de presentarle pelea. Con voluntades lo bastante
fuertes para resistirse a ella.
Hasta que una noche se puso furiosa, furiosa de verdad, con el chico con quien
estaba saliendo, por la mirada estúpida y vidriosa que conocía tan bien, y cuando
él se negó a discutir, rehusó negarse a ella, porque por alguna razón irritante ella
no podía ordenarle hacer eso, y su deseo de inclinarse fue mayor que cualquier
intento de violencia, ella le dijo que se arrojara de un puente.
Y él lo hizo.
Serena recordaba que estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas,
escuchando la noticia, y sus amigos la rodeaban muy juntos… pero no la
tocaban; era como si hubiera una fina pared que los separaba de ella, miedo, o tal
vez un asombro reverente… y entonces se dio cuenta de que no era un fantasma,
ni un dios.
Era un monstruo.
Eli examinó la tarjetita azul que la chica le había puesto en el bolsillo la noche
anterior. De un lado, había anotado el nombre de un café cercano a la biblioteca
principal —El poste de luz, se llamaba— junto con una hora: 02 p. m. Al otro
lado, había escrito Sheherezade, y hasta lo había escrito correctamente. Eli conocía la referencia, por supuesto. Las mil y una noches. La mujer que le
narraba historias al sultán por las noches y nunca las terminaba, para que no la
matara. Dejaba los relatos en suspenso hasta el día siguiente.
Mientras atravesaba el campus de la Universidad de Merit, sintió una resaca
por primera vez en una década; sentía la cabeza pesada y los pensamientos,
lentos. Había necesitado casi toda la mañana librarse por completo de la
compulsión de aquella chica, volver a considerarla su objetivo. Solo su objetivo.
Volvió a guardar la tarjeta en el bolsillo. Sabía que Serena no se presentaría.
Sería una tonta si se acercara a él después de la noche anterior. Después de que
él había admitido sus intenciones. Sin embargo, allí estaba, sentada en el patio de
El poste de luz con gafas de sol y un jersey azul oscuro, algunos mechones
rubios sueltos en torno al rostro.
—¿Tienes ganas de morir? —le preguntó Eli, cuando se detuvo junto a la
mesa.
Ella se encogió de hombros.
—Ya lo hice una vez. Seguramente ya no es algo nuevo.
Señaló la silla vacía que estaba frente a ella. Eli analizó sus opciones, pero no
podía asesinarla en medio del campus, así que se sentó.
—Serena —dijo ella, al tiempo que se colocaba las gafas de sol sobre la
cabeza. A la luz del día, sus ojos eran aún más claros—. Pero ya sabes cómo me
llamo. —Bebió un sorbo de su café. Eli no dijo nada—. ¿Por qué quieres
matarme? —preguntó—. Y no me digas que es porque puedes.
Apenas se formaron los pensamientos de Eli, ya estaban deslizándose por su
lengua. Frunció el ceño cuando las palabras salieron de su boca.
—Los EO son antinaturales.
—Eso ya lo has dicho.
—Mi mejor amigo se convirtió en uno, y vi el cambio. Como si se le hubiera
metido un diablo bajo la piel. Mató a mi novia, y luego intentó asesinarme.
Se mordió la lengua y logró moderar la salida de las palabras. ¿Eran los ojos de ella lo que lo obligaba, o era su voz?
—Así que andas por ahí, culpando a todos los EO que puedes encontrar —dijo
Serena—. Castigándolos a ellos en lugar de a tu amigo.
—Tú no lo entiendes —repuso Eli—. Yo intento proteger a la gente.
Serena sonrió detrás de su café. No fue una sonrisa feliz.
—¿A qué gente?
—A la gente normal.
Serena sonrió con gesto burlón.
—A las personas naturales —insistió Eli—. Los ExtraOrdinarios no deberían
existir. No les han dado solamente una segunda oportunidad; les han dado un
arma sin manual. Sin reglas. Su existencia misma es criminal. No están
completos.
La leve sonrisa se borró de los labios de Serena.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que cuando una persona resucita como EO, no todo lo que esa persona
era vuelve. Faltan cosas. —Incluso Eli, bendito como era, sabía que le faltaban
piezas—. Cosas importantes como la empatía, el equilibrio, el miedo y la
consecuencia. Esas cosas que podrían atemperar sus capacidades. Dime que me
equivoco. Dime que sientes todas esas cosas como antes.
Serena se inclinó hacia adelante y apoyó su café sobre una pila de libros. No lo
contradijo. En lugar de eso, preguntó:
—¿Y tú, qué habilidad tienes, Eli Ever?
—¿Qué te hace pensar que tengo una?
Escupió las palabras lo más rápidamente que pudo, llenando la necesidad de
hablar. Fue una victoria muy pequeña, pero supo que ella la había notado. Y
entonces la sonrisa de Serena se hizo más pronunciada.
—Cuéntame cuál es tu poder —pidió.
Esta vez, Eli respondió.
—Sanarme.
Serena rio, tan fuerte que uno o dos estudiantes que estaban en otras mesas la
miraron.
—Con razón te crees con tanto derecho.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, tu don no afecta a nadie más. Es reflexivo. Por eso, a tu modo de ver
las cosas, tú no eres una amenaza. Pero los demás, sí. —Serena dio unos
golpecitos en la pila de libros, y Eli vio títulos de psicología mezclados con los
de literatura inglesa—. ¿Estoy cerca?
Eli no estaba seguro de que Serena le cayera muy bien. Quería hablarle de su
compromiso, pero en cambio le preguntó:
—¿Cómo has sabido que soy EO?
—Todo en ti —respondió Serena, al tiempo que volvía a ponerse las gafas de
sol— rebosa desprecio por ti mismo. No te juzgo. Conozco esa sensación.
El reloj de Serena emitió una breve señal, y ella se puso de pie. Incluso ese
simple movimiento fue encantador y fluido, como el agua.
—¿Sabes? Tal vez debería dejar que me mataras. Porque tienes razón. Aunque
regresamos, hay algo que no resucita. Que se pierde. Olvidamos una parte de lo
que fuimos. Da miedo; es maravilloso y monstruoso a la vez.
En ese momento la vio tan triste, rodeada por la luz de la tarde, que Eli tuvo
que contener el impulso de acercarse. Algo se alborotó en él. Serena le recordaba
a Angie, o más bien, le recordaba cómo solía sentirse él con Angie antes de que
todo cambiara. Antes de que él cambiara. Diez años de observar a través del
abismo lo que había perdido, y ahora, al mirar a esta chica, era como si el
abismo se encogiera y la brecha se cerrara, hasta que sus dedos casi —casi—
llegaban a tocar el otro lado. Quería estar cerca de ella, quería hacerla feliz,
quería extenderse por encima de aquella separación y recordar… Para despejar
su mente, volvió a morderse hasta sentir el sabor de la sangre. Sabía que aquellos
sentimientos no eran suyos, no del todo, no naturalmente. Era imposible
regresar. Él estaba así por una razón. Por un propósito. Y aquella chica, aquel monstruo, tenía un don peligroso y complicado. No era una simple compulsión.
Era una atracción. Un deseo de complacer. Una necesidad de complacer. No
eran sus sentimientos: eran los de ella que se filtraban a través de él.
—Todos somos monstruos —dijo Serena, mientras recogía sus libros—. Tú
también.
Eli solo la escuchaba a medias, pero aun así las palabras empezaron a filtrarse
en su mente, y las apartó con violencia antes de que se asentaran allí. Se puso de
pie, pero ella ya estaba apartándose.
—No puedes matarme hoy —le dijo, mientras se alejaba—. Llego tarde a
clase.
Eli se sentó en un banco frente al edificio de Psicología y echó la cabeza hacia
atrás. Era un día precioso, nublado pero no gris, frío pero no helado, y la brisa
que le levantaba el cuello de la ropa y le agitaba el cabello lo mantenía alerta. Su
mente había vuelto a despejarse, ahora que Serena no estaba, y sabía que tenía
un problema. Necesitaba matar a esa chica sin verla, sin oírla. Si ella estuviera
inconsciente, pensó, quizá podría…
—Pero qué pintoresco eres.
La voz era indiferente y cálida a la vez. Serena tenía los libros contra el pecho
y estaba mirándolo.
—¿En qué estabas pensando? —le preguntó.
—En matarte —respondió Eli. Era casi liberador no poder mentir.
Serena meneó la cabeza lentamente y suspiró.
—Acompáñame a mi próxima clase.
Eli se puso de pie.
—Dime —dijo ella, al tiempo que lo tomaba del brazo—. Anoche, en la fiesta,
¿cómo ibas a matarme?
Eli observó las nubes.
—Iba a drogarte y a empujarte por la ventana.
—Cuánta frialdad —comentó ella.
Eli se encogió de hombros.
—Pero habría sido creíble. Los chicos se embriagan en las fiestas. Después de
la prudencia, lo primero que pierden es el equilibrio. Se caen. A veces, por las
ventanas.
—Ajá —dijo, inclinándose hacia él. Su cabello le hizo cosquillas en la mejilla
a Eli—. ¿Tienes capa?
—¿Te estás burlando de mí?
—Más bien una máscara, entonces.
—¿A dónde quieres llegar? —preguntó Eli cuando estaban ya junto al
siguiente edificio.
—Tú eres el héroe… —respondió, y lo miró a los ojos—… al menos, en tu
propio cuento. —Empezó a subir la escalinata—. ¿Volveré a verte? ¿Me tienes
citada para otro intento esta semana? Solo quiero saberlo, para traer mi gas
pimienta. Así podré defenderme, al menos, para darle más realismo.
Serena era la chica más extraña que Eli había conocido. Se lo dijo. Ella sonrió
y entró al edificio.
A Serena se le iluminaron los ojos cuando lo vio otra vez al día siguiente.
Eli estaba esperando en la escalinata del edificio, al caer la tarde, con una taza
de café en cada mano. El atardecer olía a hojas muertas y chimeneas lejanas; el
aliento de Eli escapaba en forma de pequeñas nubes. Le ofreció uno de los cafés,
ella lo aceptó y volvió a tomarlo del brazo.
—Mi héroe —dijo Serena, y Eli sonrió por el chiste privado.
En casi diez años, no había dejado que nadie se acercara. Mucho menos a un
EO. Sin embargo, allí estaba, caminando con una de ellos a la hora del
crepúsculo. Y le gustaba. Intentó recordarse que la sensación era falsa, proyectada; intentó convencerse de que era parte de su investigación, de que solo
intentaba comprender el don de ella y descubrir la mejor manera de eliminarla,
incluso mientras dejaba que lo guiara escalinata abajo, alejándose del campus.
—Así que proteges al mundo inocente de los malos EO —dijo Serena mientras
caminaban del brazo—. ¿Cómo los encuentras?
—Tengo un sistema.
Siguieron caminando y le explicó su método. Cómo reducía la lista de
sospechosos mediante los tres pasos de Lyne. Los períodos de observación.
—Parece complicado —observó Serena.
—Lo es.
—¿Y luego, cuando los encuentras, los matas y ya está? —Aminoró el paso—.
¿Sin preguntas? ¿Sin juicio? ¿Sin evaluar si son un peligro o una amenaza?
—Antes hablaba con ellos. Ya no.
—¿Qué te da el derecho de ser juez, jurado y verdugo?
—Dios.
No había querido pronunciar la palabra; no había querido darle a aquella chica
extraña el poder de conocer sus creencias, de acomodarlas a las suyas propias.
Serena frunció los labios; la palabra quedó en el aire entre ellos, pero no se
burló.
—¿Cómo los matas? —preguntó, al cabo de un rato.
—Depende de cuál sea su habilidad —respondió Eli—. Por lo general, de un
tiro, pero si hay algún problema con los metales o los explosivos, o con el
contexto, tengo que buscar otro método. Como contigo. Eres joven y
probablemente notarían tu falta, lo cual sería una complicación; por eso tuve que
descartar el homicidio. Necesitaba que pareciera un accidente.
Tomaron una calle lateral donde había edificios pequeños de apartamentos y
casas.
—¿Cuál fue el método más extraño que has usado para matar a alguien?
Eli lo pensó.
—Una trampa para osos.
Serena hizo una mueca.
—Ahórrame los detalles.
Siguieron caminando en silencio unos minutos.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —preguntó Serena.
—Diez años.
—No puede ser —dijo ella, observándolo con atención—. ¿Cuántos años
tienes?
Eli sonrió.
—¿Cuántos te parece que tengo?
Llegaron al apartamento de Serena y se detuvieron.
—Veinte. Veintiuno, tal vez.
—Bueno, supongo que técnicamente tengo treinta y dos. Pero hace diez años
que tengo este aspecto.
—¿Es parte de tu poder de curación?
Eli asintió.
—Regeneración.
—Muéstramelo —pidió Serena.
—¿Cómo? —preguntó Eli.
Los ojos de ella brillaron.
—¿Traes un arma contigo?
Eli vaciló un momento; luego sacó una Glock del abrigo.
—Dámela —dijo Serena.
Eli se la entregó, pero conservó la presencia de ánimo de fruncir el ceño al
hacerlo. Serena se alejó unos pasos y apuntó.
—Espera —dijo Eli. Miró alrededor—. Tal vez no aquí afuera, en la calle.
Entremos.
Serena lo observó un largo rato, pensativa; luego sonrió y lo dejó pasar.
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Una obsesión perversa
Ficção AdolescenteVíctor y Eli eran dos estudiantes universitarios brillantes pero arrogantes que reconocían, el uno en el otro, la misma agudeza y la misma ambición. En el último año de su carrera, el interés compartido por la adrenalina, las experiencias cercanas a...
