HACE DIEZ AÑOS
UNIVERSIDAD LOCKLAND
Cuando cursaban el primer año en la universidad, antes de que Eli pusiera un pie
en el campus, Angie había sentido atracción por Victor. En ciertos aspectos eran
opuestos —Angie parecía incapaz de tomar nada en serio, y Victor, de tomar
nada a la ligera— pero se parecían en muchas más cosas. Ambos eran jóvenes,
peligrosamente inteligentes, y no tenían paciencia para tratar con los demás
estudiantes y la reacción juvenil de estos a la súbita libertad de las restricciones
que les habían impuesto sus padres hasta entonces. Dada esta similitud, tanto
Victor como Angie tenían una necesidad constante de una salida, un modo
confiable de escapar de las situaciones en las que preferían no encontrarse y de
las personas con quienes preferían no estar.
Por eso, un día, sentados en el puesto de comida casera del CIL, habían creado
un código más bien rudimentario.
Sálvame.
Entendían que el código debía usarse con moderación, pero siempre debía
respetarse. Lo primero era salvar; más tarde habría tiempo para preguntas.
Cuando era enviado en un mensaje de texto junto con una dirección, significaba
que uno necesitaba desesperadamente que el otro lo rescatara, ya fuera de una
fiesta, una sesión de estudio o una mala cita. Victor nunca había tenido la suerte
de tener una cita con Angie, ni mala ni buena, a menos que uno contara las veces que iban a comer algo después del rescate… Y Victor las contaba. Las noches
que habían pasado en la misma hamburguesería fuera del campus, compartiendo
un batido. Él prefería los de chocolate, pero Angie siempre pedía alguna mezcla
horrible, con distintos sabores y guarniciones, y al final en realidad a Victor no
le importaba porque, de todos modos, nunca recordaría el sabor que tenían, sino
solo que el frío de la bebida hacía que los labios de ella se pusieran más rojos, el
modo en que sus narices casi se tocaban cuando intentaban beber al mismo
tiempo, y cómo, desde tan cerca, podía ver las chispas verdes en los ojos de ella.
Él comía alguna que otra patata frita y le hablaba sobre los idiotas de su sesión
de estudio. Ella reía, recogía con una cuchara lo último del batido y le contaba lo
incómoda que había sido su cita. Victor ponía cara de exasperación mientras ella
relataba los detalles, y pensaba que él habría hecho las cosas de otra manera, y
en lo agradecido que estaba de que alguien, quienquiera que hubiera sido,
hubiese hecho que Angie Knight quisiera que la salvaran.
Que él la salvara.
Sálvame.
Hacía un año y medio que Victor no usaba ese código. La última vez había
sido antes de Eli —y, desde luego, antes de que Eli y Angie hubieran pasado a
ser una sola entidad—, pero aun así ella acudió a salvarlo.
Angie entró con su coche de cinco puertas en el aparcamiento del edificio de la
fraternidad y llegó hasta donde Victor la esperaba, tras salir (y casi caerse) por la
misma ventana por la que había arrojado el libro de sus padres. Y por un
momento, solo por un momento muy breve, después de subir al coche y antes de
llegar a explicarle algo, Victor sintió que era como si estuvieran otra vez en
primer año, los dos solos, escapando de una mala noche, y deseó con el corazón
que ella se dirigiera a la hamburguesería de siempre. Se sentarían en una mesa,
él le contaría que las fiestas no habían mejorado nada, y ella reiría, y de alguna
manera todo se resolvería.
Pero entonces Angie le preguntó dónde estaba Eli, y el momento pasó. Victor cerró los ojos y le pidió que lo llevara a los laboratorios de ingeniería.
—Están cerrados —le dijo Angie, mientras conducía hacia allá.
—Tú tienes tarjeta de acceso.
—¿En qué andas?
Victor mismo se sorprendió al contarle la verdad. Ella estaba al tanto de la
tesis de Eli, pero Victor le habló del último descubrimiento y del rol de las ECM.
Le habló de su propio deseo de poner a prueba la teoría. Le habló de su plan. Lo
único que no le dijo fue que Eli ya había hecho un intento que había salido bien.
Eso se lo guardó por el momento. Y tuvo que reconocer que Angie lo escuchó
con atención. Iba conduciendo, los nudillos cada vez más blancos en el volante,
los labios apretados como una línea, y lo dejaba hablar. Cuando Victor terminó,
estaban entrando al aparcamiento de los laboratorios de ingeniería, y Angie no
dijo nada hasta que aparcó, apagó el motor y se giró en su asiento hacia Victor.
—¿Te has vuelto loco? —le preguntó.
Victor logró esbozar una leve sonrisa tensa.
—No lo creo.
—A ver si te he entendido —dijo Angie, con el rostro enmarcado por su pelo
rojizo corto, erizado por el clima invernal—. Crees que si te mueres y logras
regresar, te convertirás en… ¿qué, uno de los X-Men?
Victor rio. Tenía la garganta seca.
—Tenía la esperanza de ser Magneto. —El intento de aligerar el ambiente no
funcionó; en la cara de Angie seguía firme aquella expresión que era una mezcla
de conmoción, horror y fastidio—. Mira —agregó, más serio—, sé que parece
una locura…
—Claro que sí. Porque es una locura. No voy a ayudarte a suicidarte.
—No quiero morir.
—Acabas de decirme que sí.
—Bueno, no quiero morir del todo.
Angie se frotó los ojos, apoyó la frente en el volante por un momento y rezongó.
—Te necesito, Angie. Si no me ayudas…
—No te atrevas a intentar convencerme así…
—…acabaré por intentarlo solo otra vez…
—¿Otra vez?
—…y cometer alguna tontería de la que no me recuperaré.
—Podemos buscarte ayuda.
—No soy un suicida.
—No, estás delirando.
Victor apoyó la cabeza en el respaldo de su asiento. Su bolsillo zumbó. Eli. No
le hizo caso; sabía que si esto continuaba un poco más, Eli llamaría a Angie. No
tenía mucho tiempo. Sin duda, no el suficiente para convencerla de que lo
ayudara.
—¿Por qué no podéis… —masculló Angie contra el volante—… no lo sé,
sufrir una sobredosis? ¿Algo tranquilo?
—El dolor es importante —explicó Victor, acobardándose por dentro. O sea
que a ella no le molestaba tanto lo que él quería hacer, sino que la hiciera
participar—. El dolor y el miedo —añadió—. Los dos son importantes. Qué
diablos, Eli se mató con un baño de hielo.
—¿Qué?
Al jugar esa carta, sus labios temblaron con una sonrisa sombría y triunfante.
Victor sabía que Eli no se lo habría contado aún a Angie. Contaba con eso. Vio
en los ojos de ella cómo se sentía traicionada. Angie bajó del coche, cerró la
puerta de un golpe y se recostó contra ella. Victor también bajó y rodeó el coche
hacia ella. Dejó huellas en la nieve al caminar. A través del cristal parcialmente
polarizado, vio el teléfono móvil de Angie en el asiento. En su parte delantera se
encendía una luz roja intermitente. Victor centró su atención en Angie.
—¿Cuándo lo hizo? —preguntó ella.
—Anoche.
Angie miró la fina capa de nieve que cubría el cemento entre ellos.
—Pero yo lo he visto esta mañana, Vic. Lo encontré muy bien.
—Exacto. Porque salió bien. Va a salir bien.
Angie rezongó.
—Es una locura. Estás loco.
—Sabes que eso no es cierto.
—¿Por qué él habría de…?
—¿No te ha contado nada? —La provocó Victor, temblando bajo su chaqueta
poco abrigada.
—Está raro últimamente —murmuró. Luego su atención se enfocó—. Lo que
me estás pidiendo que haga… es una locura. Es tortura.
—Angie…
Ella alzó la mirada, con los ojos encendidos.
—Ni siquiera te creo. ¿Y si sale mal?
—No va a salir mal.
—¿Y si sí sale mal?
—No puede salir mal —respondió Victor, con toda la calma que pudo—. Me
he tomado una pastilla.
Angie frunció el ceño.
—Eli y yo —explicó Victor— aislamos algunos de los compuestos de la
adrenalina que entran en acción en situaciones de vida o muerte. Los
elaboramos. Esencialmente, la píldora actúa como un disparador. Una especie de
empujón.
Todo eso era mentira, pero Victor vio que impresionaba a Angie. La ciencia,
aunque fuera absolutamente ficticia, tenía su influencia. Angie lanzó una
palabrota y metió las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—Joder, qué frío hace —murmuró, volviéndose hacia las puertas de entrada
del edificio.
El laboratorio de ingeniería en sí sería un problema, Victor lo sabía. Cámaras de seguridad. Si algo salía mal, quedaría grabado.
—¿Dónde está Eli ahora? —preguntó Angie, mientras pasaba su tarjeta de
acceso por el lector—. Si estáis en esto juntos, ¿por qué estás aquí conmigo?
—Está muy ocupado, disfrutando de su nueva condición de semidiós —
respondió Victor con amargura. La siguió mientras ella metía el código,
examinando el techo en busca de la luz roja de algún equipo de grabación—.
Mira, lo único que tienes que hacer es usar la electricidad para apagarme. Luego
vuelve a encenderme. La píldora hará el resto.
—Yo estudio las corrientes y sus efectos en los aparatos, Victor, no en las
personas.
—Un cuerpo es una máquina —repuso él en voz baja.
Angie entró por delante a uno de los laboratorios de ingeniería eléctrica y
pulsó un interruptor. Se encendieron la mitad de las luces. Había equipos
apilados contra una pared, una variedad de aparatos; algunos parecían médicos y
otros, técnicos. La sala estaba llena de mesas, largas y angostas, pero con
suficiente espacio como para apoyar un cuerpo. Victor percibió que Angie
vacilaba a su lado.
—Tendríamos que planificarlo —dijo—. Dame un par de semanas y quizá
pueda modificar algunos de estos equipos para…
—No —respondió Victor, dirigiéndose hacia las máquinas—. Tiene que ser
esta noche.
Angie parecía espantada, pero antes de que pudiera protestar, Victor continuó
con la mentira que había iniciado.
—Esa píldora de la que te hablé… ya la he tomado. Es como un interruptor; si
enciende o apaga depende del estado del cuerpo. —La miró a los ojos y rezó en
silencio por que ella no supiera tanto sobre compuestos adrenales como sabía
sobre circuitos eléctricos—. Si no hago esto pronto, Angie —hizo una mueca
para terminar de convencerla—, el compuesto me matará.
Angie palideció.
Victor contuvo la respiración.
Su teléfono volvió a vibrar.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó ella por fin.
Victor dio un paso hacia ella y dejó que una de sus piernas casi se doblara por
algún esfuerzo imaginario. Se sostuvo del borde de la mesa con una mueca, y la
miró mientras su teléfono dejaba de vibrar.
—Minutos.
—Esto es una locura —murmuró Angie una y otra vez mientras ayudaba a
Victor a atarse las piernas a la mesa.
A él le preocupaba que Angie se arrepintiera, incluso ahora, con las máquinas
encendidas a su alrededor y mientras le amarraba los tobillos con la correa de
goma, de modo que se dobló con falso dolor.
—Victor —dijo ella con urgencia—. Victor, ¿estás bien?
Había dolor y pánico en su voz, y Victor tuvo que contener el impulso de
detenerse, de tranquilizarla y prometerle que todo estaría bien.
En lugar de eso, asintió y respondió con los dientes apretados:
—Rápido.
Angie se apresuró a terminar los nudos y le mostró las barras recubiertas de
goma sobre las que él podía apoyar las manos en la mesa. El halo de su cabello
rojo siempre había tenido aspecto de electrizado, pero esa noche se elevaba en
torno a sus mejillas. A Victor le pareció que le daba un aspecto perturbador.
Estaba preciosa. Así había estado el día en que se habían conocido. Hacía calor
para ser otoño y ella tenía la cara encendida, y la humedad daba vida propia a su
cabello. Victor había levantado los ojos de su libro de texto y la había visto, de
pie en la entrada del CIL, con una carpeta contra su pecho, recorriendo el lugar
con una mirada evaluadora; perdida pero despreocupada. Y luego había mirado a
Victor con su libro, y su rostro se había iluminado. No fue como una luz a pleno, pero sí como un resplandor constante mientras ella cruzaba el salón y, sin
preámbulos, se sentó frente a él. Ni siquiera hablaron aquel primer día. Solo
pasaron la misma hora en el mismo espacio. Más tarde, Angie había dicho que
los dos eran frecuencias concordantes.
—Victor.
La voz de Angie pronunciando su nombre lo trajo de vuelta a la fría mesa del
laboratorio.
—Quiero que sepas —dijo, mientras empezaba a colocarle sensores en el
pecho— que nunca, jamás te perdonaré por esto.
Victor se estremeció bajo sus dedos.
—Lo sé.
La chaqueta y la camisa de Victor estaban sobre una silla, y encima de ellas, el
contenido de sus bolsillos. Entre las llaves, una cartera y una placa identificativa
de estudiante para el laboratorio, estaba su teléfono, con el sonido apagado. Se
encendía con furia, con luz intermitente azul, luego roja y luego otra vez azul, y
así sucesivamente, lo que indicaba que tenía mensajes de voz y de texto.
Victor sonrió con aire sombrío. Demasiado tarde, Eli. Es mi turno.
Angie estaba de pie junto a un aparato, comiéndose las uñas de una mano. La
otra mano estaba apoyada en una serie de botones selectores. El aparato
zumbaba, chirriaba y parpadeaba. Un idioma que Victor no conocía, lo cual lo
asustaba.
Los ojos de Angie se detuvieron en algo; lo tomó y volvió hacia donde estaba
Victor. Era una correa de goma.
—Ya sabes qué hacer —dijo Victor, sorprendido por la calma que reflejaba su
propia voz. Bajo su piel, todo temblaba—. Empieza por los valores bajos, y
luego vas subiendo.
—Apago y vuelvo a encender —murmuró ella, y le acercó la correa de goma a
la boca—. Muerde esto.
Victor respiró hondo por última vez y se obligó a abrir la boca. Tenía la tira entre los dientes, y probó aferrar las pequeñas barras de goma de la mesa. Podía
hacerlo. Eli había resistido bajo el agua. Victor también podría.
Angie volvió junto a la máquina. Se miraron, y por un instante todo lo demás
desapareció —el laboratorio, las máquinas que zumbaban, la existencia de los
EO, Eli, los años desde la última vez que él y Angie habían compartido un
batido— y Victor simplemente se sintió feliz de que ella lo mirara. De que lo
viera.
Entonces Angie cerró los ojos y giró el selector un solo punto, y Victor no
pudo pensar en otra cosa más que el dolor.
Victor cayó contra la mesa cubierto por un sudor frío.
No podía respirar.
Abrió la boca, pensando que habría una pausa, un momento para recuperarse.
Pensando que Angie cambiaría de idea y se detendría, renunciaría.
Pero Angie subió el selector un poco más.
La necesidad de gritar fue más fuerte que la necesidad de vomitar, y Victor
mordió la correa de goma hasta que pensó que se le partirían los dientes; aun así
se le escapó un gemido, y pensó que Angie lo habría oído y apagaría la máquina,
pero volvió a aumentar la intensidad.
Otra vez.
Y otra.
Victor pensó que perdería el conocimiento, pero antes de que llegara a hacerlo,
aumentó la intensidad, y el espasmo de dolor lo retrotrajo a su cuerpo, a la mesa
y a la sala, y no podía escapar.
El dolor lo mantenía allí.
El dolor lo sujetaba al tiempo que se disparaba por cada nervio en cada una de
sus extremidades.
Intentó escupir la correa pero no pudo abrir la boca. Tenía la mandíbula atascada.
El selector volvió a girar.
Victor pensaba que el dolor no podía aumentar más, que no podía ser peor,
pero entonces seguía incrementándose más, más y más, y Victor se oyó gritar a
pesar de que aún tenía la correa entre los dientes y sentía que hasta el último
nervio de su cuerpo se rompía y quería que aquello parara. Quería que parara.
Le rogó a Angie, pero las palabras no salieron por la correa, por el selector que
volvió a girar y por el sonido en el aire como hielo que se resquebrajaba y papel
que se rasgaba y estática.
La oscuridad oscilaba a su alrededor y la deseaba porque significaba que el
dolor terminaría, pero no quería morir y tenía miedo de que la oscuridad fuera la
muerte y entonces la rehuyó violentamente.
Se sintió llorar.
El selector giró.
Le dolían las manos, aferradas a las barras de goma de la mesa, agarrotadas.
El selector giró.
Por primera vez en su vida deseó creer en Dios.
El selector subió.
Sintió que su corazón omitía un latido, lo sintió vacilar y luego acelerarse.
El selector subió.
Oyó una advertencia de un aparato, luego una alarma.
El selector subió.
Y todo se detuvo.
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Una obsesión perversa
Teen FictionVíctor y Eli eran dos estudiantes universitarios brillantes pero arrogantes que reconocían, el uno en el otro, la misma agudeza y la misma ambición. En el último año de su carrera, el interés compartido por la adrenalina, las experiencias cercanas a...
