DOS HORAS Y MEDIA ANTES
DE MEDIANOCHE
EL BAR LOS TRES CUERVOS
Dominic Rusher era un hombre roto. Literalmente.
La mayoría de sus huesos del lado izquierdo, el más cercano a la mina, tenían
clavos, tornillos o eran sintéticos, y bajo su ropa tenía la piel cubierta de
cicatrices. El cabello, que durante tres años había usado con el corte militar, le
había crecido, y ahora caía descuidado sobre sus ojos, uno de los cuales era
artificial. Tenía la piel bronceada y hombros fuertes, y su postura aún era
demasiado recta como para confundirse del todo con los habituales del bar, y a
pesar de todo, era evidente que estaba roto.
Eli no necesitaba los archivos para saber todo eso; pudo verlo apenas el
hombre se acercó a la barra, se subió a un taburete y pidió su primera copa. El
tiempo pasaba, y Eli aferró con más fuerza su propio vaso, mientras observaba al
exsoldado comenzar su noche con un whisky con refresco de cola. Tuvo que
contener el impulso de abandonar la mesa y la cerveza para dispararle a Dominic
un balazo en la cabeza y terminar. Eli se esforzó por apaciguar su impaciencia;
sus rituales tenían su razón de ser, y él era capaz de hacer concesiones de vez en
cuando, y lo había hecho, pero no pensaba abandonarlos, ni siquiera ahora.
Matar sin causa sería un abuso de poder, además de un insulto a Dios. La sangre de los EO se quitaba con agua. La de los inocentes, no. Tenía que hacer que
Dominic saliera del bar; tenía que conseguir una confesión, o una demostración,
antes de ejecutarlo. Además, Dominic sería una buena carnada. Mientras
estuviera en el bar y a la vista de Eli, era tan útil vivo como muerto, porque si
Victor venía en busca del hombre roto y llegaba antes de medianoche, Eli estaría
esperándolo, y estaría preparado.
Victor conducía, mientras Mitch iba repantigado en el asiento trasero, lo más
escondido posible dado su tamaño. La ciudad iba pasando rápidamente, los
verdes, los rojos y los blancos de las ventanas de las oficinas, mientras Victor
conducía desde el centro hacia la zona antigua. Iban por las calles secundarias de
Merit, evitando las que pudieran llevar a un puente o peaje, o a cualquier posible
punto de control. Vigilaban su velocidad; la moderaban cuando el tráfico era
demasiado rápido, porque ir demasiado despacio podía llamar la atención tanto
como hacerlo a demasiada velocidad. Victor guio el coche robado a través de
Merit, y pronto las avenidas numeradas y los caminos con letras dieron lugar a
calles con nombres. Nombres de verdad, árboles, personas y lugares, grupos de
edificios, algunos oscuros, tapiados y abandonados; otros, llenos de vida.
—Gira a la izquierda —dijo Mitch, que iba consultando el mapa que cambiaba
en su teléfono.
Victor miró la hora y tomó nota mentalmente del tiempo que les estaba
llevando llegar al bar, y luego lo restó de la medianoche para calcular de cuánto
tiempo disponían en realidad. No podía llegar tarde. Esa noche, no. Intentó hallar
calma, paz, pero por dentro el entusiasmo se agitaba como monedas sueltas. Con
su mano libre, tamborileó sobre su pierna y se tragó el susurro de que aquello era
una mala idea. Era mejor que quedarse sentado, sin hacer nada. Además, tenían
tiempo. Tiempo de sobra.
—Otra vez a la izquierda —dijo Mitch. Victor giró.
Habían pasado la primera mitad del trayecto repasando el plan, y ahora que
todo estaba claro y solo restaba ponerlo en práctica, siguieron viaje en un
silencio interrumpido solamente por las instrucciones de Mitch y por el
incansable tamborileo de Victor, y por las calles que iban recorriendo.
Mientras Victor conducía, Mitch se hacía preguntas.
Se preguntaba si sobreviviría a esa noche.
Se preguntaba si Victor también sobreviviría.
Se preguntaba qué les depararía el futuro si ambos sobrevivían.
Se preguntaba en qué ocuparía Victor sus pensamientos una vez que Eli ya no
estuviera. Si Eli ya no estuviera.
Mitch se preguntaba qué haría él después. Él y Victor nunca habían hablado de
su sociedad, sus condiciones y su finalización, pero siempre se había tratado de
eso. De encontrar a Eli. Nunca se había mencionado qué ocurriría después. Se
preguntó si en la mente de Victor había un después.
El puntito verde que se movía en su teléfono llegó hasta el punto rojo quieto
que señalaba el bar Los tres cuervos, y Mitch se incorporó.
—Hemos llegado.
Victor estacionó en el aparcamiento frente al bar, aunque estaba lleno y era
angosto e impediría una salida rápida, especialmente en una persecución. Pero
con un coche robado y los policías en alerta, no se atrevía a hacer nada que
pudiera llamar la atención. No iba a dejar que lo detuvieran por aparcar un coche
robado en el lugar incorrecto. Esa noche, no. Apagó el motor, bajó del coche y
examinó el montón de ladrillos que estaba enfrente y que declaraba ser el bar
Los tres cuervos, con un trío de aves de metal posadas en el cartel sobre la
puerta. A la izquierda del bar había un callejón, y mientras los dos hombres cruzaban la calle, Victor divisó la entrada lateral en la pared de ladrillos
manchada. Cuando llegaron a la acera de enfrente, Victor se encaminó hacia el
callejón, y Mitch se dirigió al bar. En su mente, Victor veía las piezas de su
juego alineándose en el tablero con la forma de la ciudad: ajedrez, batalla naval
y Risk. Era su turno.
—Oye —dijo, cuando la mano de Mitch se apoyó en la puerta del bar—. Ten
cuidado.
Mitch respondió con una sonrisa ladeada y entró.
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Una obsesión perversa
Ficção AdolescenteVíctor y Eli eran dos estudiantes universitarios brillantes pero arrogantes que reconocían, el uno en el otro, la misma agudeza y la misma ambición. En el último año de su carrera, el interés compartido por la adrenalina, las experiencias cercanas a...
