21

593 90 309
                                        

Todos miran cuando la apuesta es peligrosa

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Todos miran cuando la apuesta es peligrosa

Arabella

Me sentía terrible.

Ya. No había más que añadir ahí.

Pese a que me encontraba recién cambiada, acomodada mejor en la cama enorme con suficientes almohadas a mi alrededor como para construir una torre, me sentía horrible. Tenía un dolor de cabeza que no colaboraba, un peso en el cuerpo asfixiante, un cansancio increíble y un frío de otro mundo.

Añádele que tenía siete pares de ojos sobre mí, observando cada mínimo movimiento que hacía, y estaba a nada de colapsar por dolor y estrés al mismo tiempo.

¿Dos...? —traté de volver a decir con voz rota e incrédula.

También estaba a nada de golpear la cabeza contra algo, cualquier cosa que tuviera al alcance. Era la tercera vez que intentaba enunciar una oración y nada salía de mi garganta, solo un puto dolor espantoso. Por eso, Rise me lanzó una vez más la pequeña pizarra que me había dado momentos antes y que yo había arrojado a algún lugar de la cama porque no lo necesitaba.

Dándole una mirada furibunda, tomé esa pequeña mierda y escribí lo que quería decir con una lentitud estresante.

"¿Dos semanas en coma, dijiste?", coloqué y se lo mostré a Rush.

—Faltaban días para que cumplieras siquiera las dos semanas y no estabas en coma, solo... dormida —replicó Rush a mi lado—. Ahora deja de intentar hablar, solo termina el hielo.

«Y ni hablar de eso», pensé mientras dejaba la pizarra a un lado y volvía a reanudar los diminutos mordiscos a los cubos de hielo que me habían traído en un vaso.

Guardándome un suspiro, lo miré tan solo por el simple hecho de que no me cansaba de hacerlo. Al espécimen sexy traído por algún mismísimo ente demoníaco a la tierra fue quien divisé de primero al despertar. En cuanto logré enfocar bien y tratar de asentir a sus palabras, lo primero que hizo fue resonar el nombre de Justine por toda la habitación. Ella arribó segundos después.

¿Quisiera repetir alguna vez en mi vida lo que hicieron conmigo al segundo de abrir los ojos? No. Nunca. Menos si eso conllevaba volver a sacar un tubo de plástico enorme de mi garganta con el mismo cariño con el que un león arrancaría una presa, luego de unas tomar unas "pruebas de respiración" de no sé qué. Y encima, quitarme una sonda infernal, porque eso de hacer pipí en cama no era lo mío.

Fueron muchas horas de exámenes y evaluaciones tomadas después de que me negaran incluso un miserable vaso de agua. Justine se tomó el tiempo necesario conmigo para realizar cada prueba, mientras Rush me repetía una y otra vez que lo tomara con calma y que todo estaba bien.

Poco a poco, empecé a ver más gente en la habitación.

Los dos hermanos Massey que faltaban, los dos hermanos Anderson —sí, dos. Incluyendo a Zacharias. Raro, ¿no?— y por último, Kendall.

Let's PlayDonde viven las historias. Descúbrelo ahora