Ella no es de embriagarse, pero ella bebe.
Ella no es de apostar, pero ella juega.
Ella no es de ir a fiestas, pero ella baila.
Ella no es de enamorarse, pero ella enamora.
Ella es muy buena con las armas, por ende ella asesina.
Ella no cree en el d...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Porque pelear es jugar, y yo quiero seguir jugando
Arabella
¿Difícil? Sudé más que un hipopótamo. El espécimen había barrido conmigo el maldito piso y habría ganado... si no se hubiese confiado en el piedra, papel y tijeras que rogué jugar al final, concediéndome la victoria por un mísero milagro.
—Mi amor... —llamó una voz bastante sexy. Gruñí. A lo lejos, una risa masculina se dejó oír—. Princesa —repitió, esta vez con más apremio.
Gimoteé mientras me revolvía entre las sábanas, enterrando la cabeza bajo la fina almohada.
—Es demasiado malditamente temprano. Ve a joder a otro lado —protesté sin dignarme a abrir los ojos.
Rush tenía la encantadora tendencia de despertarse al amanecer como si no hubiera abusado de mi cuerpo toda la noche anterior. Hubiese apreciado el gesto de querer ser mi despertador humano, pero considerando que me dio suficientes orgasmos como para quedarme coja tres días, levantarme era una maldita crueldad.
—¿Tú no querías que arrojara el trato de "princesa" a la basura? —se rió, el muy maldito.
Sentí cuando me quitó la almohada y la sábana de un solo tirón, dejando mi cuerpo desnudo. El frío me golpeó como una bofetada helada, así que entre escalofríos y maldiciones me senté en la cama, entrecerrando los ojos. Estuve a nada de lanzarle algo cuando vi el maldito despertador: ¡las seis de la mañana!
—Te odio —mascullé entre dientes cuando finalmente enfoqué al espécimen.
Estaba sentado en la única silla del cuarto. Bañado. Vestido. Despierto. Y con una taza de café entre las manos, como si no hubiera roto nada la noche anterior. Luego de recorrerme con esa mirada hambrienta, me sonrió como si fuese Navidad.
—Rise te está esperando en su oficina —me informó, justo cuando yo me levantaba y entraba al baño para darme mi merecida ducha matutina—. En realidad, agradezco tomar su lugar para despertarte. No pensé que ibas a dormir así —su voz, con ese tono de burla cargado de deseo, llenó el diminuto baño.
No le dirigí la mirada. Solo abrí la regadera y dejé que el agua caliente comenzara a recorrer mi cuerpo, mientras el vapor comenzaba a envolverme.
—¿Así cómo? —le pregunté, divisándolo apoyado en el marco de la puerta—. ¿Desnuda? ¿Justo cómo me dejaste anoche?
La sonrisa de Rush se hizo más pronunciada. Me barrió con la mirada de arriba abajo con tal lentitud que podía jurar que se tatuó cada curva con los ojos, y se detuvo más de lo necesario en mis tetas.
—Estoy, en serio, tratando de no agarrarte, pegarte contra la pared y follarte hasta que pierdas el conocimiento justo igual que anoche, princesa —dijo con esa voz grave que producía hartos orgasmos cuando era susurrada a mi oído—. Así que cierra la cortina, báñate, y te espero al otro lado de la puerta en diez minutos.