36

311 51 64
                                        

Hoy solo quiero jugar y no pensar

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Hoy solo quiero jugar y no pensar

Eran casi las cuatro y algo de la mañana cuando aterrizamos en el hangar privado que Rush había comprado junto a Chovert en Roma. Riden y Rise fueron generosos compartiendo información conmigo y con Nathaniel mientras repasábamos el operativo antes de salir de Miami, evitando mis preguntas llenas de curiosidad para cuando llegáramos a Roma.

Un hombre de casi dos metros, con cicatrices un tanto grotescas surcando su rostro, nos recibió al bajar del jet. Nos escoltó hasta el helicóptero que Rise había ordenado preparar y empezó a ayudar con el equipo computacional, cuando el mayor de los Massey le dio el visto bueno.

Me quedé admirando ese gigante y hermoso helicóptero mientras Nathaniel y yo descargábamos los maletines con las armas.

—Es magnífico —musitó él a mi lado.

—¡Wright! —gritó Rise desde las escaleras del jet, cargando Dios sabe qué—. ¡Deja de babear y trae tu culo aquí! No hemos terminado.

Aunque mi soldato quiso admirar la nave conmigo un poco más, con un gemido de irritación se fue a ayudar a su jefe (por lo que restaba de operativo).

Yo, en cambio, me quedé un rato más disfrutando el espectáculo.

El helicóptero no se parecía a ninguno que hubiera visto antes, y la verdad que he visto bastantes. No reconocer el modelo me hizo picar los pies por montarme y explorar el interior, pero como buena chica, me quedé contemplando el exterior. Ya había acumulado suficientes burlas el día de hoy como para conseguir otra por ser cateadora de cualquier cosa con ruedas o que pudiera habitarse.

La nave tenía porte militar, sí, pero no era eso lo que me sorprendía; era su tamaño. ¿Veinte metros? ¿Veinticinco? O tal vez rozaba los treinta. Me sentía ridículamente pequeña a su lado y, admitía, un poco celosa de que Nathaniel tuviera el placer de pilotarlo mientras yo sólo podía admirarlo.

—Tampoco es que supieras cómo pilotar un helicóptero —mascullé para mí misma.

Porque sí. No sabía pilotar nada que volara, pero podía aprender... Aunque mientras tanto, le guardaría celos a Nathaniel hasta que me enseñara.

El color negro azabache del helicóptero atrapaba mi mirada. Las luces amarillentas, tanto internas como externas, le daban un toque tenue que, aunque parecía no combinar, le sentaba perfecto.

—Sube tu lindo trasero —escuché la voz de Rise detrás de mí. Me giré y lo vi cargando dos maletines largos junto a Nathaniel, mientras Riden llevaba otro y mi chaleco antibalas—. No podemos retrasarnos.

No esperé a que dijera más y me lancé directo a las puertas abiertas de par en par de la nave. Si afuera era magnífico, adentro era intimidantemente precioso: el negro no se quedaba en la superficie, dentro el color también le hacía justicia, resaltando las dos hileras de cuatro asientos al final de cada lado del pasillo.

Let's PlayDonde viven las historias. Descúbrelo ahora