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Especial (2/2)

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Especial (2/2).

Le abrí paso al dolor porque perdí, y porque caí, me dejé consumir

Arabella

Noviembre, 07.

—Despierta, ouranos —la voz del horrible psicópata me aturdió el tímpano, aun así me hubiese susurrado el oído—. Hora de tu sorpresa.

Cerré los ojos con más fuerza.

¡Basta!

Por Dios, basta.

No más.

Mi cuerpo no aguantaba hacer otra maldita cosa en contra de mi voluntad, ni otra paliza más por intentar no hacer nada.

Pero eso a Dardan no le importó. Su risa se unió a mi gemido doloroso cuando jaló la cadena que se unía al anillo de metal en mi cuello, haciéndome toser y abrir los ojos de golpe.

—Ah, ahí estás.

Al verlo con el intento de luz que había, no me sorprendí al encontrarlo en su usual uniforme gris con ese horrible emblema que relucía como trofeo en la parte superior derecha. Pero sí me inquietó verlo con una sonrisa de oreja a oreja, solo y con algo entre sus manos. Me estremecí tanto por el puto frío, como al percatarme que tenía otra jeringa en la mano, pero esta vez con un líquido transparente.

—Intenta subir ese ánimo, ouranos. Hoy es el día de tu sorpresa. ¿Qué clase de espíritu es ese?

—Vete al infierno —repliqué, con la voz pastosa.

No aguantaba verlo.

Ni a él ni a cada jodido cani que se aparecía aquí, pasándome las manos por encima, toqueteándome en contra de mi voluntad, para después darme una paliza sin siquiera poder defenderme.

Había sido así desde que me inyectó la CNM-X11 y sabía que seguiría así hasta que él creyera que sus cuentas conmigo estaban saldadas. La cosa aquí era que primero terminaría muerta antes de que siquiera "las cuentas" estuvieran zanjadas a un diez por ciento.

No sabía que era peor. Si las patadas hasta que cayera inconsciente. Cómo mi cuerpo gateaba hasta la altura de Dardan cuando me lo ordenaba, para quedar en su regazo y que me golpeara hasta desfallecer, portando una detestable sonrisa psicópata. Los electrochoques. La privación del sueño y de comida. El frío de la horrible nevera que calaba en mis huesos. El dolor palpitante en mi cuerpo. O mantenerme de pie, a base de pura agua sucia que me hacían beber.

Lo único que sabía con certeza era que cada día en este infierno me arrastraba más hacia la desesperación y el dolor.

Y él lo disfrutaba.

Con esa sonrisa sádica y esos ojos fríos como el hielo, disfrutaba cada segundo de mi sufrimiento. Y si para él no era suficiente, aplicaba el doble de tortura, asegurándose que de verdad sufriera, sin siquiera darme el privilegio de morirme porque se deleitaba con mi dolor.

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