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Si quieres destruir a un hombre, patéale el trasero en póker

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Si quieres destruir a un hombre, patéale el trasero en póker

—¿Qué apuestas? —preguntó Rush con la voz baja, casual.

Parpadeé. Me tomó un segundo procesar la maldita pregunta. ¿Cómo había olvidado ese pequeño —gran— detalle?

«No lo hagas, Arabella. Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando», mi subconsciente gritó, suplicó, pero estaba lejos, ahogada entre las ganas, la necesidad de dejarlo boquiabierto. Sentí cómo la sonrisa se dibujaba sola en mis labios, lenta, atrevida, venenosa. Su mirada seguía fija en mí, tan intensa y gris que parecía desarmarte sin tocarte.

«Bien».

Sin despegar los ojos de los suyos —porque joder, si alguien iba a desviar la mirada, no sería yo—, deslicé los dedos por mis propias cartas, luego bajé con lentitud una mano, sin apuro, hasta el broche de mi sostén bajo la blusa. Un clic rápido. Un solo movimiento. Y lo solté sobre la mesa como quien lanza una granada en medio de una conversación tensa.

Le sostuve la mirada mientras mi cara decía algo muy claro: "si ganas, tendrás el privilegio de desnudarme". Mi expresión era la definición exacta de "inocente con dinamita en el bolsillo".

Él curvó su boca en una pecaminosa sonrisa maliciosa y alzó una ceja en mi dirección.

—¿Qué te hace creer que me interesas lo suficiente como para querer desnudarte? —cuestionó, de pronto viéndose interesado en lo que iba a responder.

Fue mi turno para reír.

—¿Quién dijo que serías tú quien iba a hacerlo? —dicho eso, mi mirada se deslizó hasta Rise y junto a una sonrisa pícara, le regalé un guiño coqueto.

Su amigo se echó a reír. Con ganas. Sin embargo, me devolvió el guiño seguido de un "lo estoy esperando" articulado. Por otra parte, Rush no dijo nada. Ni una palabra. Pero sus ojos bajaron, su mandíbula se tensó y vi —lo juro por mi sarcasmo sagrado— un destello oscuro de posesividad mezclado con ganas de coserme la boca con hilo grueso. Miró sus cartas, luego las cinco que seguían boca abajo en el centro de la mesa, y apostó dos mil malditos dólares. Tranquilo. Seguro. Listo para ganar y arrebatar el contrato de verme desnuda de las manos de quien fuera.

Sí, el juego era de cuatro, pero engañarnos al parecer no era cualidad de ninguno de nosotros; era más que evidente que la partida era entre él y yo. Él se veía afectado por un golpe bajo en el ego, y yo tan solo quería meterle una paliza en su propio terreno, dejarlo sin orgullo un poco más, y luego, quizá, dejar que me arrastrara a su cama.

Riden no se quedó atrás. Subió la apuesta con cara de "yo también estoy jugando, malditos". Rise hizo lo mismo, pero con más gracia. Igualó como si no se quisiera perder el show. Luego de eso, tres pares de ojos se clavaron en mí.

Respiré hondo. Miré mis cartas. Cara de póker: activada. Nada en mi rostro se movió. Ni un pestañeo. Llevaba años entrenando ese tipo de gestos. Sabía cómo controlar cada músculo facial a la perfección, porque el póker no era solo suerte: era estrategia, agilidad, instinto, lectura del otro. Parecía más una guerra psicológica que otra cosa, en donde se aprendían muchas cosas. Una de ellas era nunca subestimar a nadie en la mesa; el que parecía tonto, podía aplastarte sin avisar y el que se creía invencible, podía perderlo todo en abrir y cerrar de ojos.

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