Ella no es de embriagarse, pero ella bebe.
Ella no es de apostar, pero ella juega.
Ella no es de ir a fiestas, pero ella baila.
Ella no es de enamorarse, pero ella enamora.
Ella es muy buena con las armas, por ende ella asesina.
Ella no cree en el d...
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Algunas segundas oportunidades no parecen regalos, sino juegos macabros del destino
Aceptar, finalmente, que era hora de darle un duelo sano a alguien que significó el mundo para ti conllevaba muchas cosas. Entre ellas, atravesar las cinco etapas del proceso.
Sí. El luto era algo extraño.
Digamos que ya había completado y pasado —con varios baches en el camino, si se me permite agregar— por cuatro... Bueno, tres y media etapas del duelo. Me había negado, la ira me había devorado, la negociación había logrado que la ira me escupiera, pero la depresión le complicó tanto el trabajo a la negociación que me frenó antes de siquiera tocar el camino de la aceptación.
En consecuencia, ahora me encontraba —una vez más— entre el limbo de la depresión y la aceptación. Y debo de decir que pese a que estaba orgullosa de mantener mi palabra e intentarlo por ella, había momentos en los que el dolor me golpeaba mucho más de lo quería, arrastrándome de nuevo a mis lugares oscuros. Porque algunos días me levantaba bien: mantenía comida en mi estómago, ayudaba en los entrenamientos, trataba de buscar tanto respuestas como la fuente de tantas filtraciones de nuestros planes con Harrison y me encargaba de prestar atención en cada cosa que hablara el maldito consejo. Pero otros días, la depresión me tomaba por los pies y me hacía su perra; odiaba al mundo, lloraba por horas, y lo mínimo que quería hacer era salir de mi habitación.
A veces sentía que no le agradecía lo suficiente a lo que sea que fuera sagrado por haberme enviado a un hombre imbécil —bueno, que en su momento fue imbécil— para cuidarme. Con todo lo que teníamos encima y con lo mucho que yo le agregaba más estrés al día, dependiendo de cuándo la depresión decidía hacerme trizas, el hecho de que Rush tomara un momento y mandara todo a la mierda la mayoría del tiempo por mí significaba mucho más de lo que podía describir.
El espécimen había vuelto a aprender cómo llevarme, y con el paso de los días yo había aprendido a cómo soltarme más a su alrededor, dejando de esperar el golpe que quizás no llegaría otra vez. Cuando lloraba, solo estaba ahí, consolándome en silencio. Cuando odiaba al mundo, se aseguraba de que nadie jodiera conmigo. Cuando no quería comer, se las ingeniaba para que aunque sea la mitad del plato reposara en mi estómago. Y así, él se adaptaba a todo lo que podía y no podía soportar mientras yo me ajustaba a esta nueva fase de nuestra relación.
Rush no presionaba ni obligaba. Si quería estar sola, lo entendía. Si lo que necesitaba era un momento de paz, también lo entendía. Supo que cederme el control de mi dolor no significaba que no lo quería presente ni que esperaba que él lidiara con todo. Comprendió que quería sanarme por mí misma, apoyándome en él cuando lo necesitara para lograrlo.
Desde el incidente con lo que quedaba del apellido Anderson, cuando al día siguiente pude volver a mi habitación después de pasar la noche bajo el escrutinio de Jus, creí que todo apuntaba a un buen camino de luz y maravillas. Estaba dispuesta a intentar cumplir la última voluntad de Kendall y reencontrarme conmigo misma poco a poco. Pero en cuanto toqué mi cama, todo se vino abajo.