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De más está decir que, en contra de mi voluntad, aprendí que vestirse bien también es estrategia

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De más está decir que, en contra de mi voluntad, aprendí que vestirse bien también es estrategia

Arabella

Decir que las cosas se volvieron más sencillas después del operativo exitoso en Linea D'Acciaio sería una mentira descarada. Una gran y deliciosa mentira. Porque, a ver, uno pensaría que, luego de que mi cerebro medio funcionara tras quedar inconsciente por la salvaje follada que Rush me obsequió —como quien regala un colapso nervioso con moño incluido—, el ambiente sería relajado. Quizás hasta armonioso.

Riden ya caminaba cuatro pasos sin desmayarse —aunque no aceptara ayuda ni con una pistola en la cabeza—, Mila estaba más apegada a Nathaniel desde el desplante estúpido de su hermano, y Kendall con Rise... bueno, lo de ellos era una telenovela muda. Ni se miraban, pero la tensión sexual que brotaba cuando compartían espacio era suficiente para incinerar un edificio.

Me volvía loca, si preguntaban.

¿Cómo diablos podían aguantar tanta tensión? ¿Qué clase de masoquismo era ese? A veces me cuestionaba a mí misma si habían firmado una cláusula de celibato, porque no era normal aguantar tantas ganas de follar con alguien y al final no hacerlo.

Kendall, sin duda, era idiota.

Sin embargo, esa ilusión de paz duró exactamente lo que un orgasmo mal fingido. Hacía cinco días, cuando apenas pude levantarme de la cama enorme de Rush, con mi cuerpo reclamando por el dolor palpitante en el único orificio que ya no era virgen, y cuando el espécimen, claro, no mostró ni una pizca de compasión —mis quejas le entraron por un oído y se le fueron directo al culo. A él y a los demás—, el humor distendido murió en seco al todos reunirnos en la bonita y ordenada oficina de Rush —que para nada parecía la zona de guerra que fue esa madrugada—.

Ahí estaban Harrison y los otros diez miembros del consejo en la pantalla gigante, todos con expresiones graves. Bueno, era mi jefe quién tenía cara de funeral; los demás lucían entre sorprendidos y... ¿orgullosos? Por cinco segundos. Porque cuando Rush soltó que Nikolay y Alexey podían estar colaborando —basándose en las balas del chaleco de Riden—, el orgullo se les evaporó del rostro más rápido que una mentira mal contada.

El caos fue inmediato. Discusiones, gritos, exigencias. Una de ellas fue de Harrison exigiendo que regresáramos a Escocia de inmediato, cosa que me descolocó un poco. Pero aún así, pese a mi desconcierto, ni el espécimen ni yo dimos nuestro brazo a torcer. Volar ocho horas mientras Riden apenas podía sostenerse no era opción hasta que el doctor Mason diera el visto bueno. A Harrison no le gustó nuestra negativa, como era de esperarse. Continuó exigiendo nuestro regreso, incluso después de colgar la llamada con el consejo.

Pasé una hora "convenciéndolo" de que quedarnos en el penthouse era lo más sensato para manejar el desastre mediático que había provocado la caída del jodido edificio. Bajo perfil, dije, hasta que las cosas se calmaran un poco, pero...

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